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Sociedad
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La puerta de atrás

OPINIÓNACTUALIZADA 20/06/2018 A LAS 05:00
Heraldo
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Nadie te ve, nadie te mira, nadie se entera pues sales por la puerta de atrás. Nuestra ciudad va a mirar a aquellos niños y niñas que han salido por la puerta de atrás, niños esclavos. Ello va a ser posible gracias a una mujer, Ana Palacios. Sus fotografías están ya en las calles de nuestra ciudad invitándonos a visitar la exposición que se inaugurará el día 27 en el Museo Pablo Serrano. La esclavitud infantil, la sumisión forzada que dura toda una vida e incluso se traspasa de padres hijos nos llegan a través de unas imágenes veraces y rigurosas. Desde una mirada paciente, sin ruido y sin tramoya, que permite superar estereotipos y que nos acerca a una dura realidad, demasiadas veces oculta. Tres años de investigación, cuatro viajes a Togo, Benín y Gabón, cinco meses compartiendo vida. Miradas, voces, silencios, historias de vida, historias de maltrato, pero también de esperanza. De emoción y alegría, de paz y tranquilidad en su camino de reconstrucción y de futuro cuando han sido liberados. Este viaje de Ana, en el que ha sido testigo con su cámara, es un largo camino de reconstrucción. Nos lo ha contado, como lo suele hacer, con la dignidad que los niños y las niñas se merecen. Y con esperanza, pues hay salida.

Camino y salida buscaba Iqbal Masih cuando se encontró con las mafias del negocio de las alfombras en Pakistán. Él fue asesinado un 16 de abril. Por ello ese día celebramos el Día contra la Esclavitud Infantil. Tenía solo 12 años y había pasado la mayor parte de su vida esclavizado en fábricas. A los 10 años decidió unirse a un grupo de activistas contra la explotación infantil, logrando que se cerraran varias fábricas explotadoras de niños y niñas.

Se calcula que en el mundo 73 millones de niños y niñas, como Iqbal, están sometidos a las peores formas de explotación laboral infantil, siendo esclavizados en trabajos denigrantes y peligrosos. No podemos olvidar que el trabajo infantil está íntimamente relacionado con la pobreza de sus hogares. Vender a un hijo es una boca menos que alimentar. Es una mercancía más. Menos de cincuenta euros y falsas promesas les llevan a poner a sus hijos en manos de traficantes que los acaban vendiendo como esclavos.

Cerca de un 70% de ellos trabajan en condiciones peligrosas, que incluyen la minería, labores agrícolas con productos químicos y pesticidas, o el manejo de maquinaria peligrosa.

Estos niños y niñas se encuentran en todas partes, pero son invisibles; trabajan como sirvientes domésticos en casas, están ocultos tras las paredes de talleres o se encuentran fuera de la vista del público en plantaciones. La gran mayoría de los niños y niñas que trabajan lo hacen en el sector agrícola. Millones de niñas trabajan como sirvientas domésticas y asistentas sin salario en el hogar y son especialmente vulnerables a la explotación y el maltrato. Pueden ser víctimas de la trata, víctimas de la servidumbre por deuda u otras formas de esclavitud, víctimas de la prostitución o la pornografía o reclutados como niños soldados en los conflictos armados. Todos estos niños pueden y deben tener salida de dichas situaciones. Es nuestra responsabilidad ser conscientes de su realidad, que solo podrá cambiarse si los miramos, si dejamos de ser cómplices manteniéndolos invisibles.

El trabajo de Unicef se centra en la prevención y en que ningún niño trabaje en esta situación. Llevamos décadas trabajando en un marco protector para la infancia con los gobiernos, las empresas y la sociedad civil, para acabar con el trabajo infantil. En esta labor es fundamental fortalecer los sistemas de educación y de protección infantil, así como abordar la situación de pobreza de las familias. Solo garantizando estos derechos podemos evitar que los niños lleguen a estas situaciones extremas y sin salida para muchos de ellos. También es nuestra labor hacer visibles y denunciar la dura prueba que supone el día a día para muchos, demasiados niños y niñas que estamos permitiendo dejar atrás: para ello, nada mejor que sean ellos mismos quienes nos lo cuenten, gracias a la mirada de Ana Palacios. Os invito a todos a asumir nuestra pequeña parte de responsabilidad. Les debemos, al menos, conocer sus historias.

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