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Sociedad

Zaragoza se adelantó a París

El curso 1967-68 fue especialmente agitado en la Universidad de Zaragoza, que se unía a las revueltas estudiantiles de las de Madrid y Barcelona.

Policías frente a un escenario de violencia, con adoquines levantados, el 6 de mayo del 68 en París.
Zaragoza se adelantó a París
AFP PHOTO

A las nueve de la mañana, el vestíbulo de Filosofía y Letras ya estaba inundado de pasquines. A las once, se ocupaba el Aula Magna. Asamblea de Facultad: diversos cabecillas –allí estaba ya, entre otros, Jesús Membrado- lanzaban sus arengas ante una nutrida parroquia de estudiantes, muchos aún descolocados pero proactivos a la información y conscientes de que se estaba librando una batalla por la libertad.

Una especie de liturgia agitadora diaria; en bucle. De allí se iba a las escalinatas de Derecho, donde estaba el rectorado. Asamblea General. Decenas de estudiantes seguían a los oradores en un atento silencio que se rompía con un gran abucheo cuando se identificaba a un ‘social’ camuflado o a alguien tomando fotos. Caldeados los ánimos, se salía en nutrida manifestación paseo Fernando el Católico abajo. Curioso: la fuerza pública no aparecía, ni interrumpía el paso de la cofradía estudiantil camino de la Facultad de Medicina. Pero, ¡ay, amigo! De repente, de las ‘tocineras’ apostadas en el cruce con la avenida Goya, aún sin asfaltar, salía una parva de grises y empezaba la refriega: carreras, golpes, pedradas, sangre, detenidos, recule, refugio en los bares... Era temerario meterse en el lío. Mejor lo tenían las chicas de la residencia femenina ubicada sobre el cine Gran Vía: algunas presenciaban la fiesta desde los balcones, expuestas a que una volada de aire removiera sus faldas. La guasa popular enseguida encontró apodo a la residencia: ‘Villabraga’.

Era la rutina casi diaria en la Universidad de Zaragoza en el curso 67-68, tiempo de gran agitación al socaire de la protesta que venía de Madrid y Barcelona desde que en 1965 Aranguren, Tierno… fueron despojados de sus cátedras y se producían hechos incitadores: la IV Asamblea Libre de Madrid, la ‘capuchinada’ barcelonesa, huelgas, cierre de facultades, gran manifestación en apoyo de CC. OO, asesinato por la policía de un miembro de las FAR, Rafael Guijarro…

El mayo francés se había adelantado aquí. Cuando los chicos de Nanterre empezaron a dar sus primeros resoplidos contestatarios, muchos estudiantes zaragozanos ya estaban fajados, habían vivido en sus carnes el peligro de enfrentarse a un pelotón de policías malencarados. No era lo mismo que la furia que luego se desató al trasladarse la protesta de Nanterre al barrio Latino, las barricadas, los adoquines y la Sorbona cerrada, pero no anduvo lejos en sus intenciones de quebrar el régimen establecido, aunque allí la quiebra fuera más social y aquí netamente política.

Aquí, el enemigo era el Régimen; allí, lo era un sistema democrático oxidado, anclado en una posguerra constrictiva de usos y costumbres, aunque bien es cierto que menos claustrofóbico, sin la carcoma del español. Husméense, por ejemplo, las primeras películas de Brigitte Bardot, no ya la escandalosa ‘Y Dios creó a la mujer’ (1956), sino alguna anterior como ‘La lumière d’enface’, donde aparece el primer desnudo (trasero) de aquel bello icono sexual, para comprobar la naturalidad con la que los franceses hablaban del adulterio, la emancipación juvenil, las relaciones sexuales…, su acceso a otro cine, a otra música, a otra cultura.

Vietnam

No obstante, el mayo francés no fue original. Su urdimbre se tejió con materiales previos de fuera: Vietnam, la carrera nuclear, los acontecimientos de Berkeley, el aplastamiento del ‘socialismo de rostro humano’ de Praga, las ancestrales revueltas mexicanas culminadas en la matanza de Tlatelolco, la agitación estudiantil del SDS alemán, el activismo humorado de los ‘provos’ holandeses… y, sí, muy importante, el cambio radical de costumbres juveniles que trajo el rock desde que Bill Haley diera su primer grito en ‘Semilla de maldad’ y los chicos empezaran a romper las butacas de los cines y las chicas a humedecer su entrepierna, como relató Nik Cohn. Luego llegarían los Beatles, Monterey, el hipismo, la píldora, el amor libre, el feminismo, las ‘runaways’, las drogas, las comunas...

Estos fueron los depósitos en los que se abasteció de leña el mayo francés para finalmente, pese a las fogatas nocturnas de barricadas y adoquines, especialmente las de los días 10 y 24 de mayo, y tras la tibieza de la izquierda tradicional y la gran huelga general, terminar claudicando, firmándose los acuerdos de Grenelle y De Gaulle disolviendo la Asamblea Nacional y convocando y ganando elecciones generales.

El fracaso de la revuelta francesa no calmó, sin embargo, los ánimos de los estudiantes zaragozanos, que siguieron su particular lucha, incrementando incluso la agitación hasta llegar al álgido 1972 en el que la protesta alcanzó su punto de mayor furia: se volcó el coche del rector Justiniano Casas, se echó el del vicerrector de Ciencias al estanque del campus, el decano de Filosofía, Canellas, fue rociado con pintura, se ordenó el tapiado de la puerta de Ciencias para impedir la entrada de los alborotadores y el curso académico se suspendió durante varios meses.

Entre tanto, los franceses fumaban la pipa de la paz, como si nada hubiera ocurrido cuatro años atrás. Signo de la gran diferencia entre unas revueltas y otras: los estudiantes franceses lucharon en el 68 por cambiar el mundo; los zaragozanos, por poder asomarse a él.

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