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Tercer Milenio

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Comer insectos contra tu mente

Ya están en el supermercado, pero ¿por qué nos cuesta tanto comer insectos? ¿Es un rechazo natural preservado por la evolución? ¿Se debe a causas culturales?

Carrefour se lanza a la venta de insectos.
Carrefour se lanza a la venta de insectos.

Una conocida marca de supermercados acaba de anunciar que venderá hasta diez productos comestibles basados en insectos. Según indican, su objetivo es ofrecer a los consumidores "los productos más innovadores e incorporar a su surtido alternativas de compra sostenibles y respetuosas con el medio ambiente". Además, se basan en un informe de la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura) que los califica como un “alimento del futuro” y que alaba sus cualidades nutricionales. Y, sobre todo, se acogen a la puerta abierta por la legislación europea, que desde el 1 de enero los considera como 'nuevo alimento'.

Todo esto es cierto y a la vez no lo es.

Es cierto que hay una nueva regulación desde este año, pero eso no significa que se permitan directamente, sino que la licencia puede solicitarse. Su comercialización parece situarse por ahora en un limbo legal.

¿Son sostenibles y respetuosos con el medio ambiente? En general, parece que sí. Como recogen desde la propia FAO, los insectos, al ser animales de sangre fría, no necesitan consumir energía para mantener su temperatura, por lo que consumen de media cuatro veces menos de pienso para producir un kilo de carne de lo que lo hace una vaca, por ejemplo. Además, emiten muchos menos gases de efecto invernadero, como el conocido metano.

¿Son ricos nutricionalmente? Sí, sin ser la panacea. Son ricos en proteínas (aunque su valor biológico, derivado del contenido en aminoácidos esenciales, no es el mayor), tienen un buen perfil de grasas y contienen algunos minerales como calcio o hierro.

¿Debemos entonces empezar a comer insectos por nuestra salud y por el planeta? “No estamos diciendo que la gente deba comer insectos”, reconoce Eva Muller, directora de la División de Economía, Políticas y Productos Forestales de la FAO. “Lo que decimos es que son solo uno de los recursos que brindan los bosques, y que se encuentra prácticamente por explotar su potencial como alimento y, sobre todo, como pienso”. Algunos nutricionistas, como Aitor Sánchez, apuntan a que gran parte de esos beneficios podrían conseguirse, simplemente, aumentando nuestro consumo de legumbres (o simplemente cambiando la ternera por huevo). El consumo de insectos puede ser una alternativa en regiones subdesarrolladas, pero también algunas de ellas pueden mostrar lo que ocurre en la mayoría de los países occidentales: que sus habitantes los rechazan.

Y hay teorías que lo explican.

¿Por qué nos cuesta tanto comer insectos?

Parece haber una suerte de instinto que llevamos grabado y que nos hace naturalmente propensos a rechazar y huir de las serpientes, las arañas o de insectos como las cucarachas. Las teorías dicen que la evolución seleccionó esos rasgos para protegernos de animales peligrosos (e imprevisibles por su tipo de movimiento). Lo que no está todavía claro es si nacemos con el instinto ya instalado o, en cambio, lo hacemos con una predisposición que necesita vivir la sensación de peligro para consolidarse como tal. Es decir, no se sabe si estamos programados o condicionados.

Hay algún estudio que aboga por lo primero, que encontró respuestas diferentes a estos animales en bebés de apenas unos meses de edad. Otros, sin embargo, no detectaron ninguna diferencia, pero sí observaron que era más fácil contagiar el miedo a serpientes y arañas que a elefantes, jirafas, perros o hipopótamos. El hecho añadido de que casi todas las especies de monos tengan miedo a las serpientes pero apenas lo muestren cuando viven en cautividad lleva a algunos investigadores a decantarse por la segunda opción.

Pero, aunque resulte interesante, eso no explicaría el rechazo a comer insectos. Unos 2.000 millones de personas en el mundo lo hacen habitualmente: se consumen hasta 1.900 especies diferentes, sobre todo escarabajos y orugas, principalmente en Asia y Latinoamérica. (Y fuera de esos números nosotros mismos lo hacemos de forma inconsciente: comemos entre 450 y 900 gramos al año, molidos en los cereales o en el chocolate, como cochinillas machacadas en el colorante E120, el del sabor a fresa).

Y si tantos millones no tienen problemas, si incluso los antiguos romanos o los griegos los comían —a Aristóteles le encantaban las cigarras—, si había hasta pueblos norteamericanos que dependían de los insectos antes de la colonización europea, eso significa irremediablemente que las causas son culturales. Quizás por ello, según la FAO: “Se necesitan estrategias de comunicación y programas educativos que aborden el factor asco”. (Y tienen la aceptación del sushi como base para el optimismo).

Para el antropólogo Marvin Harris, “el rechazo euronorteamericano de los insectos como alimento tiene poco que ver con el hecho de que transmitan enfermedades o con su asociación a la falta de higiene y la suciedad. La razón de que no los comamos no consiste en que sean sucios y repugnantes; más bien, son sucios y repugnantes porque no los comemos”.

Su teoría del rechazo se basa en lo que él llamaba la utilidad residual, formulada en su libro 'Bueno para comer': “Los insectos, en otras palabras, son para los norteamericanos y los europeos lo que los cerdos para musulmanes y judíos. (…) Una especie será objeto de apoteosis o abominación dependiendo de su utilidad residual o de su carácter nocivo. Una vaca hindú que no es comida proporciona bueyes, leche y estiércol. Es objeto de apoteosis. Un caballo que no es comido gana batallas y ara campos. Es una criatura noble. Un cerdo que no es comido es inútil: ni ara campos, ni produce leche, ni gana guerras. Por lo tanto, es abominado. Los insectos no consumidos son peores que los cerdos no consumidos”.

Ahora ya lo sabe. Su asco a comer insectos es un producto cultural. Si se anima a probarlos no cambiará seguramente el destino del planeta, pero puede ser una prueba de que es capaz de rebelarse contra la cultura y contra su mente.

Aunque ambos sean, básicamente, usted.

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