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Sociedad
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¿Qué fue del libre albedrío?

Por
  • José Javier Rueda
OPINIÓNACTUALIZADA 21/04/2018 A LAS 05:00

Hace siete décadas, George Orwell publicó la más famosa de sus novelas: ‘1984’, con permiso de ‘Rebelión en la granja’ ("Todos los animales son iguales, pero algunos son más iguales que otros"). Su distopía describía un régimen opaco con un omnipresente sistema de vigilancia masiva, el Gran Hermano que todo lo observa y lo muestra en telepantallas instaladas por todos los rincones. Lo ve todo y todos lo ven.

Escribió el libro impresionado por los métodos brutales del comunismo y el fascismo, que él mismo había descubierto durante la guerra civil española como combatiente republicano en Aragón. En aquel momento no se le ocurrió pensar que la vigilancia de toda la ciudadanía podría lograrse también sin utilizar la fuerza; no imaginó que sería innecesaria una dictadura; no intuyó la sofisticación que adquiriría el ojo orwelliano en el siglo XXI.

Internet ofrece hoy la posibilidad de un control social de dimensiones inimaginables hace medio siglo. Si en 1949 se hubiera sugerido que las sociedades occidentales estarían permanentemente vigiladas por miles de cámaras, el propio Orwell o Aldous Huxley (‘Un mundo feliz’) habrían considerado tal hecho como un totalitarismo más refinado que el descrito por ellos mismos en sus novelas.

En la actualidad, cualquier persona está controlada con minuciosidad extraordinaria, y no tanto por imposición exterior (como preveía Orwell) sino por concesión propia, pues es voluntaria la exposición que hacemos de nuestra intimidad a través de artefactos tan cotidianos como el teléfono, el coche o la tarjeta de crédito. Cada día hay más sensores a nuestro alrededor que acumulan datos a una escala gigante y que son explotados por sofisticados sistemas de inteligencia artificial.

Las nuevas tecnologías han invadido nuestra vida hasta el punto de que ningún rincón de la existencia humana queda ya al margen de su control, desde las cuentas bancarias a los gustos e intereses. Así, nuestro libre albedrío se extingue a causa de la hipereficacia de la inteligencia artificial. Las tecnologías basadas en el ‘big data’ son capaces ya de tomar la decisión más correcta. En diagnósticos médicos o en inversiones bursátiles, los algoritmos consiguen mejores resultados que los profesionales. ¿La inteligencia artificial acabará por tomar también nuestras decisiones políticas para que no nos equivoquemos?

Orwell se sorprendería hoy al ver que no son los Estados quienes acaparan este hipercontrol de la población. No son capaces. La mayoría de los funcionarios no están suficientemente capacitados. Por eso las autoridades dependen de multinacionales como Google, Microsoft, Apple, Amazon y Facebook, que son las que poseen el conocimiento, el capital y los cerebros necesarios para el desarrollo de esta panoplia de técnicas: control automático de los teléfonos y sus aplicaciones, cámaras de vigilancia, imágenes de satélite de alta definición, localización de las personas en cada momento, reconocimiento biométrico facial, bases de datos de capacidad ilimitada…

Por supuesto que Orwell se maravillaría de las ventajas de internet, que hoy le permitiría leer un periódico de un país remoto sin moverse de su casa de Londres o comunicarse gratuitamente con sus amigos en España. Pero también se inquietaría al observar cómo se superan los límites de la libertad individual y de la dignidad humana. Comprendería el peligro de la tecno-sociedad, a pesar de que para legitimarla se utiliza hábilmente un elaborado discurso, liberal y pacifista, dirigido por empresas dinámicas y modernas, y adornado todo con un falso altruísmo y filantropía (en realidad, estas compañías apenas pagan impuestos y se han hecho de oro con los datos de sus clientes).

La novela ‘1984’ no era tanto una profecía como una fábula sobre los totalitarismos. Al parecer, George Orwell siempre confió en la capacidad de la gente corriente de rebelarse incluso ante lo aparentemente inevitable.

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