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Opinión

Soledad

La primera ministra británica ha reconocido que la soledad, especialmente la de los ancianos, es un auténtico problema de salud pública. Entre nosotros hay pautas culturales diferentes, pero no estamos ya lejos de una situación similar.

Chaime Marcuello Servós 15/02/2018 a las 05:00
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La soledad se ha convertido en un problema social, tanto que se ha incorporado a la agenda política. De la mano de Theresa May se ha hecho visible y ha saltado a la escena mediática europea. La dirigente británica ha encargado a su ministra de Deporte y Sociedad Civil, Tracey Crouch, la tarea de ser ‘ministra de la soledad’. Su reto es combatir esa soledad no deseada de los nueve millones de personas que se sienten solas en el Reino Unido. Esa es la cifra que la ‘premier’ ha dado a los medios británicos para justificar, en parte, la decisión. Según los expertos, la soledad se ha convertido en un problema de salud pública. Y esto es un asunto que, inmediatamente, afecta a las arcas de las administraciones. En su caso, como en otros países occidentales, las formas de interacción social están marcadas por una paradójica defensa del individualismo, la libertad e independencia personal, junto a la búsqueda del éxito económico y a una forma de incentivar relaciones sociales que dejan en un segundo plano la sociabilidad cotidiana. Una manera de vivir en sociedad distinta del modelo mediterráneo, donde –todavía– se mantiene un fuerte peso de la red familiar. Sin embargo, estamos cada vez más cerca de esas pautas de vertebración del sistema social.

La generalización del consumo, la combinación de opulencia y desigualdad, la fragmentación de las redes de proximidad, la disolución de los rituales de interacción tradicionales, la mutación de vínculos familiares y la prolongación de la esperanza de vida han producido este efecto no previsto.

En el Reino Unido parecen haberse tomado en serio el problema. La ‘Campaña para terminar con la soledad’ se presenta declarando que "nadie debería estar solo en la vejez. Creemos que la soledad no es inevitable. Las personas de todas las edades necesitan establecer vínculos. Pero hay 1,2 millones de personas mayores crónicamente solitarias en el Reino Unido. Carecen de la amistad y el apoyo que todos necesitamos". Y cuando describen lo que quieren conseguir dicen "que nadie que quiera compañía debería estar sin ella", garantizando tres objetivos: "Llegar a las personas con mayor riesgo de soledad y apoyarlas; servicios y actividades más efectivos para abordar la soledad; desarrollar una gama más amplia de servicios y actividades ante la soledad". Habrá que seguir de cerca los avances de la campaña británica y los efectos que tiene como política pública. Tendremos que aprender, porque, como se apuntaba en el HERALDO de hace unas semanas, en Aragón, en nuestro país, tenemos algo más de 83.000 personas mayores de 65 años que viven solas, la mayoría son mujeres. Si bien muchas de las condiciones de partida son radicalmente distintas –basta con observar cosas tan simples como las formas de hacer turismo, de beber y disfrutar del buen yantar–, cada vez somos más parecidos a esa ‘gente del norte’. La digitalización de la sociedad y los hábitos consumistas nos homologan aceleradamente.

Ahora, ¿qué hacer? ¿Es un asunto individual o colectivo? ¿Nos hemos de preocupar de la soledad del vecino o que cada palo aguante su vela? Dice el refrán que se cosecha lo que se siembra. Aun siendo cierto, no lo es siempre. Basta con preguntar a cualquier agricultor para descubrir ejemplos de lo contrario. ¿Cuántas veces el trigo no crece o se malmeten los mejores frutos por el infortunio? Jugando con la metáfora, ¿cuántos padres y madres que han dado todo por sus hijos e hijas se encuentran sin nadie a la hora de la verdad porque ni unos ni otras están ahí? Unas veces, porque falta tiempo para acompañar; otras, porque las casas son pequeñas... Quizá estamos perdiendo valores básicos donde la misericordia y el cuidado están acompañados de un compromiso trascendente con la vida. Aquí, como en otros asuntos individuales, está claro que las decisiones privadas tienen consecuencias públicas. En la medida que rompemos lazos familiares y de amistad de manera estructural, en tanto en cuanto se quiebran vínculos comunitarios, se apagan los valores que los alimentan y no se sustituyen con formas alternativas, vamos camino de una sociedad distinta ¿Qué estamos construyendo?





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