Sociedad

Desigualdad de oportunidades

Se acumulan los informes que muestran que la desigualdad en el reparto de la riqueza está aumentando. Esta brecha contribuye a su vez al incremento de la inestabilidad política, poniendo en riesgo las instituciones democráticas.

Los informes conocidos últimamente concluyen que la crisis financiera ha quedado atrás y que el crecimiento ha vuelto de forma generalizada a las principales economías del mundo, pero la recuperación no está llegando a todos. La semana pasada lo avisaba el Foro de Davos y concluía que el crecimiento no ha servido para reducir la pobreza ni aumentar los ingresos de los hogares y añadía: "La lenta mejoría en el nivel de vida y la creciente desigualdad han contribuido a una polarización política y a una erosión de la cohesión social en muchas economías avanzadas y emergentes". Y proponía una nueva forma de medir el desarrollo económico. Lo llamaba ‘índice de crecimiento inclusivo’, que tiene en cuenta otros indicadores para valorar la evolución de las economías, como la posibilidad de encontrar empleo, la esperanza de vida, los ingresos medios de los hogares, la tasa de pobreza, el uso de carbón de la economía o el peso de la deuda pública, entre otros. Según esos datos, Noruega es el país más inclusivo, con mejoras constantes tanto en los niveles de desarrollo, como en la incorporación de los más rezagados en la recuperación y en la sostenibilidad de su modelo de crecimiento.

España no sale bien parada en el nuevo índice: ocupa el puesto 26º de los 29 países desarrollados. De nuevo es un dato que no nos sorprende, pues sabemos que el 28% de la población de España está en riesgo de pobreza. Tanto la OCDE como la Comisión Europea han alertado de la escasez y la ineficacia de las políticas españolas para proteger a los más vulnerables, no digamos ya para redistribuir la riqueza. Coincidiendo con dicho foro Oxfam Intermón España ha publicado el informe ‘Primar el trabajo, no la riqueza’, en el que denuncian que el 82% de la riqueza mundial generada durante el pasado año fue a parar a manos del 1% más rico de la población mundial. En nuestro país este reparto siguió la misma tendencia: el 1% más rico acaparó el 40% de la riqueza creada, mientras que el 50% más pobre apenas consiguió repartirse un 7%. Por eso concluye que, dado que la riqueza extrema de unos pocos se erige sobre el trabajo peligroso y mal remunerado de una mayoría, los Gobiernos deben favorecer la creación de una sociedad más igualitaria a base de dar prioridad a los trabajadores y a los pequeños productores agrarios, en vez de a los más ricos y poderosos.

En Washington se estaba produciendo un importante debate parlamentario sobre la reforma fiscal cuando se conoció ‘El primer estudio sobre la evolución de la desigualdad en el mundo desde 1980, realizado por un centenar de economistas, entre los que se encuentra Thomas Piketty, autor de uno de los mayores ‘best sellers’ de la historia de la literatura económica, como es ‘El capital en el siglo XXI’, de 2013. En él se recogen datos de 70 países y ratifica para el conjunto del planeta el funcionamiento del paradigma de la desigualdad observado en el polémico libro. El 1% de las personas más ricas del mundo ha capturado en estos casi cuatro decenios un tercio de los ingresos mundiales, mientras que el 50% de los más pobres solo ha ingresado el 12%. Las clases medias mundiales, al contrario de lo que dictaba el tópico, son las que han visto más estancados sus ingresos y las que menos han ganado con la globalización. Y se destaca lo que me parece sumamente importante: el papel de las políticas nacionales y de las instituciones de gobierno. En todos los casos se corrobora la tesis de Piketty sobre la regla capitalista que, a falta de políticas públicas que corrijan la tendencia, conduce indefectiblemente a la acumulación creciente y sin freno de la riqueza en manos de una élite cada vez más exigua. Además de mostrar una imagen del incremento de la desigualdad mundial, se pueden comparar los distintos países, lo que te permite ver el mapa geopolítico de los desequilibrios de riqueza y de ingresos.

Todos estos datos sirven para establecer correlaciones entre la crisis de la democracia representativa, el surgimiento de los populismos y las dificultades de gobernanza mundial. Su resultado te lleva a pensar que es posible un inquietante horizonte de inestabilidad mundial, si sigue el crecimiento desenfrenado de las desigualdades entre países, y dentro de ellos. Desgraciadamente un mundo más desigual es un mundo más inestable y, por supuesto, más violento.

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