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Sociedad

El perro de Alcibíades

La política del siglo XXI responde a nuevos paradigmas: es más emocional, con liderazgos débiles y con déficits democráticos. Para adaptarse, los gobernantes recurren a mecanismos dispares, desde la ‘tecnopolítica’ al viejo recurso de desviar la atención.

La política de nuestros días ya es muy diferente a la del siglo XX. Hay nuevos paradigmas. Uno de los más claros es que hemos pasado de la política convencional a la política de las emociones (Martha Nussbaum). El sentimiento se ha impuesto a la razón como hemos visto en la elección de Trump, el referéndum del brexit o el secesionismo catalán. Por eso la palabra ‘posverdad’ está tan de moda, porque hace referencia a que los hechos objetivos son menos influyentes en la opinión pública que las emociones y las creencias personales. Uno de los últimos teóricos que han abordado esta tendencia es Frédéric Lordon en su libro ‘Los afectos de la política’ (Prensas de la Universidad de Zaragoza, con una buena introducción de los profesores Aragüés y Canavera). Para Lordon, la política es esencialmente pasional. Las ideas ya no tienen fuerza política por sí mismas, es preciso cargarlas de capacidad de afectar a la gente.

Otro paradigma del siglo XXI proviene de la conocida teoría de Moisés Naím que establece que el poder se está degradando, que es más fácil de adquirir, más difícil de utilizar y más fácil de perder. Por eso los líderes actuales tienen menos mando que sus antecesores.

Y otra tendencia también muy clara es el déficit democrático por el que los partidos se desentienden de los intereses de sus electores para concentrarse en la ocupación de todas las esferas del poder estatal. Las élites ya no escuchan las demandas de los ciudadanos, que quedan abandonados a su suerte. Ese vacío político, denunciado por teóricos como Peter Mair, ha sido ocupado por nuevos partidos, habitualmente de corte populista.

Ante estas corrientes de la política del siglo XXI, los gobernantes están recurriendo a mecanismos dispares. Algunos, como Trump se han subido al carro de la ‘tecnopolítica’: quien controla la conversación, la de los nuevos medios sociales (a través de sus tuits), acaba teniendo el dominio de la opinión. Otros han recurrido a viejas prácticas, sobre todo la de desviar la atención pública. De hecho, este recurso ya se utilizaba en la Grecia clásica, como bien demostró Alcibíades, el general ateniense que le cortó el rabo a su magnífico perro para que la gente hablara de la cola del animal en lugar de hacerlo sobre su mal gobierno.

España es un buen ejemplo de lo viva que sigue estando la estrategia de Alcibíades. Hace justamente dos años, Mariano Rajoy no podía formar gobierno porque nadie quería pactar con él, estaba solo, había perdido gran cantidad de votos y muchos pensaban que su tiempo había terminado. Pero al final logró la investidura, no por méritos propios sino apelando a la gente de orden para frenar en las urnas el ‘sorpasso’ de Podemos. Hábilmente utilizó entonces al partido morado como si fuera el perro de Alcibíades; y lo mismo está haciendo ahora con el secesionismo catalán. Mientras se mira con lupa todo lo que ocurre en Barcelona, casi nadie se fija en la parálisis de la Moncloa. Las encuestas le castigan, pero no por su inacción sino porque Albert Rivera aún ha sido más duro con los independentistas.

Javier Lambán, que también gobierna en minoría, tiene muchas ideas, muchos proyectos y aún más ambiciones, pero le falta la financiación. Ha subido los impuestos, pero ni aun así cuenta con el dinero suficiente para revivir los días de inauguraciones de expos, plataformas logísticas y aeropuertos. A cambio, ha echado mano de sus conocimientos históricos para recuperar procedimientos del Barroco, esa exaltada época en la que, como había que ocultar las miserias que siguieron al Renacimiento, los artistas engañaban a la vista a través de efectos ópticos como los trampantojos. El señuelo que utiliza estos días el inquilino del Pignatelli son los bienes de Sijena y los libros de texto. Mucha carga sentimental por los agravios del nacionalismo catalán contra Aragón; todo para ocultar las carencias de la DGA.

¿Y Santisteve? ¿Cómo se las arregla en el Ayuntamiento con pocos concejales y sin suscitar ninguna emoción? No se sabe. Parece que aún está buscando un buen perro como el de Alcibíades.

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