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Sociedad
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Tercer Milenio

¿Hombres? ¿Mujeres? La diversidad se hace oír

Raramente los fenómenos biológicos son simples. ¿Cómo se determina el sexo? La vida es diversa y la identidad sexual es algo mucho más complejo que la presencia o no de un pequeño cromosoma.

El autobús de la campaña 'Hazte Oír'.
El autobús de la campaña 'Hazte Oír'.
Violencia LGBT

Estas últimas semanas hemos presenciado una burda campaña sobre ruedas, en distintas ciudades españolas, que pretendía estigmatizar a las personas LGBT con un lema simplista y simplificador. El eslogan iba especialmente dirigido a la población infantil, uno de los segmentos más débiles, pues su identidad sexual todavía está en desarrollo.

"Los niños tienen pene. Las niñas tienen vulva. Que no te engañen. Si naces hombre, eres hombre. Si eres mujer, seguirás siéndolo".

Nada nuevo sobre la faz de la tierra: el fundamentalismo religioso de siempre con sus ansias inquisitoriales y esa fijación enfermiza con lo más íntimo del individuo. En esta nueva encarnación, buscan revestir su mensaje engañoso con una pátina científica. Que no nos engañen. Mienten cuando dicen que su visión simplista del mundo coincide con la de los libros de texto de Biología. La biología es la ciencia que estudia la complejidad y diversidad de la vida. Y raramente los fenómenos biológicos son simples, ni lo son las explicaciones que sobre ellos nos proporciona la biología.

¿Cómo se determina el sexo?

En los animales, la especificación del sexo (hembra, macho, o en algunos casos, hermafrodita) se produce muy temprano durante el desarrollo del embrión. Filósofos, naturalistas y, en los últimos siglos, científicos han discutido durante milenios qué es lo que determina el sexo. Aristóteles consideraba que los machos tenían una abundancia de fuego, el elemento superior, y que el calor del hombre durante el coito especificaba el sexo del bebé. Si este contrarrestaba la frialdad de la mujer, se formaría un niño; mientras que si la frialdad de ella superaba el calor de él, se desarrollaría una niña.

Hasta el descubrimiento de los cromosomas sexuales, a principios del siglo XX, las teorías ambientales, como la de Aristóteles, fueron muy populares. Durante siglos, se formularon con un desconocimiento absoluto de los elementos esenciales para la reproducción sexual: los gametos o células sexuales. Óvulos y espermatozoides no pudieron ser identificados hasta el siglo XVII, gracias al desarrollo de microscopios compuestos. Anton van Leeuwenhoek, microscopista holandés, fue el primero en 1676 en describir los espermatozoides en el semen, aunque no en comprender su función. El óvulo en los mamíferos no fue identificado hasta 1827 por el biólogo Karl Ernst von Baer, y el zoólogo Oskar Hertwig observó por primera vez, en 1876, en los erizos de mar, el proceso de fertilización: la fusión de un espermatozoide con un óvulo, para dar origen a un embrión.

En 1900, se redescubrieron las leyes de la herencia genética, formuladas por Gregor Mendel treinta y cinco años antes y, con ellas, se produjo un cambio sustancial en las hipótesis sobre la determinación del sexo: de los factores ambientales se pasó a los hereditarios. De forma independiente, los genetistas americanos Nettie Maria Stevens y Edmund Beecher Wilson encontraron, en 1905, que un 'factor interno' de los espermatozoides —un cromosoma— era el responsable. Stevens descubrió que los machos del escarabajo de la harina tenían un cromosoma más pequeño que las hembras y producían dos tipos de esperma: uno que contenía el cromosoma más pequeño y otro el más grande. Cuando el esperma con el cromosoma pequeño fertilizaba el óvulo, daba lugar a machos, y cuando lo hacía el que contenía el cromosoma grande, a hembras. Al cromosoma pequeño se lo denominó Y y al grande, X.

¿Y en los humanos?

El sexo en los humanos se determina de una forma similar: la presencia de un cromosoma Y especifica el sexo masculino (XY) y su ausencia el femenino (XX). Esto no se puso de manifiesto hasta 1959 con la identificación de individuos con alteraciones en el número de cromosomas sexuales: hombres que presentaban dos cromosomas X y un Y (XXY), lo que se conoce como síndrome de Klinefelter, o mujeres con un solo cromosoma X (síndrome de Turner). Finalmente, en 1990, se pudo caracterizar un gen en el brazo corto del cromosoma Y, que se denominó SRY, responsable de iniciar en el embrión el desarrollo de los caracteres sexuales primarios masculinos. Una prueba adicional de la función del gen SRY se obtuvo con el descubrimiento de mutaciones en él que producían que el embrión se desarrollara como hembra, aún siendo XY. También se describieron casos de hombres con dos cromosomas X (XX). En ellos se identificó que uno de los cromosomas X contenía la región del brazo corto del cromosoma Y donde está el gen SRY.

¿Cómo actúa el gen SRY?

El embrión temprano de los mamíferos presenta unas gónadas indiferenciadas, capaces de desarrollarse tanto en ovarios como en testículos, y dos tipos de conductos, de Wolff y de Müller, que pueden dar lugar a los tractos reproductivo masculino y femenino, respectivamente.

Si el cromosoma Y está ausente, las gónadas se convertirán en ovarios y estos producirán estrógeno: una hormona que promoverá el desarrollo del útero, los oviductos y el cérvix a partir del conducto de Müller.

Si el cromosoma Y está presente, la proteína SRY promoverá la formación de testículos, que secretarán dos hormonas principales: la hormona antimulleriana que, como su nombre indica, produce la destrucción del conducto de Müller, y la testosterona, que masculiniza al feto, estimula la formación del pene, el escroto y otras características anatómicas masculinas. Así, el cuerpo tiene características femeninas a menos que sea modificado por las dos hormonas producidas por los testículos fetales.

Pero la vida es diversa y la identidad sexual es algo mucho más complejo que la presencia o no de un pequeño cromosoma. Las mujeres con el síndrome de insensibilidad a los andrógenos, son XY, tienen el gen SRY, y testículos que producen testosterona y hormona antimulleriana, pero les falta la proteína receptora de la testosterona y, por lo tanto, sus células no pueden responder a la testosterona producida por sus testículos. En cambio sí pueden responder a los estrógenos producidos por las glándulas suprarrenales, y se desarrollarán como mujeres, aunque estériles porque la hormona antimulleriana impide la formación del útero y los oviductos. En el deporte, las pruebas de verificación del sexo en mujeres, que durante años se han basado en determinaciones cromosómicas o genéticas, han causado mucho sufrimiento a varias atletas que se encontraban en esta situación.

¿Aristóteles estaba tan equivocado?

Quizás no del todo, y la ciencia nos deparaba una sorpresa final. En reptiles como los cocodrilos y en la mayoría de tortugas, la temperatura de incubación de los huevos determina el sexo de las crías. Aún así, existen variaciones sobre el tema: en la tortuga caimán, temperaturas por encima de 28 grados y por debajo de 22 producen hembras, mientras que las intermedias producen principalmente machos. En la tortuga pintada, por encima de 30 grados se producen solo hembras, por debajo de 25 solo machos y a 28,5, un número similar de ambos.

Pero Aristóteles no acertó con la frialdad de las mujeres. A altas temperaturas, un aumento de la actividad de la enzima aromatasa, que transforma los andrógenos (como la testosterona) en estrógenos, produce más cantidad de estos últimos y una mayor proporción de hembras.

Volviendo al autobús y al eslogan de marras con el que abríamos el artículo. ¿Quién nos engaña? Quizá sean sus mismos autores quienes pretendan el engaño, empeñados en decirnos lo que somos y cuál debe ser nuestra identidad sexual, cuando esta forma parte de lo más privado y personal de cada uno. Incluso hay un fragmento del eslogan que suena a maldición divina: "Si eres mujer, seguirás siéndolo". Como si serlo fuera algo negativo. Les faltó añadir: "Es lo que te ha tocado, resígnate". Ni caso.

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