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Sociedad

¿Sabemos tratar a nuestros hijos?

Estamos tan cargados de problemas, tan absortos en otros temas, que muchas veces no somos conscientes de que nuestros hijos nos están pidiendo ayuda.

Los hijos tienen aspectos buenos y manos, como sus padres.
Los hijos tienen aspectos buenos y manos, como sus padres.
Pixabay

A la mayoría, las situaciones externas a nuestro entorno familiar, principalmente el trabajo, nos absorben, provocando consecuencias negativas en nuestras relaciones familiares con los hijos y creando situaciones que, por lo general, nos suelen sacar, como suele decirse, de quicio. Para evitarlo, Amalia Gaspar, licenciada en Pedagogía, nos propone seguir estos diez pasos, que nos marcarán unas pautas, teniendo siempre en cuenta nuestro papel como padres y la necesidad de establecer unas normas y límites a los hijos. Saber escucharles, es la primera: “Estamos tan cargados de problemas, tan absortos en otros temas, que muchas veces no somos conscientes de que a nuestro lado nuestros hijos nos están pidiendo ayuda, tal vez no de una forma clara y evidente, por lo que, muchas veces, no nos damos cuenta”, apunta Amalia. “Nuestros hijos y sus necesidades son lo primero -continúa-, nuestros problemas se quedan en un segundo plano cuando se trata de nuestros hijos. Aunque no por ello debemos dejar de pensar en nosotros mismos, pero... después”.

Amor y paciencia. Debemos tratar a nuestros hijos con amor y mucha paciencia, primero hacia nosotros mismos, porque no somos perfectos y las cosas no suelen salir bien siempre a la primera, y después hacia ellos, poco a poco, dándonos tiempo. Siempre sin criticar. Es importante ir redescubriendo cómo son nuestros hijos, cómo actúan, corrigiéndoles pero sin críticas y sin emitir juicios. Ellos tienen aspectos buenos y malos como papá o mamá -o cómo todo el mundo-. Potenciar lo bueno y corregir lo malo. Lo más indicado es potenciar las cosas buenas y corregir las malas con orden y disciplina, sin agresividad. Hay que disfrutar de los buenos momentos, también de los ‘malos’, de manera que podamos aprender siempre de ellos. Encontrarnos a nosotros mismos. A pesar de pertenecer a diferentes épocas, podemos acordarnos de cuando nosotros éramos niños, de cómo éramos -nuestros miedos, nuestras necesidades, nuestras alegrías…-, encontrarnos con esos niños que fuimos una vez para poder entender mejor a nuestros hijos. Jamas hay que perder los ‘estribos’. Cuando se produce una discusión o un enfrentamiento, no se trata de ganar una partida. Nosotros tenemos las respuestas; es hora de relajarnos y pensar, de ponernos serios, ser claros y no perder los ‘estribos’; ellos lo notarán y nos irá mejor a todos. Normas flexibles. Nunca nos cansaremos de recordar que hay que marcar unas normas, unas pautas flexibles, que todos debemos cumplir a rajatabla, nos guste o no. Seamos creativos. Si vemos que ellos están preparados para afrontar una nueva situación, o si creemos que deberían estarlo, hay que animarles para que no tengan miedo y, por supuesto, nosotros tampoco. Ayudarles a crecer. Hemos de ayudarles a crecer, a que decidan por ellos mismos qué es lo que les gusta y lo que no, sus preferencias. Ellos son personas distintas a nosotros y a sus propios hermanos. Trabajo en equipo. Esta es una tarea que nos concierne a padres y madres. Los dos debemos estar de acuerdo en las decisiones que tomamos y en cómo, cuándo y dónde se las comunicamos a nuestros hijos para que así exista un consenso

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