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Sociedad

¿Debemos ocultar nuestras emociones ante los hijos?

Ocular las emociones ante nuestros hijos es un error. Lo mejor es expresarlas y enseñarles a mostrarlas y a gestionarlas adecuadamente.

La familia es el mejor entorno para experimentar la alegría.
La familia es el mejor entorno para experimentar la alegría.
Freepik

Es evidente que la familia es el primer grupo social al que pertenecemos y que en su seno nos gestamos como seres emocionales. Por eso, “educar las emociones en el entorno de la familia debería ser una labor cotidiana”, afirma María Antonia Morcillo Barrilero, psicóloga y maestra de primaria. Conocer las propias emociones y las de los demás y ejercer un control sobre ellas “nos permite ser personas más equilibradas, menos estresadas y con mejores relaciones inter e intrapersonales”. Para la psicóloga es un error creer que debemos ocular las emociones ante nuestros hijos: “¡Todo lo contrario! -exclama-, tenemos que expresarlas y educarles aprendiendo nosotros y enseñándoles a ellos a mostrarlas y a gestionarlas adecuadamente”. Pero... ¿cómo podemos hacerlo? Veamos algunos ejemplos. María Antonia Morcillo analiza diferentes emociones y nos indica cómo podemos ‘trabajarlas’ en familia.

Alegría. La familia es el mejor entorno para experimentar esta emoción. Debemos mostrar a nuestros hijos que estamos alegres, cuando las circunstancias nos hagan sentirnos así. Si demostramos estar alegres ante situaciones buenas y gratificantes, ellos aprenderán a hacerlo de la misma forma. Gratitud. Debemos dar las gracias siempre. A nuestros hijos también debemos dárselas cuando sea necesario. Siendo agradecidos con los demás, estaremos educándoles en el agradecimiento, haciéndoles ver que, al dar las gracias, estamos demostrándole al otro lo bien que nos sentimos por su acción. Serenidad. Nunca deberíamos perder la calma que, como adultos, sabemos tan necesaria para la resolución satisfactoria de conflictos. Ante cualquier problema, hay que adoptar una conducta reflexiva, analizando la situación y manejando las diferentes opciones para solucionar el conflicto. Así, encontrar la solución será más fácil y, lo más importante, estaremos ejerciendo de modelos ante nuestros hijos, que verán en la conducta serena y reflexiva la mejor manera de afrontar situaciones conflictivas. Ilusión. Todos sabemos de las dimensiones de la ilusión infantil. Como adultos, debemos contagiarnos de ella y no reprimirla. Hay que hacerles ver que las ilusiones son un buen motor para conseguir nuestros sueños. Si nos ilusionamos como niños estaremos contribuyendo a que ellos no dejen de ilusionarse. Ternura. No escatimemos en besos, abrazos y otras manifestaciones de afecto con nuestros hijos y con las personas y animales que tenemos cerca. Los chicos crecerán afectivamente y estarán aprendiendo a no reprimir sus ganas de abrazar y besar; aprenderán que la ternura nos hace sentirnos bien y que hace que el otro también se sienta así. Si somos tiernos sin temor a que nos califiquen de ‘ñoños’ seremos más felices. Tristeza. No hay que ocultar las emociones negativas. Si estamos tristes debemos dejar que nuestro cuerpo así lo exprese. Nuestros hijos aprenderán a respetar nuestros estados de ánimo y a comprendernos mejor. De igual modo, cuando ellos se sientan tristes, tenemos que estar ahí, a su lado, hablando de las causas y consecuencias de esa tristeza y encontrando las mil y una formas existentes para salir de ese estado anímico que nos anula. Se trata de no reprimir ninguna emoción. Miedo. Según la edad de los niños, estos sienten miedo hacia cualquier cosa. No debemos reprenderles por ello, sino invitarles a que verbalicen lo que sienten para ayudarles a encontrar la irracionalidad del miedo. Sentir miedo no es malo, ya que es un estado en el que el organismo se prepara para afrontar situaciones de amenaza, lo que no debemos permitir es que el miedo se apodere de nosotros y no nos deje ver más allá de su sinrazón. Afrontar el miedo de los hijos con serenidad y paciencia es importante. Ira. Es fácil encontrar en la familia situaciones en las que la ira domina las relaciones. Si los hijos muestran esta conducta debemos hablar con ellos en momentos de tranquilidad y hacerles ver que su ira no conduce a nada, que no se consigue nada y que ellos se sienten mal después de un ataque de ira. Podemos enseñarles estrategias para canalizar esa ira: escribir cómo se sienten cuando están irascibles, qué ha ocurrido antes de sentirse así... Envidia. Si en la familia no se experimentan sensaciones de envidia es difícil que los hijos sean envidiosos. Si los adultos actuamos siempre de forma coherente, aceptando lo que tenemos y lo que somos, sin hacer comparaciones con nadie, nuestros hijos estarán aprendiendo un excelente hábito emocional, la sana aceptación de lo que son. Aburrimiento. Hoy, los chicos se aburren por un exceso de estímulos y debemos dosificarlos para despertarles el deseo y el interés. Si lo tienen todo, ¿qué van a desear? Pocos juguetes y a su debido tiempo y nuevas tecnologías, en su justa medida. No creemos adultos en pequeño y no queramos acelerar procesos. Los niños son niños y tienen un camino emocional que recorrer.

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