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Tercer Milenio

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Las hormonas que mataron a Turing

Con la Ley Turing, el Reino Unido concede el indulto y un 'perdón póstumo' a miles de hombres condenados en el pasado por ser homosexuales o bisexuales. ¿Quién fue Alan Turing?

Escultura dedicada al matemático Alan Turing
Michael Dales

El pasado 30 de enero, Reino Unido vivía “uno de los días más trascendentales de su historia reciente” –en palabras de su líderes políticos- cuando 65.000 gais, 50.000 de ellos a título póstumo, fueron indultados por su condición sexual, atendiendo a la aplicación de la denominada Ley Turing, bautizada así por Alan Turing, el genial matemático inglés que durante la Segunda Guerra Mundial consiguió descifrar la máquina de codificación nazi Enigma haciendo accesibles las comunicaciones militares germanas a los británicos, con lo que cambió de manera decisiva el curso del conflicto. Alan Turing, quien en 1952 también fue condenado por su condición de homosexual.

Claro que en 1952, Alan Turing no era el héroe hoy mundialmente reconocido. Tras la finalización de la guerra, el Gobierno británico decidió que la decisiva labor de los descifradores y criptoanalistas de Bletchley Park -la sede de la oficina de  códigos y cifras- fuese alto secreto. El personal que había trabajado allí retomó la vida civil bajo expreso juramento de guardar silencio absoluto sobre su labor en Bletchley. Un silencio que se mantendría hasta 1974 con la publicación del libro 'The Ultra Secret', escrito por un antiguo capitán del ejército británico implicado en las labores de inteligencia durante el conflicto mundial.

Así pues, en 1952 Alan Turing solo era un excéntrico matemático que trabajaba en la Universidad de Manchester en el desarrollo de unas novedosas máquinas a las que llamaban computadoras y de las que se decía que iban a revolucionar el mundo. Tan excéntrico que, cuando fue detenido, en lugar de negar su condición sexual, ofreció una declaración con todo tipo de detalles sobre sus relaciones íntimas. Fue acusado y condenado por “flagrante indecencia contraria a la sección 11 del Acta de Enmienda de la Ley penal de 1885”. Ley heredera del edicto promovido por Enrique VIII en 1533.

En consecuencia, el Gobierno británico le retiró su acreditación de seguridad y se le prohibió trabajar en proyectos de investigación relacionados con el desarrollo el ordenador -¡el trabajo, el sueño, de su vida!-. También se le dio a escoger ente ir a prisión o someterse al tratamiento hormonal oficial a base de estrógenos. La base médica para dicha prescripción consistía en que si las hormonas masculinas incrementaban el deseo sexual, entonces las hormonas femeninas deberían eliminarlo a largo plazo. En las últimas etapas del tratamiento, las pastillas diarias fueron reemplazadas por un implante dosificador en su cadera. Implante que Turing se extirpó por su cuenta. Pero ya era demasiado tarde. Para entonces los efectos eran tan irreversibles como devastadores: impotencia, obesidad, crecimiento de las mamas y una profunda depresión –el estrógeno es también una hormona depresora- que le impulsó a suicidarse el 7 de junio de 1954 comiendo una manzana bañada en cianuro.

Terribles terapias

El tratamiento hormonal fue una de las tres alternativas ensayadas desde que, a caballo entre los siglos XIX y XX, se considerase la homosexualidad como una patología clínica y, por tanto, susceptible de ser tratada. Todos los métodos aplicados tenían graves consecuencias sobre quienes los sufrieron y ningún respeto por la libertad del individuo.

El primer tipo de tratamiento empleado, en las décadas de 1920-30 y con especial ahínco en los EE. UU. y Alemania -se supone que por la influencia del psicoanálisis- fue el quirúrgico. Básicamente la castración 'física'.

Perfeccionado luego con el trasplante de tejido testicular de 'donantes heterosexuales' (generalmente) fallecidos; casi a modo de reemplazo de una pieza defectuosa por otra que funcionase correctamente. A lo que años más tarde se sumó la hipotalamotomía, con lo que se perseguía producir una lesión en la región del cerebro que controla el deseo sexual a fin de inutilizarla.

A mediados del siglo XX, la cirugía fue remplazada por una novedosa terapia, la hormonal -surgida como consecuencia del descubrimiento de este tipo de moléculas y su papel en el organismo-. La idea de partida era que el comportamiento sexual 'anormal' se debía a un inadecuado equilibrio o relación entre las hormonas masculinas y femeninas en el 'enfermo'. Algunos médicos apostaban por inyecciones de andrógenos, las hormonas sexuales masculinas, para revertir dicho desequilibrio. En tanto que otra corriente abogaba, como hemos visto en el caso de Turing, por anular todo tipo de deseo enterrando las hormonas sexuales masculinas bajo ingentes dosis de estrógenos femeninos -en efecto, se pensaba que el deseo sexual era una característica intrínsecamente masculina y las mujeres no lo sentían-.

Finalmente, y ante la falta de resultados, en los años sesenta, con la asunción de que la homosexualidad era una enfermedad mental, llegó el turno de la terapia conductual, y en especial de la terapia por aversión, que bien podía ser eléctrica o química. En esencia, el sujeto era encerrado en una habitación de aislamiento en la que se le obligaba a ver una proyección de imágenes de contenido sexual de hombres y mujeres y donde las primeras iban acompañadas de descargas eléctricas en la entrepierna. O se le administraba una sustancia -la apomorfina gozaba de gran predicamento- que indujese el vómito, náuseas y, en definitiva, les dejase hechos un trapo mientras se le bombardeaba con imágenes de hombres desnudos. Amén de otras aberrantes prácticas en la misma línea -cualquier parecido con 'La naranja mecánica' de Stanley Kubrick NO es mera coincidencia-. Todo ello en aras de crear una respuesta condicionada.

Este tipo de terapias tocaron a su fin en los años setenta a raíz de que, en 1973, la homosexualidad fuese retirada de la lista de enfermedades mentales en EE. UU.; y sucesivamente en otros países. Aunque aún hubo que esperar hasta 1992 para que fuese eliminada de la clasificación internacional de dolencias. Por desgracia demasiado tarde para Turing y para tantos otros.

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