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Se busca mayordomos

El viejo oficio resucita ante la demanda de los millonarios rusos, chinos y árabes. Amer Vargas cuenta su experiencia junto a un jeque y un acaudalado inglés.

Amer Vargas es un mayordomo vocacional
Se busca mayordomos
HERALDO

Ya no limpian la cubertería de plata ni visten al señor. Sin embargo, la profesión de mayordomo cotiza al alza. Los nuevos ricos, esos que amasan ingentes fortunas en Rusia, los Emiratos Árabes o los países emergentes asiáticos, saben mucho de negocios pero muy poco de etiqueta. Por eso añoran el encanto y las virtudes de los clásicos mayordomos ingleses, tan sutilmente reflejados en películas como 'Lo que queda del día', o en las series televisivas 'Arriba y abajo' o 'Downton Abbey'. Con mansiones en Londres, Mallorca, Marbella o París, Ferraris y un tren de vida insultante para los tiempos que corren, el nuevo ejército de ricachones se siente obligado a agasajar a sus invitados con detalles y lujos que colmen sus sentidos. Ahí entra, y por la puerta grande, la figura del mayordomo ('butler' en inglés). ¿Imagen decadente?

"La atención al detalle nunca será decadente", responde lacónico Amer Vargas, de 33 años, que combina la sabiduría de esos serviciales y fieles administradores de la campiña inglesa, de levita y guantes blancos, con las modernas exigencias del siglo XXI.

"Un buen mayordomo ha de saber lo que necesita el jefe y anticiparse a él. Servirle, por ejemplo, el desayuno con café con leche y un croissant, en una jarrita de café muy limpia, otra con leche desnatada y un poco de crema al lado, con azúcar blanco y moreno, un platito de pastitas bien presentado, una florecita que alegre la bandeja y todo ello con una música melódica de fondo", dice este joven, hijo de un sirio y una granadina afincada en Barcelona.

"Intentamos que sea un momento especial, dentro de lo que pueda deparar el día al cliente. Eso es la atención al detalle, y sin llamar la atención sobre nuestra persona. Es lo que llamamos servicio discreto e invisible", explica.

No solo eso. Si trabaja para una familia, también ha de coordinar las labores del resto del personal doméstico, como cocineros, jardineros, limpiadoras, secretarias... Y mucho más: saber idiomas para moverse por el mundo con los jefes, conocer la domótica de las casas, cada día más robotizadas, y manejar ordenadores y teléfonos inteligentes.

"El mayordomo actual surfea en internet en lugar de pulir la plata, que a veces también ha de hacerlo", corrobora Ángel Molero, jefe de recepcionistas del hotel Le Domaine, ese singular cinco estrellas surgido de un monasterio románico, enclavado en la bodega La Abadía Retuerta, en la Ribera del Duero.

Los mayordomos del siglo XXI saben amoldarse a las necesidades de los clientes. Lo mismo ejercen de mánager de la casa, que de chef, de chófer o de guardaespaldas, además de planchar una camisa, servir un café, arreglar una maloliente cañería o conseguir entradas para asistir a un concierto con el aforo completo.

Ante la creciente demanda de estos profesionales, que en dos años se ha duplicado en Reino Unido, han surgido en Europa y Estados Unidos academias especializadas. De la media docena que existen en el mundo, solo dos o tres ocupan los mejores puestos en el ranquin de la excelencia. Entre ellas, la International Butler Academy, con sede en Holanda y donde se formó Amer Vargas, convertida en una agencia que suministra selectos mayordomos a cualquier rincón del planeta. Sus cursos de formación de cuatro semanas no bajan de los 14.000 euros. Alumnos de entre 18 y 68 años, el 25% mujeres. Para servir bien, no importa edad ni sexo.

Fidelidad a prueba de bombas

Amer aprendió que entre las cualidades de un buen 'butler' figuran la fidelidad a prueba de bombas y la discreción de la que carecieron los mayordomos de Alejandro Sanz y Benedicto XVI. "Trabajamos con gente famosa o no famosa pero que tiene cargos de mucha responsabilidad. Hay que mantener la confidencialidad y ser honesto. No queremos gente que robe cajas fuertes", relata este miembro del Instituto Internacional de Mayordomos Modernos, que desde hace un año ofrece cursos de formación en Barcelona de la mano de la empresa Concilia, labor que compagina con la de mayordomo de alquiler.

Amer -que habla inglés, francés y árabe, además de castellano- deja claro que un buen profesional del servicio ha de tener vocación. "Yo lo elegí, estudié y me formé y he accedido a este mundo porque me gusta y lo disfruto. Para esto no vale cualquiera". En su currículo destaca su paso por una mansión de Inglaterra, en Cornualles, propiedad de un multimillonario inglés al que le fue muy rentable el negocio de las tabernas. Una finca de varios kilómetros cuadrados, en realidad un bosque entero, con jardineros y cuidadores de las aves que en temporada de caza sucumben a los disparos, y con empleados encargados de que todo fluya con naturalidad sin que el dueño se sienta culpable de sus errores. "Un día observé que mi jefe, cuando salía de casa, llevaba el chaleco mal abotonado. Estaba rodeado de gente y no le iba a decir que se había vestido mal, así que le comenté, en tono de broma: 'Disculpe señor, esta mañana he fallado a la hora de abotonarle el chaleco'. Lo hubiera hecho igual de no haber gente, pero quizás de forma más divertida", relata.

Uno de sus trabajos mejor remunerados, 4.000 euros mensuales, más casa, comida y dinero para gastos, se lo proporcionó un jeque con residencia en Londres. Compartió aviones, yates y el ritmo de vida vertiginoso de un musulmán filantrópico, amigo de George Bush padre, y director de una fundación que promueve el entendimiento de las culturas. Amer viajaba con 30 pares de zapatos (cada uno en una bolsa para evitar la fricción con su par), más otras 30 corbatas a juego con ellos y varias decenas de camisas (colocadas en arcoiris para seleccionar tono) con códigos que se corresponden con cada traje y pañuelo para combinar.

En contra de las normas habituales que rigen la mayordomía, al jeque no le gustaba que su ayudante luciera zapatos para trabajar en casa porque no soportaba el ruido. Un mal menor cuando su señor le largaba propinas para que se comprara "algo" (por ejemplo, unas Rayban).

Otra de las misiones de Amer consistió en acompañar y supervisar las agendas de unos jugadores de la NBA de vacaciones en Marbella que le contrataron para ello.

El lujo anida también en el interior de la Península. En la Abadía Retuerta, a 30 kilómetros de Valladolid, el viejo monasterio del siglo XII ha cambiado los monjes por profesionales del detalle. El moderno padre abad ha sido por unas semanas el exmayordomo de la reina Isabel II, Robert Watson. Ahí dejó su impronta y un eslogan que sus alumnos, que atienden las 21 habitaciones del hotel, cumplen al dedillo: "el máximo servicio con la mínima intrusión". Y mucha información adelantada. Cuando el cliente traspasa la puerta de Le Domaine, ya saben de qué pie cojea. Y le abordan con sorpresas.

"Nos adelantamos a sus gustos", confiesa Ángel Molero. "Se pone en marcha la psicología. El 75% lo ganamos en los primeros cinco minutos". Luego vendrán los pétalos y el champán en la habitación, tarjetones personalizados, un móvil para conectarse con el personal para la reserva de billetes de avión y prensa según los gustos e idioma del cliente. Los ordenadores hacen el resto. Como dice Molero, "el servicio bien ofrecido siempre es agradecido" y, por supuesto, bien pagado.

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