Sociedad

Royal Society, la academia de la ciencia para todos

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EFE

En 1660 un grupo de doce prestigiosos científicos ingleses se reunieron para crear una sociedad que promoviera el conocimiento del mundo natural a través de la observación y los experimentos… Lo que ahora venimos llamando ciencia.

Así nacía la Royal Society (RS), una institución que, 351 años después, sigue luchando por «expandir la frontera del conocimiento, liderando el desarrollo del uso de la ciencia, las matemáticas, la ingeniería y la medicina para el beneficio de la humanidad y el bien del planeta».

Es una declaración de principios sin duda grandilocuente. Y uno esperaría que la propia institución, la academia más antigua que existe en el mundo –con miembros como Einstein, Newton, Darwin, Franklin o Hawkins– fuese igualmente grandilocuente, distante, académica e inaccesible. Pero no lo es. La RS no es una institución del pasado sino del presente. No está anclada en esa historia escrita en mayúsculas, sino que sigue trabajando para escribir nuevas líneas de la historia cada día. Hace lo que dice. Si el Gobierno británico anuncia un recorte en este ámbito, será la primera en crear alboroto mediático. En las salas de su majestuoso edificio en Londres los científicos discuten las cuestiones más punteras de todas las disciplinas científicas. Desde sus despachos se fijan estrategias y se conceden becas a los talentos más prometedores. Y cada verano se organiza una gran exposición para el público sobre las maravillas de la ciencia. Se apoyan los programas televisivos de ciencia rigurosos y populares y se organizan charlas públicas con frecuencia. La RS no es una sociedad alejada del ciudadano de la calle. No olvida que existe para conectar con él. Como dijo Attenborough, no puedo pensar en una organización que haya hecho más por promover la comprensión del mundo por parte de la humanidad. Y por eso merece profundamente el premio Príncipe de Asturias que acaba de lograr.

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