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Tercer Milenio

"El Nobel es injusto porque no premia el trabajo en equipo"

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María Jesús Santesmases es investigadora en el Centro de Ciencias Humanas y Sociales del CSIC
maría jesús santesmases
CARLOS MUñOZ

Es investigadora en el Departamento de Ciencia, Tecnología y Sociedad del Instituto de Filosofía del CSIC. El desarrollo de la biología y la medicina experimentales centra una de sus líneas de trabajo. También ha estudiado a las mujeres en la investigación biológica. Es autora de ‘Severo Ochoa, de músculos a proteínas’. Participó en el curso ‘Mujeres y universidad’ organizado por la institución Fernando el Católico.

PREGUNTA Hace cien años, se autorizaba a las mujeres españolas a matricularse en la universidad. ¿Qué retos quedan por superar, educativamente?

RESPUESTA Aunque la presencia de las mujeres en los estudios llamados de ciencias es desde hace tiempo similar a la de los hombres, el reto pendiente es el de las enseñanzas técnicas, donde la presencia de las chicas es todavía menor. Pese a los esfuerzos, los estereotipos permanecen en la educación primaria y secundaria. Hay ya no un techo de cristal sino, como dice Paloma Alcalá (investigadora en el ámbito de mujer y ciencia), un suelo pegajoso que nos mantiene pegadas a cosas todavía consideradas femeninas teóricamente. A lo mejor es un problema cultural y educativo. Tenemos que buscar a las mujeres, saber que las encontramos y hablar de ellas, en femenino, otorgándoles una autoridad que la historia no ha solido reconocerles.

P. ¿Dónde están hoy las pioneras en la ciencia española?

R. No tenemos falta de pioneras. Mujeres investigadoras y científicas hay muchísimas, con reconocimiento español e internacional comparable al de los hombres. El problema es hacer que esas mujeres desempeñen puestos de responsabilidad y que formen parte de los comités que deciden sobre puestos, becas, presupuestos para la investigación, direcciones de centros... Además, como las mujeres siguen teniendo más responsabilidades domésticas, están más sobrecargadas de trabajo que sus compañeros y muchas no aceptan puestos de más responsabilidad por razones familiares. No digo que las mujeres no quieran asumir responsabilidades, sino que tenemos problemas de falta de tiempo para afrontarlo todo. Necesitamos una ayuda que no es solo que nos nombren cosas, sino que cambie la sociedad, la manera de pensar de nuestros compañeros hombres. Estamos lejos de compartir todas las responsabilidades: sociales, culturales, en el ámbito doméstico... No sé si es solo cuestión de tiempo. El mundo en que vivimos está muy cargado de muchos años de autoridad masculina, que se da por supuesta y se observa todos los días.

P. ¿Qué sesgos pesan sobre la investigación biológica actual?

R. Por ejemplo, la genetización, que no es un sesgo de género. Tras las II Guerra Mundial, se estudiaron los efectos genéticos de las radiaciones, lo que trajo consigo un enorme despliegue de esfuerzos en el campo de la genética que ha generado un escenario de investigaciones muy centradas en ese ámbito, cuando hay muchas cosas que no se deben a la genética. Si pensamos que en el ADN de una persona está escrita su vida, se limitan mucho sus posibilidades. Ese énfasis en que lo que hay que conocer más es lo que se hereda, lo que está escrito en el ADN, me parece excesivo.

P. ¿Hemos mitificado el ADN?

R. Claro, es una molécula tan bonita y sencilla que convertirla en algo genial que lo explicaría todo es fácil. Hay que contemplar el mundo como un resultado de interacciones, no de una molécula magistral. La simplificación conduce a muchísimo error.

P. Es autora de una biografía de Severo Ochoa, ¿para cuándo otro Nobel español?

R. La elección de personas se ajusta demasiado bien a las geopolíticas de cada momento. Por ejemplo, el Nobel no se empezó a dar a científicos de Estados Unidos hasta después de la II Guerra Mundial, cuando ese país empezó a destinar recursos a la investigación y los grandes científicos europeos habían emigrado masivamente allí. Aunque en España se hacen esfuerzos muy grandes, los liderazgos científicos y tecnológicos son muy difíciles de desafiar. Yo no creo que la comunidad científica española sea peor; pese a que se dedica menos dinero, es extraordinariamente productiva. No hay que culpar a nadie ni tampoco mitificar el Nobel, que es un premio cada vez más injusto porque no reconoce el trabajo en equipo, fundamental en ciencia. Casi ningún Nobel ha hecho su trabajo solo -Cajal sí, pero fue en 1905-. Todos los grupos tienen a mucha gente trabajando y, hoy, cada vez se conceden más nóbeles a tres personas, que es el máximo permitido. Se sigue distinguiendo a muy poca gente comparado con la enorme cantidad de personas que están contribuyendo al avance del conocimiento científico. Es difícil optar a un reconocimiento así, cuando además el reparto de autoridad no se hace en España, pues los méritos dependen de la publicación en revistas científicas de fuera de nuestras fronteras. Hay un debate pendiente para valorar mejor el esfuerzo investigador que se hace en nuestro país.

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