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En busca del Santo Grial

"Indiana Jones y la última Cruzada" puso fin a la trilogía ideada por George Lucas y Steven Spielberg en los años 80. Indy se reencuentra con su padre (un soberbio Sean Connery) y con el enemigo nazi en una entrega que mantuvo el gusto por el espectáculo y el sentido del humor de las anteriores.

“Indiana Jones y la última Cruzada”, estrenada en 1989, puso el broche de oro a la trilogía sobre el famoso arqueólogo, ofreciendo, al igual que sus predecesoras, grandes dosis de espectáculo. La respuesta del público fue abrumadora, con una recaudación que rondó los 495 millones de dólares. George Lucas y Steven Spielberg se desprendieron del tono oscuro de la segunda entrega y optaron por dotar a la película de más humor e ironía, nunca sin caer en la parodia, a través de los diálogos que mantienen el héroe y su padre, sin duda de lo mejor del filme. El personaje de Sean Connery vino a fortalecer uno de los puntos débiles de la franquicia (la descripción de los secundarios era demasiado plana) y resultó clave para comprender la forma de actuar de Indiana Jones, obligado a hacerse a sí mismo desde joven debido al distanciamiento de su progenitor.

El planteamiento de la obra es similar al de las dos anteriores. La acción comienza de nuevo con un prólogo, con la diferencia de que este muestra al espectador unos hechos pasados ocurridos en 1912. El protagonista, entonces adolescente, ve a unos hombres que pretenden quedarse con una cruz de enorme valor, por lo que se lo arrebata para dárselo a las autoridades. Su huida le lleva a subirse al techo del tren de un circo e ir saltando los vagones. En esa secuencia, la audiencia descubrirá por qué teme a las serpientes, cómo se hace la cicatriz que tiene debajo del labio y de dónde surge su afición por ponerse siempre un sombrero Fedora. El “flashback” concluye y la narración vuelve al tiempo presente, en concreto a 1938. Esta transición está muy bien hilvanada porque Indy aparece a bordo de un barco para recuperar la mencionada pieza 26 años después.

Una vez que el doctor Jones regresa a la universidad para impartir una clase puede decirse que ha terminado la introducción. Walter Donovan, un millonario que posee una amplia colección de objetos arqueológicos, enseña a Indy una tabla escrita en latín antiguo que da pistas sobre el paradero del Santo Grial, esto es, el cáliz que empleó Jesucristo en la última cena, cuya búsqueda se remonta a la época de las Cruzadas. La leyenda dice que quien beba de él alcanzará la inmortalidad. Donovan le cuenta que el encargado de encontrarlo era Henry Jones, su padre, pero que este desapareció sin dejar rastro en Venecia. Preocupado, Indiana se dispone a encontrarle. En su cometido, descubrirá que ha sido secuestrado por los nazis, ya que en sus años de investigación ha recabado información fundamental para hallar la preciada reliquia.

Problemas entre padre e hijo

La historia, con un mensaje final acorde con el origen cristiano del Santo Grial, se sustenta en la áspera relación que mantiene Indy con su padre. Los divertidos diálogos que se derivan de esta situación, que vienen a reflejar los problemas que suelen surgir en todo vínculo paterno-filial (el espectador, en función de su edad, se sentirá más identificado con una de las dos partes), se complementan a la perfección con los trepidantes momentos de acción (a destacar la huida del castillo Brunwald en sidecar y la secuencia del tanque en el desierto jordano), en los que el humor también está implícito.

La química existente entre Sean Connery y Harrison Ford explica en buena parte el éxito de la película. Realmente parecen un padre y su hijo discutiendo, a pesar de que en realidad tan solo se llevan 12 años. La inspirada interpretación de ambos facilita que se repliquen en pantalla con naturalidad. Alison Doody encarna a Elsa Schneider, ayudante de Henry Jones, que se diferencia de las otras dos mujeres de las que se enamora Indy por su traición y sus oscuros objetivos. Julian Glover es Walter Donovan, el villano de la función, un hombre que no duda en asociarse con los nazis para hacerse con el Santo Grial (de ahí que el guión le depare a su personaje una muerte horrible). En la saga reaparecen Marcus (Delhom Elliott) y Sallah (Jonathan Rhys-Davies), los fieles colaboradores de Indy. Cumplen sobradamente, pero da la sensación de que sus papeles están bastante desaprovechados. Lo más llamativo del reparto es la presencia del malogrado River Phoenix, quien se mete en la piel de Indiana Jones en su etapa adolescente. Las drogas truncaron la vida de un joven actor que apuntaba alto en Hollywood.

El filme constituye una prueba palpable de que el cine comercial no siempre está reñido con la calidad. Spielberg firmó una gran película de aventuras dirigida a todos los públicos de la que los aficionados guardan un grato recuerdo puesto que, 19 años después, siguen con ganas de ver a su héroe favorito en acción.

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