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El origen de un mito

En 1981 se estrenó "En busca del arca perdida", película que sentó las bases del nuevo cine de aventuras y convirtió a Indiana Jones en un icono del celuloide para una generación, además de encumbrar a Harrison Ford y suponer el primer éxito conjunto de Steven Spielberg y George Lucas.

El inminente estreno de la cuarta entrega de Indiana Jones, proyectada ayer en Cannes, que animará a acudir a las salas a aficionados y nostálgicos, así como a jóvenes deseosos de ver en pantalla grande a un mito del cine, invita a recordar las películas que originaron la fiebre por el intrépido arqueólogo. En 1981, Steven Spielberg, de la mano de George Lucas, exhibió “En busca del arca perdida”, filme que, inspirado en lo seriales clásicos, el cómic o largometrajes como “El secreto de los incas”, con Charlton Heston, y “El tesoro de Sierra Madre”, redefinió el personaje del héroe y el género de aventuras. La repercusión de la película superó las expectativas de sus creadores y arrasó en las taquillas con una recaudación global de alrededor de 384 millones de dólares. Y es que la obra, además de ser un entretenimiento de primer orden, apeló al espíritu aventurero que toda persona siente alguna vez en la vida y conectó con una generación. Son legión los que recuerdan con cariño la saga y la relacionan con sus años de juventud. A esto cabe añadir el reconocimiento que obtuvo en la gala de los premios Óscar, en la que ganó cuatro estatuillas (montaje, sonido, efectos visuales y dirección artística), además de un galardón especial por su edición de sonido.

Muchos son los factores que explican el éxito del debut cinematográfico del doctor Jones, pero quizá la fundamental, más allá del sentido del espectáculo de Spielberg y Lucas, resida en el propio protagonista. Su indudable carisma, unido a su ironía y sentido del humor, facilitó su inmediata empatía con los espectadores. El guión lo presentaba como un personaje complejo (sus motivaciones, como se encarga de recordar el villano de la función, son lo único que le diferencian de los antagonistas), con cierto aire de pillo y que sufría (y recibía golpes) en los arriesgados momentos de acción, lo que exaltaba su carácter humano. Esa identificación llevó a estos familiarizarse con su vestimenta, convertida hoy en un icono popular. Mención aparte merece la labor de Harrison Ford, que no solo da vida a Indy, sino que “es” el arqueólogo. El actor se consolidó en la cumbre de la fama, que ya había empezado a saborear gracias a su rol de Han Solo en “La guerra de las galaxias” (más tarde repetiría por tercera vez como actor icónico al hacer de Rick Deckard en “Blade runner”). Tampoco puede quedar en un segundo plano la partitura compuesta para la ocasión por John Williams, muy acorde con las sensaciones que pretendía transmitir la película. La melodía, y más en concreto su famoso estribillo, forma parte del imaginario colectivo y es difícil que alguien no la haya tarareado.

Un memorable prólogo, desarrollado en sudamérica en 1936, introduce al personaje (mientras aparecen los créditos, un juego de sombras por la selva acrecienta la incertidumbre sobre la imagen del héroe) y ofrece pistas sobre los elementos por los que va a ser reconocible la película y la secuelas. En esos primeros minutos tiene lugar una de las escenas más queridas por los seguidores: Indiana Jones escapando de la piedra gigante. No consigue el ídolo que había ido a buscar, pero eso no impide que continúe con su tarea académica, otra de sus facetas además de la de buscador de reliquias. Al término de una clase, dos agentes del FBI le encomiendan la tarea de hallar el arca perdida (en la que la leyenda dice que se escondieron las tablas de los diez mandamientos, albergando así un enorme poder) antes de que caiga en manos de los nazis, ayudados por su rival, el doctor Rene Belloq. La búsqueda del objeto, que le llevará a lugares tan dispares como Nepal, Egipto y Grecia, propiciará su reencuentro con Marion, su antigua novia, que tiene en su haber un medallón clave para su cometido. La aventura acaba de comenzar.

 

Personajes

“En busca del arca perdida” muestra las relaciones de Indiana Jones con tres personajes secundarios con importancia en la trama. Por un lado, está Belloq (Paul Freeman, visto hace poco en la divertida “Arma fatal”, y que, en 1995, hizo también de malvado en la primera película de los Power Rangers). Sus duelos dialécticos con él son de lo mejor del filme. No obstante, su rol de villano se ve eclipsado en cierto modo por el del sádico nazi Arnold Toht (Ronald Lacey). Una espléndida Karen Allen es la chica de la película, aunque su descripción dista mucho de la típica mujer en apuros, entre otras cosas porque sabe defenderse por sí sola. Entre esta e Indy hay una palpable tensión sexual. Indiana Jones no podría salir airoso sin la colaboración de su fiel amigo Sallah (John Rhys-Davies, actor de amplia filmografía conocido sobre todo por hacer de Gimli en la trilogía de “El señor de los Anillos”, aunque lleva unos años bastante perdido en producciones de serie Z).

Spielberg mantiene en vilo a la audiencia con su hábil manejo de la narración (algo en lo que tiene que ver también el guión de Lawrence Kasdan) y su pericia para rodar secuencias como la de la pelea junto al avión, la persecución de coches en Egipto, la que acontece en el Pozo de las Almas (con Indy y Marion rodeados de serpientes) y el clímax final. No obstante, la visión crítica del filme obliga a mencionar su principal fallo, aunque menor. Hay varios momentos en los que hechos inverosímiles ocurren porque sí sin dar ninguna explicación (por ejemplo, Indiana encuentra fácilmente un caballo con el que perseguir a los nazis, o se sube a la cubierta del submarino estando en un barco a una distancia considerable), lo que requiere de la complicidad del espectador. En todo caso, se trata de un recurso habitual del género que no impide que “En busca del arca perdida” sea un clásico moderno que merece más de un visionado por lo que supuso el día de su estreno y lo que aportó al género y al cine en general.

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