Despliega el menú
Salud

Heraldo Saludable

Conan

Microrrelato de Isabel Casasayas, finalista en la categoría de Ceguera.

Me eligieron. Yo no quería irme y comencé a patalear y a lloriquear mientras mi madre amamantaba a mis cuatro hermanos ajena a mi dolor.

Aprendí a base de palos y de mi infancia solo recuerdo a mis colegas encerrados en diez metros cuadrados.

Todo cambió en la adolescencia, cuando conocí a Paulita y me fui a vivir con ella. ¡Qué feliz fui! Paseábamos por el parque al atardecer, íbamos al teatro, de compras, a visitor algún familiar de vez en cuando, a cenar, en fín, no podía pedirle más a la vida cuando un fatídico día la acompañé al hospital para una delicada operación.

Fue un éxito y Paulita estaba exultante y radiante. Entonces todo cambió. Empezó a salir sola, primero esporádicamente, excusándose y dejándome al cuidado de la casa, pero poco a poco las salidas fueron prolongándose cada vez más y me sentí tan herido que entré en un estado de apatía y tristeza desconocido hasta entonces.

Mi autoestima estaba por los suelos, ya no servía para nada, era un inútil, pero la quería tanto que permanecí con ella. Y un buen día, sin decirme nada, Paulita me condujo a su coche y recorrimos unos cientos de kilómetros hasta llegar a una linda casa de campo. Yo estaba expectante.

Se despidió con un beso y sus lágrimas saladas me entristecieron.

Me giré al oir mi nombre y entonces la ví, desvalida, desorientada, su mirada invisible y un bastón blanco en su mano derecha. ¡Conan! volvió a llamarme y raudo y veloz acudí a su lado. Volvía a sentime útil.

Etiquetas
Comentarios