Opinión
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Por
  • Alberto Jiménez Schuhmacher

Gas mostaza

Imagen recurso del tratamiento de quimioterapia.
Imagen recurso del tratamiento de quimioterapia.
Pixabay

El 12 de Julio de 1917, en plena I Guerra Mundial las tropas alemanas bombardearon con obuses llenos de gas mostaza a las tropas británicas cerca de Ypres (Bélgica). Una nube corrosiva con olor a mostaza se diseminó hiriendo y matando a más de dos mil soldados mientras dormían en sus literas. 

Los efectos iniciales, como las quemaduras en la piel, ojos y pulmones, eran evidentes, pero dos años después los supervivientes presentaron nuevos síntomas. Muchos tenían dañada la médula ósea, un tejido esponjoso localizado en el interior de alguno de nuestros huesos, que es responsable de generar células madre hematopoyéticas. Estas pueden transformarse en varios componentes de la sangre, como glóbulos rojos, blancos y plaquetas. Las armas químicas fueron prohibidas y debían permanecer en las estanterías de los laboratorios, pero en la II Guerra Mundial el gas mostaza volvió a aparecer. El 2 de diciembre de 1943 los alemanes bombardearon varios buques estadounidenses cerca de Bari. Uno transportaba un cargamento secreto de gas mostaza, que explotó y se diseminó entre las tropas. La nube tóxica llegó al puerto y afectó a la población matando a más de mil civiles. Ante el miedo a la proliferación de las armas químicas en EE. UU. se creó la Unidad de Guerra Química que reunió a científicos para descubrir cómo combatir estos agentes. Goodman y Gilman investigaron los efectos del gas mostaza y al observar los daños en la médula, se les ocurrió tratar a pacientes con leucemia, un cáncer que afecta a la médula ósea. Para ello ajustaron dosis y lo administraron de forma intravenosa. Nacía así la quimioterapia.

Alberto Jiménez Schuhmacher es investigador ARAID en el IIS Aragón

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