Opinión
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  • Alejandro E. Orús

‘Mores corrumpere’

Antonio Navarro, conocido como el mediador, destapó la trama. En sus teléfonos almacenaba audios, mensajes y fotografías.
Miembros de la trama 'El mediador'

Se equivocan quienes creen que la corrupción ha vuelto. La corrupción, en sus formas y grados diversos, nunca se fue. En general, se convive aquí resignadamente con sus pequeñas manifestaciones cotidianas, a veces sin apenas advertirlas, o incluso asumiéndolas como chanzas descaradas y hasta simpáticas. 

Aunque merezcan reproche, muchas no podrían considerarse siquiera una falta penal. En lo único que coinciden, en todas sus expresiones, es en un arraigado desprecio a la comunidad.

Para llegar al fondo del asunto habrá que aceptar que el chanchullo y la corruptela delatan eso que se ha llamado una cultura de la corrupción, que sobrepasa a la política y no afecta solo al dinero público, como ejemplifica estos días el caso Negreira.

Podría considerarse sospechoso venir ahora a ampliar el foco y tratar de elevar el análisis de una cuestión tan áspera y conocida como la corrupción cuando ocupa otra vez grandes titulares y el PSOE sangra por la herida del caso Mediador, como si eso respondiera a una estrategia destinada a diluir su gravedad. El escándalo posee casi todo lo esperable, lo que dicta el inmutable canon del ‘mores corrumpere’: desde prostitutas a generales y desde cenas y copas en restaurantes de lujo a despachos ‘inviolables’ en la sede la soberanía popular y cajas de zapatos con billetes de dinero. Y por no faltar tampoco lo hacen las expresiones en clave como el ‘bocata de calamares’ con la que, con amargo gracejo, se aludía a los presuntos sobornos.

Lo importante, sin embargo, no estuvo jamás en las siglas de los partidos. Muchos llegaron a sostenerlo en su día sin, al parecer, acabar de creérselo. Esa es una carga que debe soportar cualquier debate en una sociedad tan sumamente politizada. Al contrario, los partidos han pervertido el problema, profundo y antiguo, librando a través de él una batalla política que entorpece posibles soluciones.

Es fácil despachar el tema de la corrupción, que es también el de la honestidad, culpando a unos o a otros e incluso culpando a todos. Mientras unos hacen pública expresión de repugnancia sin remover nada, otros ven una oportunidad de sacar su propio beneficio en las urnas. Por eso el de la corrupción será siempre un debate estéril en política.

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