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la columna

Veruela

Contenido exclusivoOPINIÓNACTUALIZADA 24/01/2023 A LAS 05:00
Claustro del monasterio de Veruela.
Claustro del monasterio de Veruela.
Laura Uranga / HERALDO

Una vez más visitamos el Monasterio de Veruela, al que siempre hay que regresar, y también atraídos por el Moncayo nevado, que lleva en lo más alto una especie de boina rosada muy bonita. 

El sol brilla con fuerza y sopla un cierzo de los que te despejan la cabeza y los bronquios. Me he abrigado bien, pero he perdido mis guantes en algún momento y me cuesta sacar las manos de los bolsillos.

El 10 de enero de 1864, Valeriano Bécquer dibujó a su hermano Gustavo Adolfo con un álbum de dibujo en las manos, sentado en una de las galerías del monasterio. El poeta viste capa y sombrero y no parece pasar frío a pesar de no llevar guantes. Pienso en las incomodidades que soportarían los Bécquer aquel invierno en el monasterio, las cuales, no obstante, no les impidieron trabajar a cada uno en lo suyo y pasear por los alrededores viendo el precioso paisaje invernal, igual que lo vemos nosotros.

Según explica el guía, los Bécquer vinieron buscando el aire puro y seco que les curaría de sus padecimientos pulmonares. Ambos murieron en 1870 sin haber cumplido 40 años, pero vivieron intensamente, como deberíamos vivir todos los frágiles humanos.

Somos pocos los visitantes que hemos desafiado al frío de enero. Seríamos muchos más si el tan esperado Parador de Turismo hubiese por fin abierto sus puertas. No se debe perder la esperanza en un día tan luminoso.

Al salir del monasterio me siento recompensada, más viva, más sana, y llena del romanticismo becqueriano que atribuyó a Veruela "ese indefinible encanto, esa vaguedad misteriosa".

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