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Calle Cortesías

Por
  • Julio José Ordovás
Contenido exclusivoOPINIÓNACTUALIZADA 11/11/2022 A LAS 05:00
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Calle Cortesías
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Los sábados y domingos a mediodía, en la calle Cortesías, libertario corazón de la Magdalena, se junta lo mejorcito de la ciudad. 

Viejos actores, viejos rockeros, revolucionarios de salón, punkis de postal, feministas, posfeministas, Viridianas con el cuerpo y el alma tatuados, modernetes de galgo y bigotillo, modernillas con gafas de ojo de gato y vermuteros, en fin, de variado pelaje beben, fuman, se ríen con ganas y discuten con más ganas aún.

Carlos Calvo, el sheriff del barrio, quiosquero, camarero, crítico cinematográfico, veterano vampiro de la noche zaragozana y la pluma más afilada al este del Moncayo, prepara vermuts tras la barra de El Gallinero con más arte que Tom Cruise en ‘Cocktail’. Dionisio Sánchez, el rey de ‘El pollo urbano’, bigotazo iconoclasta y gorra de tractorista soriano, se lamenta de lo aburrida que es esta ciudad, y a Cuchi Gómez se le escapa una lágrima al recordar a Ángel Guinda, pontífice de la movida baturra ochentera, de la que aquí hay unos cuantos supervivientes.

Los intelectuales e intelectualoides que se bebían hasta el agua de los floreros en el Bonanza ahora abrevan en El Gallinero, mentidero, taberna contracultural y altar ateo dedicado a don Luis Buñuel, cuyo espíritu flota entre croquetas, gildas y copas de cocacola del Somontano.

Después de un par de horas hablando de las causticidades de Chirbes y de las genialidades de Gistaín, uno ya ha perdido la cuenta de las Mahou que se ha bebido.

En la hora sagrada del vermut, cuando en España se tejen las conspiraciones, la Zaragoza que no se rinde toma festivamente la calle Cortesías al ritmo de un glorioso tema de la Creedence.

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