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la firma

Postureo eco-artístico

Por
  • Andrés García Inda
Contenido exclusivoOPINIÓNACTUALIZADA 03/11/2022 A LAS 22:00
Los dos activistas, con las manos pegadas al cuadro de Picasso.
Postureo eco-artístico
MATT HRKAC/Reuters

No sé si cuando se publiquen estas líneas se habrán producido más ataques a obras de arte, por parte de los llamados ‘activistas climáticos’, que las que han tenido lugar cuando las escribo. 

Ya van varios casos en los que jóvenes de diferentes grupos ecologistas, para llamar la atención sobre el problema medioambiental, han atentado contra cuadros famosos y a continuación se han pegado a la pared del museo. ¡Qué sé yo!, pero a lo mejor habría que dejarlos ahí pegados unos cuantos días, ya que esa parece ser su voluntad. De esa forma, la fugaz ‘performance’ que han llevado a cabo dejaría de ser un sucedáneo del arte efímero y se convertiría en una instalación temporal.

Porque en la acción de los jóvenes activistas también parece latir una pulsión artística propia de nuestro tiempo, como si se tratara de una batalla entre Warhol y sus latas de sopa –aunque sea puré o tomate lo que lanzan contra los cuadros– y sus predecesores, entre la posmodernidad y la modernidad, o entre el humanitarismo y el humanismo al que viene a superar. Y qué mejor escenario que la sala de un museo para esa contienda. Convertida así ella misma en una obra de arte contra el arte, la escena de los activistas pegados a la pared y el cuadro dañado junto a ellos podría despertar de un modo continuado el interés de los visitantes cotidianos del museo, y apelar así a su conciencia sobre el problema que quieren denunciar.

Los ataques contra obras de arte llevados a cabo por jóvenes ecologistas muestran que, en nuestro mundo narcisista, el activismo ha transformado la acción política en exhibicionismo y postureo, lo que sirve para dar al activista una impresión de superioridad

A la vista de las mencionadas acciones parece claro que hay un problema, pero sobre todo en las cabezas de esos jóvenes, que echan humo, fruto al parecer de los niveles que en ellas ha alcanzado el discurso de la contaminación, la carbonización y el calentamiento global. Por todas partes les insisten en que están viviendo el fin del mundo y es comprensible que entren en modo pánico y se lo tomen así. Aunque si como dicen algunos realmente estamos al borde del colapso –y no digo yo que no– ¿es esa la respuesta o la solución? Algo hay que hacer, nos contestan: "¿Qué vale más, el arte o la vida?", decía expresamente alguno de los grupos ecologistas, como justificación de la protesta. La cuestión, queridos niños –podríamos responderles, a la vista de semejante pregunta–, es si es humana una vida sin arte y sin belleza. O visto del revés: si es deseable una vida humana con el ‘arte’ destructivo que nos proponen.

Porque tampoco queda clara la vida que defienden, y puede incluso que las medidas que plantean limiten, empobrezcan y deterioren aún más la propia vida humana. Al fin y al cabo, puede que el humanitarismo que enarbolan lo que ponga en el centro no sea la vida del ser humano, sino otra cosa. Como ha subrayado, entre otros, Chantal Delsol, el humanitarismo viene a ser como una subversión del humanismo, en la que lo humano se ve reducido a su dimensión biológica y material: "El humanismo era una cultura, que irradiaba e inspiraba, siempre secundaria respecto a la religión que la fundaba. El humanitarismo es una religión, e incluso una ideología, una teoría autoritaria que somete la vida, desde arriba, a su ley".

En cualquier caso, la anécdota siempre encierra más de una categoría, y la más importante a menudo no es la más aparente. En este caso, posiblemente, la más inmediata tiene que ver con la búsqueda de la espectacularidad como estrategia de acción política. Un expresivismo que en no pocos casos aboca inevitablemente al esperpento y al ridículo (piénsese, por ejemplo, en la pobre exconsejera catalana Ponsatí queriendo jugar hace unos días al pilla-pilla en la frontera francoespañola, como quien reclama cariño o pide que le hagan casito), pero que en todos tiende a la banalización de la causa y a la disolución de la crítica.

Se dice que acciones como las llevadas a cabo por los jóvenes ecologistas tienen como objetivo provocar la reflexión y alimentar el debate. Pero el resultado suele ser el contrario: no discutimos sobre lo que dicen, sino sobre lo que hacen. No miramos a la Luna de lo que denuncian, pero no porque nos quedemos observando el dedo (que también), sino porque lo que éste señala o indica, en realidad, es a ellos mismos. En nuestro mundo narcisista, el activismo ha transformado la acción política en puro exhibicionismo y postureo, lo que sabemos que no contribuye sino al auto-reforzamiento de las propias posiciones y a la ilusión de superioridad. Y a distorsionar por lo tanto las condiciones de la conversación y el debate público.

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