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Lo que mueve el mundo

Por
  • Andrés García Inda
Contenido exclusivoOPINIÓNACTUALIZADA 22/09/2022 A LAS 22:00
La confianza es necesaria para el desarrollo de la vida social.
La confianza es necesaria para el desarrollo de la vida social.
Krisis'22

Como cada curso, desde hace ya varios años, estos días comencé las clases preguntando a mis alumnos qué es lo que, en su opinión, mueve el mundo.

 Para plantearles la cuestión, a veces recurro a la forma en la que lo hace Kirmen Uribe en su novela del mismo título: «Robert, en tu opinión, ¿qué es lo que mueve el mundo? (…). Según Nietzsche, esa oscura fuerza es el poder; para Marx, se trata de la economía; y, según Freud, es el amor. ¿Quién tiene razón, según tú?». Y como suele ser habitual, debatimos sobre la multiplicidad de fuerzas que hacen que todo se mueva y, muy especialmente, sobre una forma de energía que suele pasar desapercibida y que posiblemente sea la más importante de todas: la confianza.

Ya lo hemos apuntado en otras ocasiones en esta tribuna: a pesar de la falibilidad de los proyectos y diagnósticos humanos, si las cosas funcionan es porque de un modo u otro hemos depositado nuestra confianza en otros. Es esa confianza la que hace posible que existan las relaciones y el comercio, la cultura y en general la vida social de la que todo depende. Sin ella, no nos atreveríamos a consumir los alimentos que compramos (ni siquiera a comprarlos), a utilizar los medios de transporte, a contratar a un abogado o a ponernos en manos de un cirujano, por poner algunos ejemplos. Como decía Niklas Luhmann, la confianza hace posibles nuestras relaciones y nuestras decisiones, al reducir la complejidad de un mundo que, de otra forma, se vuelve inabarcable. Sobre todo en sociedades desarrolladas como las nuestras, caracterizadas por la especialización y la tecnificación, el anonimato y la distancia. En esas condiciones, hemos generado infinitos ‘sistemas anónimos de confianza’ que nos permitan movernos y actuar: hemos trasladado la confianza de las personas (a quienes ya no conocemos) a la tecnología, los procedimientos y las instituciones (sobre las que, curiosamente, tampoco sabemos mucho). Nos fiamos no ya del médico, del abogado, del maestro o del camarero, sino del sistema sanitario, del jurídico, del educativo o del de consumo. Por eso necesitamos que tales sistemas e instituciones sean confiables; y quienes más lo necesitan son los que menos tienen, quienes a falta de conocimiento y capital social se ven obligados a hacer un ‘acto de fe’ cada vez que van al médico, o cogen el transporte público, o compran en un supermercado, o leen un periódico, o llevan a sus hijos al colegio... y no pueden contrastar ni pedir una opinión experta a algún conocido.

Sin embargo, de un tiempo no muy lejano a esta parte, y especialmente estos últimos años, asistimos a un proceso de erosión muy importante de las instituciones: la información, la sanidad, la justicia, la educación, la ciencia... se han visto sometidas, por muy diversas razones, a un importante proceso de desgaste, degradación y desprestigio. Como decimos, son muchas las razones de ese deterioro, no cabe duda, tanto externas como internas; pero tampoco es muy discutible que entre ellas ocupa un lugar privilegiado la acción deliberada de políticos y gobernantes, más preocupados de sacar tajada o pescar en el río revuelto de la crisis permanente, que de resolver los problemas de tales sistemas. El gran problema de nuestro tiempo es que quienes deberían ser los encargados de resolver los problemas y facilitar la confiabilidad en las instituciones son la principal fuente de desconfianza en las mismas: la opacidad y la desinformación pública, la corrupción y la colusión de intereses, el sectarismo y la falta de ejemplaridad, la incompetencia... De ahí también, a lo peor, el interés de buena parte de nuestros gobernantes en extender ese deterioro a todo lo demás. Ya no sólo como una forma de evitar el propio control, sino para eludir además cualquier posible y odiosa comparación, como si la degradación consentida o provocada de los demás sirviera para disimular o incluso justificar la propia.

En ese contexto, ¿cómo recuperar, promover y fortalecer la confianza adecuada y necesaria en nuestros días?, ¿quizás tendremos que ser las personas -los ciudadanos, los profesionales- los encargados de corregir esa situación y devolver la confianza en la sanidad, la educación, el derecho, etc.? ¿Y cómo hacerlo? Nos va a hacer falta a todos algo más de una clase para responder a cuestiones como esas. Pero no sé si queda otro remedio. ¿Nos ponemos?

Andrés García Inda es profesor de la Universidad de Zaragoza

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