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EN NOMBRE PROPIO

Saray

Por
  • Eva Pérez Sorribes
Contenido exclusivoOPINIÓNACTUALIZADA 15/09/2022 A LAS 05:00
Saray
Saray
Pixabay

Educamos en la diversidad, pero no respetamos las diferencias. 

Es curioso como mientras se potencia el respeto a un abanico inmenso de modalidades afectivas, las diferencias más clásicas que son las físicas siguen sin aceptarse y provocando más del 56% de los casos de acoso escolar. El aspecto físico y la procedencia fueron los motivos que eligieron los acosadores de Saray para provocarle un sufrimiento tal que, con solo 10 años, quisiera quitarse la vida. En realidad, los matones de patio necesitan pocas excusas para ejercer, pero sí precisan el apoyo del grupo -el 72% de las agresiones se llevan a cabo entre varios-, y también la falta de condena social. Según el informe de la Fundación Anar sobre el acoso escolar publicado esta semana, más del 61% de los chicos percibe que su centro no hace nada ante estos casos, a pesar de que el 45,9% del profesorado asegura haber tenido conocimiento de alguno. Dice el dicho africano que para educar a un niño hace falta toda la tribu. Y la tribu empieza en casa -educando en la empatía, el respeto y la resiliencia frente a la frustración-, sigue en el colegio –combatiendo cualquier mínimo asomo de violencia y gestionando los conflictos- y continua en el barrio y la sociedad entera, condenando estos comportamientos mucho antes de que provoquen sucesos. Lo contrario solo nos conduce a crear víctimas y, desde la indiferencia, potenciar verdugos. Desde el patio del colegio a la ventana de casa de Saray se retuercen hoy demasiados interrogantes incómodos. Dejarlos sin respuesta fueron el vacío al que se precipitó.

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