Opinión
Suscríbete por 1€

Opinión

Desactivar el polvorín

Contenido exclusivoOPINIÓNACTUALIZADA 24/08/2022 A LAS 22:00
Tierra quemada en el incendio de Añón del Moncayo.
Tierra quemada en el incendio de Añón del Moncayo.
Francisco Jiménez

A toro pasado es fácil acertar, lo difícil es torear.

 Y esto sirve para muchos asuntos, por ejemplo, los que incumben a la vida política. La gestión de la ‘res publica’ es uno de los ámbitos donde a posteriori cualquiera es Manolote. Tomar decisiones siempre acarrea errores. Lo complicado es atinar con antelación ante aquellos problemas que no tienen un interruptor para activar las relaciones de causalidad deseadas. Es decir, lo difícil es crear las condiciones necesarias para alcanzar un objetivo determinado y, además, mostrar que esa relación de causa-efecto es eficaz. Es tan fascinante como cuando una bola de billar consigue una carambola.

Gestionar es complicado, con incertidumbre más. Esto, en el ámbito de la administración política de este siglo XXI, se está convirtiendo en habitual. Parecemos sometidos al azar, sin un botón para pulsar ‘enter’. Y menos en esta época, con el virus de Wuhan, la pandemia, la guerra de Putin, la sequía y otras desdichas sobrevenidas que tienden a desestabilizar cualquier plan previo. La apariencia de imprevisibilidad es de tal nivel que se disipan seguridades, cuestionando si las cosas serán como estaba previsto que fuesen. Sin embargo, ese es el meollo de los estudios de anticipación y de las grandes políticas públicas.

La ciencia de la anticipación aspira a gestionar con acierto lo que está por venir, a enfrentarse al toro y lidiar adecuadamente, tanto con lo previsto como con lo imprevisto. Esto supone un modo de entender el futuro a partir de cuatro pilares básicos: «La irreversibilidad práctica del tiempo; la tensión entre nacimiento y muerte, entre diferencia y repetición; las novedades imprevisibles; y la conectividad». Vivimos en el presente el futuro que imaginamos; por eso, si se toma en serio, es posible sembrar lo que queremos cosechar. Algo tan viejo como la revolución neolítica. Desde entonces, si no fue antes, en esta parte del mundo, construimos modelos mentales que anticipan en el presente respuestas a lo que emerge física y socialmente. Es un ciclo donde se alternan procesos de innovación y de sedimentación, donde entran en debate las utopías y las tradiciones. Donde la mente creativa es capaz de aprender de lo que ha vivido para soñar lo que se quiere vivir. Esa voluntad de pensar y de hacer es la que juega un papel clave en cualquier asunto político, más allá de la mera ostentación del poder.

El poso que deja el paso del tiempo no garantiza que se gestione mejor o peor, pero al menos marca hitos que permiten la reflexividad y la acción colectiva en muchos asuntos públicos. Por ejemplo, los incendios forestales. Se están multiplicando durante este verano y recorren sin piedad el territorio de nuestro país, de Aragón, y de esta España nuestra. El efecto del fuego está asolando los municipios donde se concentran las llamas. Al paso de éstas cambia la faz de la tierra. El paisaje se pinta de gris ceniza y negro carbón. Esto no es nuevo. Los incendios forman parte de nuestra historia. Y tienden a repetirse siempre que hay el combustible necesario para arder. Eso lo saben las gentes del campo desde tiempo inmemorial.

Llevamos meses escuchando que, con la falta de lluvias y con el calor extremo, los montes se han convertido en un polvorín fácilmente inflamable. No sólo donde ya se han devastado miles de hectáreas, como Ateca, Moros, Añón, Vera, Nonaspe... Esa percepción se extiende de norte a sur y de este a oeste. Va acompañada de una reflexión anticipatoria: la desconexión entre las políticas y la sabiduría rural alimenta los fuegos. Se han reducido casi a la nada prácticas tradicionales que cuidaban bosques y montes con formas de ganadería que sabían más de economía circular que quienes la acaban de descubrir. Hemos llegado a esto porque se han aplicado unas políticas concretas. Los incendios, como dicen en muchos pueblos, se apagan en invierno. La yesca no existe si antes se la come el ganado. Quizá toca revisar estas políticas y desbrozar la maleza que arrastran. Anticipar pensar, recabar datos, volver a pensar y aprender de lo que ya se sabe es clave para prevenir el fuego que tanto está quemando.

Chaime Marcuello Servós es profesor de la Universidad de Zaragoza

Etiquetas
Comentarios
Debes estar registrado para poder visualizar los comentarios Regístrate gratis Iniciar sesión