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Blog - Los desastres de la guerra

por Gervasio Sánchez

Opinión

Camp de Gurs

Contenido exclusivoOPINIÓNACTUALIZADA 17/08/2022 A LAS 22:00
Memoria de un campo de concentración: Gurs.
Exposición sobre Gurs en el museo Pablo Serrano.
Legado Elsbeth Kasser.

El 14 de agosto ha sido el cumpleaños de mi madre. Aunque ella ya no está, nos hemos reunido en familia y hemos celebrado su recuerdo en casa. Hemos repetido algunas rutinas que para nosotros son tradiciones. Nos arraigan en lo que somos porque hemos sido. Nos afirman nuestra memoria, como surcos que vuelven a recordar de dónde venimos. Así, como hacíamos con mi madre, pasamos por el cementerio a rezar por nuestro padre, por los abuelos y ahora también por ella. Algo simple, intranscendente para la sociedad y lleno de sentido para nosotros. Ese recuerdo tiene un efecto catártico. Nos ayuda a digerir la tristeza de su muerte, recuperando la alegría de la vida compartida y la esperanza que brota de la fe. Sabemos que están, que está con nosotros, celebramos su presencia y la impronta que han dejado en nuestra vida y en nuestro corazón.

Al igual que otros meses de agosto, hemos repetido rutinas veraniegas que nunca son exactamente iguales, pero son nuestras particulares tradiciones. Este año hemos subido al refugio de Bachimaña, el anterior a Respomuso, antes el Pic d’Arlas, en su día a Santa Orosia, también al monte Oroel, al ibón de Estanés… como cada verano una caminata para sentir latir con la montaña. Hemos vuelto a ir a Francia por el Portalet, compramos queso en la curva de Laruns a nuestra amiga de Ferrières, subimos al col d’Aubisque, paseamos, disfrutamos del restaurante y después, a descubrir el país vecino.

Unas veces hemos llegado a Lourdes, a Pau, otras al Lac d’Estaing. Incluso desde que en 2012 se abrió la carretera Fiscal–Yebra, en un par de ocasiones hemos vuelto pasando por el Col de Tourmalet y cruzando por Bielsa. También hemos ido a la Gruta de La Verna, las Gorgas de Kakueta y volver por el Puerto de Larrau. No nos importa hacer kilómetros para disfrutar de rincones del otro lado del Pirineo. Y lo que no fallamos desde hace casi dos décadas es a la fábrica de Chocolate de Olorón. Nos volvemos con dos o tres ‘kilos sorpresa’ y bombones que ponemos en una nevera portátil para que resistan el calor. Lo aprendimos la primera vez, casi nos quedamos sin compra.

Este año, nuestro hijo Oroel, se empeñó en ir al Camp de Gurs. Pese a llevar años cruzando, pese a tener familia de mi abuelo Elías en Olorón, pese a pasar varios veranos en mi adolescencia de intercambio en Tarbes, nunca antes había tenido noticia del lugar. Sólo recordaba un cartel volviendo de visitar Navarrenx y Orthez, pero nada más. Está a poco más de 14 km de la chocolatería. No hay mucha información, hasta que se busca. Merece la pena leer la web http://www.campgurs.com/.

El Camp de Gurs fue uno de los campos de ‘internamiento administrativo’ más grandes de Francia en la II Guerra Mundial. Estuvo activo entre abril de 1939 y diciembre de 1945. Ocupaba 2 km de largo por 500 metros de ancho. Tuvo cuatro etapas, traduzco de la web: 1. Del 2/4/1939 al 10/5/1940: republicanos españoles y voluntarios de las Brigadas Internacionales. En total, 27.350 personas, exclusivamente hombres.

2. Del 10/5/1940al 1/9/1940: «indeseables», principalmente mujeres de Alemania y de países pertenecientes al Reich. Junto a ellos, varios cientos de hombres internados por delitos de opinión (comunistas, vascos españoles, etc.). En total, 14.795 hombres y mujeres.

3. Del 1/9/1940 al 25/8/1944: judíos extranjeros. Un total de 18.185 hombres, mujeres y niños internados a causa del antisemitismo de Estado practicado por el régimen de Vichy. Fueron deportados sistemáticamente a Auschwitz y exterminados a partir de 1942.

4. Del 25/8/1944 al 31/12/1945: los «collabos» y varios cientos de antifranquistas españoles. En total, 3.370 personas, exclusivamente hombres.

Impresiona recorrer tanto el sendero histórico —sobre el terreno de internamiento, pasando por un barracón reconstruido— como el sendero de la memoria —que lleva el cementerio del campo con sus 1.072 tumbas y el monolito a los republicanos españoles—. Me avergüenza no haber tenido conciencia de ese horror antes. Me asusta pensar cuanto sufrimiento y olvido se han quedado en ese rincón del mundo… pero brota esperanza al conocer esa historia y recuperar su memoria. Ahora toca contarlo y no olvidar. Volveremos.

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