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No hay que olvidar Afganistán

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  • EDITORIAL
Contenido exclusivoOPINIÓNACTUALIZADA 14/08/2022 A LAS 05:00
Una mujer con burka pasa junto a centinelas armados en una calle de Kabul.
Una mujer con burka pasa junto a centinelas armados en una calle de Kabul.
Stringer / Efe

Transcurrido un año desde que la caótica retirada de las fuerzas militares occidentales dejó vía libre para el regreso al poder de los talibanes, Afganistán ha vuelto a sumirse en un régimen de represión, misoginia y miseria. 

La comunidad internacional, atenta ahora a otras urgencias, parece haber olvidado a los afganos, pero debiera asumir al menos la responsabilidad de prestar ayuda humanitaria a la población sin afianzar el fanatismo religioso.

Son muchos los gobiernos tiránicos en el mundo, que no prestan ningún respeto a la democracia ni a los derechos humanos. Pero el caso de los talibanes en Afganistán resulta especialmente oprobioso por la intensidad y la falta de escrúpulos con la que ejercen la violencia institucionalizada contra las mujeres. Un año después del regreso al poder de esta secta fanática, los avances que en Kabul y en otras ciudades se habían podido constatar en la situación de la mujer gracias a la presencia occidental han desaparecido. Y ese es el signo del imperio de la represión y de la falta de libertades que se ha impuesto en el país. A lo que se añade una crisis que profundiza las insuficiencias económicas y sitúa a una gran parte de la población en la miseria. Las democracias occidentales, atentas a otros graves problemas, no deberían olvidarse de Afganistán, aunque solo fuera por la responsabilidad que han asumido al mantener durante veinte años una presencia militar, política y económica que pretendía modernizar el país pero que terminó en un estrepitoso fracaso y en una vergonzosa retirada. Hay que ayudar a los afganos y hay que hacerlo de manera que no se refuerce a unos gobernantes que, desvirtuando los principios religiosos del islam, postulan un fanatismo extremo, no muy distinto del que ha perseguido durante más de treinta años al novelista -de origen indio y musulmán- Salman Rushdie, quien sufrió el viernes un atroz atentado.

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