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Augures, arúspices, brujos y nigromantes

Contenido exclusivoOPINIÓNACTUALIZADA 08/08/2022 A LAS 05:00
La vicepresidenta económica, Nadia Calviño.
La vicepresidenta económica, Nadia Calviño.
Chema Moya / Efe

Es una delicia escuchar las declaraciones de la vicepresidenta económica, señora Calviño, realizadas en meses anteriores y debidamente conservadas en las malditas fonotecas, que son capaces de sacar los colores a cualquiera, sobre sus pronósticos relativos a la inflación en España.

 No se las voy a repetir aquí, porque cualquiera de ustedes puede oírlas en internet: «Ya hemos llegado a la punta de la inflación» (marzo de 2022); «no esperamos llegar a los dos dígitos, ¡qué va!» (abril de 2022)… y así sucesivamente. Y todo ello, dicho con esa vocecita suave y con pretensiones de convincente nada menos que en boca de la persona que dirige nuestra economía y que vino con esa aureola de experta y entendida en esta clase de asuntos. Lo que pasa es que en España los cargos de ministro (o de ministra) a veces nublan la mente y borran los destellos académicos y científicos de las cabezas más brillantes -que tampoco abundan tanto-; y pasa también que las lealtades inquebrantables a un partido -y eso vale para todos- hacen confusas las miradas a la realidad en función de esa ciega ‘devotio ibérica’ que nos gastamos por estos lares hacia nuestros jefes políticos.

Estos ministros y ministras que tenemos ahora no deben haberse leído ‘El arte de la prudencia’, de nuestro Gracián, por lo que a veces caen en la osadía de hacer pronósticos sin fundamento para dárselas de autoridad ante la prensa que inquiere o simplemente pregunta en esas ruedas de prensa en las que lo importante parece el lucimiento del compareciente. Con inaudito desparpajo se despachan opiniones o previsiones de las que semanas más tarde deben arrepentirse; pero da igual; aquí todo da igual y cualquier ministro, subsecretario, asesor o paniaguado puede decir lo que le pase, aunque hable por boca de ganso.

Es sabido que con las cosas de comer no se debe jugar, y lo mismo pasa con las cosas de la economía, que a fin de cuentas son también las cosas de comer; por eso se requiere una cierta exquisitez -por no decir prudencia- en el tratamiento de ciertos temas, sobre todo porque pueden afectar a las expectativas de las personas y a sus decisiones. Se requiere seriedad y respeto, y es mucho mejor callarse que aventurarse a adivinar el porvenir como hacían aquellos augures, arúspices… etcétera, etcétera, auspiciando el futuro con alegría y desenfreno.

La señora vicepresidenta debería oír sus propias declaraciones en repetidas ocasiones, no como tortura por su imprevisión, sino para aprender que a veces la postura más honesta es reconocer que no se sabe lo que va a pasar o calibrar más acertadamente una respuesta ambigua. Es más serio que revestirse de una falsa autoridad y lanzar un mensaje en el que probablemente ni ella misma cree.

Lo peor del caso es que en este país, como decía aquél, estas cosas no tienen consecuencias, de modo que aquí todo el mundo dice lo que le parece y allá películas. Nos sobran ministros (y ministras) augures y precisamos más de dirigentes que nos miren a los ojos y nos digan la verdad. Y si no la saben, que se callen.

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