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Incendios y ganadería

Por
  • Joaquín Gargallo
Contenido exclusivoOPINIÓNACTUALIZADA 04/08/2022 A LAS 05:00
Labores de extinción de un incendio forestal en 1989.
Labores de extinción de un incendio forestal en 1989.
Carlos Moncín / HERALDO

A raíz de la oleada de incendios de este verano ha comenzado un intenso debate sobre la gestión forestal de nuestros montes y sobre lo adecuada que es la ganadería extensiva como forma de prevención de incendios.

 Muchas voces reclaman más protección de este tipo de ganadería y un giro a las políticas forestales/ambientales, y otras argumentan que los incendios son incidentes típicos de estas fechas y de la zona mediterránea y que nada se puede hacer contra ellos salvo medidas de extinción. En todo este ruido mediático, las voces más alejadas de esta realidad buscan excusas para tapar la inacción y la dejadez que nos ha llevado a esta negra realidad.

Lo cierto de todo esto es que, por desgracia, en pocos días todo se habrá olvidado. Pero no por todos, las personas que llenamos el mundo rural seguiremos mirando nuestros montes, los que ahora están negros, con una profunda tristeza y los que todavía continúan verdes, con una mayor preocupación después de ver los desastres de las últimas semanas.

Todos sabemos que nuestro ganado ayuda a mantener la biodiversidad, ayuda a secuestrar carbono en el suelo, produce alimentos de alta calidad y ayuda a mantener nuestros pueblos vivos. Además de estos beneficios, la ganadería extensiva minimiza los daños que provoca el fuego. Es muy sencillo de explicar, al igual que en la prehistoria los herbívoros salvajes aprovechaban los pastos y modelaban el paisaje, el ganado doméstico puede suplir esta función ecológica con resultados similares. El pastoreo ayuda de una forma eficiente y eficaz a reducir la carga de combustible por hectárea, rompe la continuidad vertical y horizontal de una masa forestal, evitando que la hierba se convierta en broza y actúe como una mecha de propagación en todo el monte. Además, tenemos la ventaja de que, en función de las necesidades de nuestra sociedad, podemos actuar con la intensidad exacta para conseguir un resultado buscado. Así pues, en las zonas en las que la continuidad del monte se mezcla con las casas, en esa interfaz urbano-forestal, se debería actuar en toda la superficie, independientemente de la titularidad de las parcelas, y con una intensidad tal que, en caso de incendio, quedaran las casas protegidas y libres de matorral y broza que propagasen las llamas.

Lejos del idealizado pensamiento de un bosque verde y frondoso, nuestros montes son una interesante mezcla de ambientes mediterráneos y euroatlánticos en uno de los países más montañosos de Europa. Así que esto añade complejidad a un pensamiento de gestión homogénea y da valor a esta gestión local y tradicional que se reivindica.

Coincide también la puesta en marcha de una ‘nueva’ PAC (política agraria común europea) que pretende ser más verde, más sostenible. La lectura que las ganaderas y los ganaderos podemos hacer después de publicados los borradores de los reales decretos sobre la PAC, es que no estamos en ella. ¡Ni siquiera existe la actividad ganadera! Todo es actividad agraria, todo se vincula a la superficie, y nosotros no tenemos hectáreas, ¡tenemos ganado! Está claro que necesitamos una base territorial y también está claro que la gestión ganadera sobre esa base territorial le da un valor añadido, que ya he explicado antes, y además la protege del fuego.

Así pues, nos encontramos ante la PAC más negra de la historia, aunque la disfracen de verde. Pues este tinte verde simplemente supondrá una mayor carga administrativa para cada ganadera y ganadero, una condicionalidad reforzada que nos fuerza a hacernos nuestras propias autoevaluciones para hacerle a la Administración más fácil su tarea. Sin embargo, esa búsqueda hacia la sostenibilidad no va a ser efectiva.

Además, otra consecuencia que se puede prever de la aplicación de esta PAC es la intensificación de las explotaciones ganaderas. Aun sabiendo que la mayor parte del modelado de las explotaciones ganaderas la marca el mercado, la reducción del valor de la UGM (unidad de ganado mayor) en un 20%, la escasa exigencia en la profesionalidad o los distintos topes y modulaciones que se aplican, no ayudan precisamente a reforzar el modelo de explotación familiar y vinculado al territorio. Como ejemplo, se permite el uso de tratamientos fitosanitarios para el mantenimiento del pasto, es decir, para facilitar la tarea a absentistas, estos podrán utilizar herbicidas en pastos, además de otras medidas similares. Unas medidas que añaden yesca a nuestros montes e impiden la labor de los profesionales.

Y es que la responsabilidad frente a la lucha contra el fuego es de todos, nadie se escapa. Nosotros, como ganaderas y ganaderos, debemos tener un cuidado adicional en el uso del fuego y medidas preventivas en zonas forestales, pues nos jugamos demasiado. También aquellas personas propietarias que impiden el pastoreo en zonas de riesgo y, cómo no, la gestión real y consciente del valor de nuestros montes que deben hacer los ayuntamientos y las entidades gestoras. Pues hasta ahora, su ‘gestión’ no va más allá del cobro de las tasas de pastos, aun siendo beneficiosa para el monte dicha actividad, así como el cobro injustificable de la emisión de certificados de pastoreo que, en ocasiones, nos rascan hasta un 15% de nuestra PAC. No debemos olvidar que el cobro de esta ayuda está vinculado a ejercer una actividad ganadera. Estas prácticas, que rozan la delincuencia, están diseñadas para facilitar el cobro de la PAC a absentistas y dificultan el trabajo a las personas que estamos con el ganado en el monte.

También las políticas basadas en una ideología panecologista, que no tienen en cuenta que también nosotros formamos parte de nuestros ecosistemas, no ayudan precisamente a la minimización de los incendios. Muchos están ‘in love’ con la ganadería extensiva, pero solo de boca, esa mirada hacia nosotros no va más allá, no trae hechos, es una mirada simplemente hipócrita, muy acorde con nuestros tiempos. Decir una cosa y hacer otra bien distinta, exigirnos ser verdes y comprar carne de las antípodas, querer una ganadería más sostenible y no reconocer que siempre lo hemos sido, querer una ganadería moderna y no cuidar a los profesionales e impedir el acceso a las personas recién incorporadas.

¡Y así nos va! Si no queremos seguir como hasta ahora debemos cambiar las pautas. ¡Pero todos! De nada vale lamentarse y olvidarse al instante. Por nuestra parte, las ganaderas y los ganaderos profesionales no nos vamos a desmemoriar.

Joaquín Gargallo es responsable del Sector Vacuno extensivo de UAGA y de Vacuno de carne de COAG

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