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¿Evaluación académica o profesional?

Por
  • Jesús Morales Arrizabalaga
Contenido exclusivoOPINIÓNACTUALIZADA 21/07/2022 A LAS 22:00
¿Evaluación académica o profesional?
¿Evaluación académica o profesional?
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Hablamos mucho sobre educación, pero evitamos afrontar las preguntas fundamentales, las que haría alguien sin condicionantes, sin filtros ni intereses. 

No son muchas.

Imaginemos un par, dirigidas a los estudiantes:

1.- ¿Qué esperas obtener del seguimiento de un estudio universitario de grado? ¿Y de su superación?

2.- ¿Qué significado atribuyes a las evaluaciones de las que serás objeto? Si son negativas, ¿las entenderás como orientación, castigo o simple obstáculo?

No atinamos con un modelo educativo adecuado a las transformaciones de nuestra sociedad. Parece que las alternativas se limitan a la fijación de horas por asignatura. Hay cuestiones de fondo que no aparecen. El desarrollo de la educación se está haciendo sobre dilemas no resueltos. Recordemos: un dilema supone que coexisten durante un tiempo dos posiciones excluyentes; hay que reducirlo y, si no se consigue, alguien debe decidir, elegir y resolverlo. En ausencia de decisión, el modelo se desarrolla encapsulando contradicciones... hasta que revienta. Un ejemplo de dilema enquistado: asumiendo que el esfuerzo formativo es limitado, ¿cuál es el propósito de la enseñanza reglada no obligatoria que proporcionamos en colegios e institutos?, ¿formar personas para la convivencia, o prepararles para escenarios profesionales? Seguramente diremos que damos más peso a lo primero, pero luego actuaremos teniendo en cuenta los criterios de la EVAU, las ponderaciones y ese tipo de conceptos, que únicamente tienen sentido en un contexto orientado a la profesionalización. Asumimos que los valores, el civismo, pero también ‘las letras’ y la cultura en general, pueden aprenderse fuera del sistema educativo, cosa que no sucede con ‘las ciencias’. En nuestra representación del escenario profesional, las puertas que dan acceso a opciones de letras no tienen cerradura específica, mientras que otras –biomédicas o científicas– necesitan llaves que sólo se obtienen y acreditan en el sistema educativo reglado.

Damos valor a la evaluación académica en la medida que la necesitemos para obtener una llave de las carreras profesionales que tienen puerta con cerradura.

La vinculación entre la enseñanza y el acceso a algunas profesiones introduce tensiones insoportables en el desarrollo del sistema educativo que tienen consecuencias perjudiciales; la calificación que da el profesor se desprestigia y desnaturaliza

En este contexto, la evaluación académica se deforma para convertirse en criterio principal de preselección profesional. Nefasta asociación y metamorfosis. El Bachillerato se convierte en cursos de preparación para un examen de características muy concretas. El argumento de venta de los colegios son las tasas de éxito obtenidas en la EVAU no, por ejemplo, un mapa de las posiciones que sus egresados han terminado ocupando en la sociedad pasados veinticinco años. ¿Quiénes son? ¿Cómo son? ¿Qué están aportando?

Esta vinculación entre enseñanza y acceso a profesiones introduce tensiones insoportables en el desarrollo del sistema que tienen varios efectos: en primer lugar un evidente deslizamiento al sobresaliente (que lo desprestigia). En segundo, la consolidación de sistemas de evaluación defensivos. La calificación del profesor cambia de efectos y se desnaturaliza; sale de lo educativo y entra en lo profesional. Esa nota cambia su relevancia por lo que, muy probablemente, será objeto de una revisión a la centésima que puede llegar a plantearse ante inspectores o incluso tribunales ordinarios de justicia. ¿Reacción del profesor? Evaluación mediante plantilla. Es sencillo: se fijan unos descriptores rígidos, unos puntos de control por los que la respuesta tiene que pasar: si son diez y faltan dos, eso es un ocho. Inatacable. Para poder explicar con ese grado de detalle forense nuestra evaluación, tiramos toda la doctrina pedagógica sobre competencias, capacidades y actitudes, porque son cosas que escapan a mecanismos de evaluación simples y masivos. Adiós ‘Bolonia’, vuelta al ‘manual’. Adiós a la promoción de la iniciativa, de la transversalidad... ¿Cómo voy a evaluar la competencia expresiva escrita? ¿Y la oral, en que tanto se insiste sobre el papel? Puedo descontar errores gramaticales, pero ¿cómo valoro con decimales la falta de calidad en el encadenamiento de argumentos? Esta evaluación defensiva prima la imitación ordenada del modelo, pero crea un gran limbo con los objetivos formativos que no son evaluables con estos condicionantes. Diga lo que diga el diseño curricular, para los alumnos no son prioritarios. Lo importante: ‘que te dé la nota’.

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