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Una gran empresa

Por
  • Andrés García Inda
Contenido exclusivoOPINIÓNACTUALIZADA 17/06/2022 A LAS 05:00
Sede del Grupo San Valero en Zaragoza.
Sede del Grupo San Valero en Zaragoza.
Dune Solanot / HERALDO

El pasado día 7, el presidente del Grupo San Valero recibió de manos de S. M. el Rey el premio Empresa de Aragón 2022, otorgado por la Confederación de Empresarios de Aragón en la categoría de Gran Empresa. 

No sé si es habitual que un proyecto educativo resulte galardonado con este tipo de distinciones y supongo que menos aún en esa categoría. Pero se trata de un reconocimiento plenamente merecido: El Grupo San Valero no solo es una empresa grande (agrupa a seis entidades y da empleo a 1.200 trabajadores), sino una gran empresa, cuya contribución al desarrollo económico, social y cultural de la región es indiscutible. Aunque, como suele decirse, para llegar a cualquier sitio hay que venir de alguna parte.

El origen del Grupo San Valero se remonta al principio de los años cincuenta y se sitúa en el barrio de las Delicias, entonces en rápido y desordenado crecimiento fruto de la inmigración, la expansión urbanística y la industrialización. Para dar respuesta a las crecientes necesidades sociales, un grupo de hombres de Acción Católica constituyeron el 10 de octubre de 1952 la Junta de obras sociales de la parroquia de San Valero. Ninguno de ellos era un activista, un gestor social o un político. Todo lo contrario: un maestro, un comerciante de vinos, un carpintero, un empleado, un militar retirado... Pero a todos animaba además de su fe (y fruto de ella) una fuerte conciencia social y un decidido compromiso personal. Quizás el alma de la iniciativa era el fotógrafo Jalón Ángel, pero todo el grupo merece ser citado: Eloy Martínez, Jesús García Artal, José Luque, Manuel Lacruz, Manuel Hernández, Joaquín Arias y el sacerdote José Bosqued. Nada tenían, así que organizaron una lotería mensual para conseguir recursos y se propusieron crear una escuela de capacitación profesional para peones y aprendices y construir viviendas sociales que remediaran el problema del chabolismo.

Fruto de lo segundo fue la promoción de 190 viviendas en la calle Andrés Vicente. Y de lo primero, la Escuela que inició su actividad el 5 de abril de 1953. Ese curso comenzaron 14 alumnos y terminaron 52. Y el proyecto siguió creciendo, cada vez con más alumnos y una pequeña plantilla que colaboraba desinteresadamente y que poco a poco hubo que ir ampliando y profesionalizando, buscando la colaboración de las instituciones y, sobre todo, de las empresas en las que aquellos deberían encontrar trabajo. En los años sesenta y setenta la escuela se consolidó y se fue adaptando a la legislación educativa y laboral-profesional (que, como en tantas cosas, nació a la zaga de iniciativas como esa). En 1987 el ya Centro San Valero se trasladó a su actual ubicación en la calle Violeta Parra y en los noventa surgirían nuevas entidades: la Fundación Dominicana San Valero en 1995 (con dos institutos tecnológicos en Santo Domingo), el CPA Salduie en 1997, el centro de formación ‘on line’ SEAS en 2003 y la Universidad San Jorge en 2005, a los que añadir el Centro Sociolaboral Casco Viejo. Actualmente el Grupo imparte una formación inspirada en el humanismo cristiano a casi veinte mil personas, desde secundaria a la universidad, con clara orientación hacia el empleo.

Durante ese tiempo no han sido pocas las dificultades para mantener a flote semejante proyecto: las sucesivas crisis, la falta de recursos, los recelos políticos, los obstáculos administrativos... Si ha sido posible lo es gracias a la tenacidad y profesionalidad de tantos hombres y mujeres comprometidos con la educación y el empleo y animados por una doble convicción. Por un lado, la de tomarse en serio la educación y la formación profesional, en lugar de utilizarla como una herramienta de ingeniería política y cultural. Vivimos tiempos difíciles a este respecto -blandos, líquidos o gaseosos, vaya usted a saber- pero el desarrollo personal y social requiere asumir que la función de la educación no consiste en victimizar a los alumnos o fomentar su autocomplacencia, sino en dotarles de las herramientas necesarias (conocimientos y habilidades sociales y técnicas) para que tomen las riendas de su existencia. Por otro lado, la necesidad de contar con la empresa y la iniciativa social para conseguirlo. Tampoco en eso los tiempos son fáciles en nuestro mundo burocratizado, pero la historia muestra que la fe y el compromiso personal pueden llegar a mover montañas, o hacer de una pequeña escuela parroquial un gran proyecto educativo al servicio de un mundo mejor. Enhorabuena.

Andrés García Inda es profesor de la Universidad de Zaragoza y miembro del patronato del Grupo San Valero

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