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La ley del ‘solo sí es sí’

Por
  • Miguel Ángel Boldova y Agustín Malón
Contenido exclusivoOPINIÓNACTUALIZADA 01/06/2022 A LAS 05:00
La ley del ‘solo sí es sí’
La ley del ‘solo sí es sí’
Heraldo

Muchos medios de comunicación se han rendido a los tópicos propios de los políticos para presentar como un hito del feminismo una ley que, por primera vez, va a proteger la libertad sexual de las españolas, las cuales "por fin serán escuchadas". 

Se nos dice que esta ley, en fase de tramitación, consagra el consentimiento como clave de la libertad sexual. Pero, desde 1989, el núcleo de los delitos sexuales ya reside en el consentimiento. Sin este no existe libertad sexual.

El eslogan ‘solo sí es sí’ remite al llamado consentimiento afirmativo. En cambio, el proyecto de ley no recoge una definición de consentimiento que requiera, como lo hacía el anteproyecto, que se "haya manifestado libremente por actos exteriores, concluyentes e inequívocos". Lo que se señala ahora es: "Sólo se entenderá que hay consentimiento cuando se haya manifestado libremente mediante actos que, en atención a las circunstancias del caso, expresen de manera clara la voluntad de la persona". Una significativa modificación que se aleja del ‘solo sí es sí’.

En defensa de esta reforma se ha dicho que: 1.- acabará con la cultura de la violación y permitirá a las mujeres vivir una verdadera libertad sexual; 2.- evitará sufrimientos añadidos para la víctima, estableciendo por ley el principio del ‘yo sí te creo’; y 3.-acabará con la impunidad de los agresores. Con el cambio en la forma de definir de un modo más exigente el consentimiento, no habrá lugar a interpretaciones. Esto, se dice, asegurará a las mujeres que los hombres no harán nada que ellas no quieran. Impedirá que se cuestione a las denunciantes sobre su conducta. Y, finalmente, hará más difícil que los agresores queden impunes, responsabilizando a los hombres de asegurarse del consentimiento claro de las mujeres.

La llamada ley del ‘solo sí es sí’, con la que se pretende hacer frente a una supuesta ‘cultura de la violación’, no puede vulnerar los principios del Estado de derecho

Más allá de que nos parezca iluso confiar en que un cambio como este pueda transformar una compleja realidad como es la violencia sexual –ojalá fuera así–, dudamos que esta modificación suponga cambios reales en la práctica judicial. No, mientras se sigan respetando la presunción de inocencia y el principio de que quien acusa tiene que probar. El principio de ‘yo sí te creo’ es un sofisma. Se creerá a la denunciante cuando su testimonio reúna los requisitos jurisprudencialmente exigidos: ausencia de incredibilidad subjetiva, verosimilitud y persistencia.

No supondrá cambios mientras siga vigente el sentido común, que establece que la expresión del consentimiento sexual puede llevarse a cabo de formas muy diversas y que, como la misma propuesta establece, hay actos que según las circunstancias pueden significar un sí o un no. En concreto, el silencio o la pasividad pueden ser signos de un consentir en unos casos y no en otros. Y siempre habrá, o eso esperamos, un espacio para la interpretación.

La violencia sexual en todas sus manifestaciones es un problema serio que debemos seguir enfrentando. Y será bienvenido todo progreso en el necesario reconocimiento a las víctimas, mayoritariamente mujeres y menores, con la adecuada atención a sus derechos, dignidad y bienestar. Pero este loable fin no puede llevarse a cabo a costa de otros fines y valores igualmente importantes, como son respetar los derechos de los acusados y los principios del Estado de derecho.

Esta ley se ha presentado bajo el argumento de que vivimos en una cultura de la violación que mantendría a las mujeres bajo un constante terror sexual. Esta afirmación no nos parece que refleje nuestra actual realidad social. Este país ha ido avanzando en la igualdad efectiva de derechos entre hombres y mujeres y debe seguir haciéndolo, pero, hoy por hoy, la inmensa mayoría de los hombres respeta las decisiones de las mujeres. La violación se ha castigado y se castigará siempre porque hay un consenso social en contra de la misma. El que unos pocos se aprovechen de algunas mujeres no permite considerar la existencia de una cultura de los hombres dirigida a violar a las mujeres que deba combatirse. Hay que combatir al delincuente sexual, sin duda, pero este no nos representa.

Si actualmente hay un temor a denunciar por no ser creído el testimonio, esta ley o el mensaje social que la acompaña tal vez propiciará que haya más denuncias, pero no que se modifiquen los criterios de prueba del delito. Hacerlo implicará trasladar el miedo y la culpa de las mujeres a los hombres, pero el objetivo debe ser otro.

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