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Tarjeta amarilla

Contenido exclusivoOPINIÓNACTUALIZADA 13/05/2022 A LAS 22:00
Tarjeta amarilla
Tarjeta amarilla
Heraldo

Cuando, en 1992, Francis Fukuyama se hizo mundialmente famoso con su ensayo ‘El fin de la Historia’ (la democracia liberal se ha impuesto como "el último paso de la evolución ideológica de la humanidad"), algunos de los más conspicuos politólogos llamaron a la prudencia. 

Giovanni Sartori, por ejemplo, advirtió que en realidad nos adentrábamos en un mundo ignoto. El pensador italiano creía que, tras la caída de la URSS y la desaparición del enemigo externo del liberalismo, sus adversarios aparecerían dentro. Y, efectivamente, la actual oleada populista actúa como un caballo de Troya que intenta socavar la democracia desde dentro. Por ello, el propio Fukuyama ha actualizado su tesis y en su nuevo libro, ‘El liberalismo y sus descontentos’ (publicado esta semana en Estados Unidos), señala que el peligro está en los extremistas.

Fukuyama, según el ‘New York Times’, argumenta que el liberalismo no está amenazado por una ideología rival, sino por versiones radicalizadas de sus propios principios. En la derecha, los neoliberales han convertido el ideal de la autonomía individual y el libre mercado en una religión, deformando la economía y conduciendo a una peligrosa inestabilidad sistémica. Y en la izquierda, han abandonado la autonomía individual y la libertad de expresión en favor de reclamaciones de derechos de las minorías, lo que amenaza la cohesión nacional. "La respuesta no es abandonar el liberalismo, sino moderarlo", concluye.

Los ciudadanos amonestan a sus políticos. Nueve de cada diez están hartos
de la crispación

Esta moderación es la que reclaman los españoles, según un sondeo del CIS conocido el pasado miércoles. El 90,4% de los ciudadanos está harto de la crispación política, el 92,2% exige a los partidos que alcancen pactos de Estado y casi el 80% está preocupado por el tono del debate público.

España, como muchas otras democracias occidentales, viene sufriendo un progresivo proceso de polarización. No hay un agotamiento del modelo liberal, pero sí una pérdida de confianza en las instituciones, provocada en gran medida por la incapacidad de las élites para dar respuestas justas y solidarias a los desafíos del siglo XXI. Algunas fuerzas populistas y ultras intentan capitalizar esta fatiga democrática en un mundo VUCA (volátil, incierto, complejo y ambiguo), según el sugerente acrónimo (Volatility, Uncertatinty, Complexity y Ambiguity) acuñado para describir el mundo tras la Guerra Fría.

En España, por ejemplo, la polarización surgida de los escombros del bipartidismo ha dado lugar a lo que el propio Sartori denominó ‘la política de sobrepuja’. Por un lado, problemas que habrían de generar una solución consensuada (violencia de género, políticas de igualdad, libertades individuales, brechas campo-ciudad o inmigración) se utilizan para dividir al electorado. Por otro, muchos de los partidos tradicionales han entrado ya en el juego de las formaciones radicales que, impulsadas por determinados medios de comunicación y las redes sociales, acaparan el debate público.

Por eso les sacan la tarjeta amarilla con un mensaje claro:
la democracia en España no está en peligro, por eso tenemos que protegerla 

El último ciclo electoral (2014-2022) confirma que se han roto algunos consensos morales básicos. Así, la extrema derecha (Vox) desprecia la moderación conservadora (PP) y la izquierda radical y secesionista (Podemos, ERC, Bildu) se burla del reformismo socialdemócrata (PSOE). Los populistas explotan los clásicos mecanismos de la polarización (guerras culturales, políticas de odio y de miedo, espectacularización de la política, redes sociales…) porque, como demostró Hannah Arendt en ‘Los orígenes del totalitarismo’ (1951), "solo el populacho y la élite pueden sentirse atraídos por el ímpetu mismo del totalitarismo; las masas tienen que ser ganadas por la propaganda".

La mayoría de los ciudadanos, sin embargo, no han caído en las redes de los extremismos. Al revés, rechazan rotundamente la crispación. Lo dicen las encuestas. La política española vive un proceso de polarización, pero la sociedad no está polarizada. Los líderes del PSOE, PP y las otras fuerzas moderadas tienen que entender este mensaje. Si no atienden hoy la advertencia de la tarjeta amarilla, mañana puede llegarles la roja.

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