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Pintar flores

Por
  • Julio José Ordovás
Contenido exclusivoOPINIÓNACTUALIZADA 13/05/2022 A LAS 05:00
Pintar flores
Pintar flores
Pixabay

Han florecido los rosales del escueto jardín de la Casa de Amparo. 

Rosas rojas, blancas, amarillas, anaranjadas, plenamente abiertas al sol tibio de la primavera. El Ebro cambia de color con cada estación y en estos días de principios de mayo, después de las últimas tormentas, está de un verde intenso, luminoso. Hay una revolución de polillas y flotan los vilanos que se desprenden de los sauces y de los álamos de la ribera como copos de nieve falsa.

Proust amaba las flores del espino blanco. El espino blanco también florece en mayo y sus flores son de una belleza y una delicadeza insuperables. Delante de un espino florecido, nada más que viéndolo y oliéndolo, Proust se sentía el hombre más feliz del mundo.

Ramón Gaya pintó muchísimas flores en jarras de vidrio soplado y en vasos de cristal transparente. Rosas, geranios, jazmines, claveles que a veces ocupan un lugar lateral y otras veces ocupan un lugar protagonista en el cuadro. Las flores de Gaya no son símbolos de la fugacidad de la belleza. Son destellos de vida, alientos, chispas de luz suspendidas en la quietud de la pintura. El artista, decía Gaya, ha de acercarse a la realidad como a un arpa, y eso era lo que él hacía cuando se sentaba ante su caballete en Florencia, en Venecia, en Roma, en París o en una plaza de Murcia y pintaba la luz de la lluvia o la luz del polvo o el silencio del crepúsculo.

Nada me gustaría más que sentarme a pintar las rosas de la Casa de Amparo en esta tarde de mayo, pero la pintura es una de las gracias que no quiso darme el cielo y tengo que conformarme con verlas y olerlas proustianamente y con fotografiarlas con mi iPhone.

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