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Pensamiento crítico

Por
  • Jesús Morales Arrizabalaga
Contenido exclusivoOPINIÓNACTUALIZADA 12/05/2022 A LAS 22:00
Pensamiento crítico
Pensamiento crítico
Heraldo

Cada pocos años hay palabras o expresiones que aparecen en todos los diagnósticos de problemas y, simétricamente, en todas las propuestas de remedios. 

Se reiteran sin variaciones con tono de argumentario, se presentan en publicaciones con los grafismos y tipografía estridentes de manual de autoayuda. En la mayor parte de los casos puedo ignorar estas soluciones mágicas porque no rozan mi espacio vital. Pero en ocasiones –cada vez con más frecuencia– esta palabrería se incrusta en el que considero núcleo de nuestra cultura mediterránea. Es el caso del autodenominado ‘pensamiento crítico’. ¿La educación nos parece poco satisfactoria? Aumentemos la dosis de pensamiento crítico. ¿Que la política es decepcionante? Porque falta pensamiento crítico. ¡Si es tan sencillo!

Pero, ¿acaso añadimos algo diciendo ‘crítico’? ¿Es imaginable un pensamiento sin criterio? ¿No dejará de serlo cuando le falte? Y si alguien carece de pensamiento crítico, ¿qué nombre le daremos? No hay una respuesta consolidada pero las dominantes apuntan a la idea de ‘borrego’. En un lado, los guardianes del pensamiento crítico, en otro, borregos sin criterio, pobres, indefensos ante las manipulaciones.

Hoy se apela constantemente al ‘pensamiento crítico’ como vía de solución
para todos los problemas

La locución procede de la fusión de dos palabras difíciles, de contenido escurridizo. No me atrevo a definir en pocas frases qué entiendo por ‘pensamiento’; el caso de ‘crítico’ es todavía más complicado. Como aragonés me siento obligado a ser más exigente con el uso de la familia de este término, ‘crisis’ (crítica, criticón...). Se lo debemos a Gracián.

Si revisamos el uso actual dominante de esta familia léxica veremos que se han producido muchos cambios desde el sentido originario. El más destacado es que se ha cargado de moralidad, en concreto de valor negativo; por eso dejé de utilizar el adjetivo ‘crítico’ en mis encargos académicos: nada de recensiones críticas (otro pleonasmo) ni de crítica de textos. Porque comprendí que los estudiantes estaban dando al término el sesgo que tiene la palabra ‘crítica’ en el uso coloquial: en la mayor parte de los casos se sugiere que se trata de buscar fallos, puntos débiles de aquello sobre lo que se aplica.

Para compensar esta negatividad sobrevenida se ha consolidado la expresión ‘crítica constructiva’, como ofreciendo disculpas, excusándonos para que no se nos considere malvados. Pues lo siento, pero me parece una muestra más de la cobardía con la que revestimos nuestro discurso. La crítica, en origen, se predica del método: consiste en reconstruir el proceso de formación del conocimiento y verificar si en los sucesivos encadenamientos y transiciones se han respetado unas reglas que la comunidad científica considera condiciones para la homologación de lo que se afirme en ese razonamiento. Si aplicando este protocolo de validación descubrimos errores, falacias, afirmaciones inconsistentes... la consecuencia es la destrucción del razonamiento errado; sin paliativos. La revisión crítica, detenida, del método sirve para descartar discursos insuficientemente fundados, para diferenciar ciencia y pseudociencia. Para protegernos.

Pero el ‘pensamiento crítico’ lo administran unos
usurpadores que pervierten el sentido del pensamiento y de la crítica

La aplicación de un método crítico es neutral: solo confirma o descarta. Ni bueno ni malo. Aceptable o no aceptable. Utilizable o no.

Este sentido queda hoy muy desdibujado: los administradores actuales del ‘pensamiento crítico’, esos usurpadores, redefinen el concepto para darle un sesgo de ‘crítica de lo establecido’. El carácter crítico ya no se predica del método sino de los contenidos: hay que ser crítico con el sistema. La diana de la crítica es lo mayoritario; en cualquier campo. El conocimiento compartido pasa automáticamente a quedar bajo sospecha por el simple hecho de ser mayoritario; hay que dar crédito a cualquier discrepancia también por el simple hecho de serlo.

Hay una apropiación del concepto: filósofos de carnet, y especialmente adscritos a determinadas escuelas. Esta nueva casta sacerdotal no permite que otros ejercicios profesionales creamos que actuamos de manera crítica en nuestro análisis y toma de decisiones: porque no propugnamos la demolición del sistema; simplemente queremos aplicar correctamente unas reglas de procedimiento. Juristas, médicos, ingenieros, economistas... somos mansos. Merecemos su misericordia; contamos con ella y debemos ser agradecidos. ¡Milana bonita!

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