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Los alumnos sin mascarillas

Contenido exclusivoOPINIÓNACTUALIZADA 10/05/2022 A LAS 22:00
Los alumnos sin mascarillas
Los alumnos sin mascarillas
Heraldo

Tras 700 días, los alumnos de mi compañera Elena pudieron ver su rostro. 

Todavía recuerdo con qué tristeza nos contaba que sus alumnos le habían pedido, pues se jubila este año, que les gustaría ver su rostro antes de terminar el curso. En clase al mirar a nuestros alumnos sabemos por su cara, sus ojos, si nos siguen o los hemos perdido. Esa misma tarde al terminar nuestro encuentro nos llamaron dos alumnos, estos nos reconocieron por la voz. Estos primeros días me imagino las conversaciones en la sala de profesores, sorpresa al ver sus rostros unos y otros. Ya tienen bigote incipiente; alguno ya tiene barba. Es más guapa de lo que imaginaba. Espero que ese haya sido uno de los comentarios de los alumnos de Elena. Deseo que el tono general haya sido de confianza, de fin de ciclo y, sobre todo, de bálsamo: se acabó el dolor de garganta y las gafas continuamente empañadas. Supongo que algunos sentirán cierta inquietud pues hay alumnos que todavía no desean quitársela. Las razones aducidas son variadas y por tanto hemos de ser respetuosos con sus motivos y esperar. Aún es pronto. Si preguntáramos a las puertas del Instituto, las respuestas recibidas podrían ser desde me tapa mi acné y prefiero llevarla, hasta me veo más delgada o incluso me quita el frío. Los que hemos trabajado muchos años con ellos sabemos que la adolescencia es pasajera.

El objetivo de una enseñanza de calidad y equitativa en su etapa obligatoria debe
ser no dejar a nadie atrás

En estos dos años muchos hemos realizado máscaras caseras para conjuntar con nuestra ropa; también hemos pagado hasta 10 euros por una FPP2. Múltiples y variadas discusiones con la familia y amigos hemos tenido sobre su incomodidad y conveniencia. Lo que no podemos olvidar es que han salvado muchas vidas y se han convertido en una parte de la nuestra. Ellas han sido todo un símbolo para evitar los contagios, junto con distanciamiento, cuarentenas, ventilación, vacunas.

Poco a poco la máscara se va cayendo de nuestros rostros, con titubeos y con miedo. Si buceamos en las redes descubrimos posturas contrapuestas. Unos celebran por todo lo alto su ansiada libertad, y se burlan de quienes optan por seguir protegiéndose, y otros consideran a quienes se las retiran como unos insensatos. Y una vez más la hostilidad de Twitter no se percibe en la vida real.

No hemos visto su cara, solo hemos oído su voz, las máscaras los igualaban pero ahora una nueva incertidumbre de desigualdad recorre los centros educativos. Acabamos de conocer que las reglas para pasar de curso y obtener títulos oficiales en la Educación Secundaria Obligatoria serán distintas según dónde viva el alumno. En estos dos cursos de excepción pandémica las autoridades educativas han suavizado sus normas para compensar la dificultad del coronavirus. Situación que ha permitido reducir mucho las repeticiones (4,2% del alumnado de la ESO en el curso 2019-2020). Durante mucho tiempo sus elevadas tasas de repetidores han convertido el caso español en una anomalía. Pero han sido soluciones de carácter temporal. Los sistemas que ahora están diseñando las comunidades tienen vocación de permanencia y se incluirán en la regulación que cada autonomía va a aprobar de sus distintas etapas educativas, los currículos.

La repetición de curso no se asocia a mejores resultados y afecta negativamente a la trayectoria educativa del alumno

Parece evidente que, si bien la repetición la podemos asociar a un bajo rendimiento y no asociar a mejorar resultados, en cambio afecta negativamente a sus trayectorias educativas. Añadamos que en España los alumnos de origen social desfavorecido repiten casi cinco veces más que los alumnos de mayor estatus socioeconómico. Ahora bien, la clave es una gran capacidad de prevención y anticipación del sistema ante los problemas de aprendizaje, y estrategias eficaces de gestión de la diversidad y la heterogeneidad de las aulas de la que lamentablemente no se está hablando. Pues lo fundamental es, sin reducir expectativas, apoyarles en su aprendizaje para que construyan sus proyectos de estudio y de vida.

Y, como siempre, para lograr los objetivos propuestos son necesarios recursos humanos y materiales, de los que tampoco se está hablando, que permitan una nueva cultura de evaluación, menos normativa y más pedagógica. Situar el aprendizaje y la autorregulación del alumno como finalidad en la etapa obligatoria, alejándose así de la voluntad de certificación o selección. El objetivo de una enseñanza de calidad y equitativa, en su etapa obligatoria, es no dejar a nadie atrás.

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