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José Luis Violeta ‘in memoriam’

Contenido exclusivoOPINIÓNACTUALIZADA 06/05/2022 A LAS 05:00
Jose Luis Violeta
Jose Luis Violeta 'in memoriam'
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Ha muerto José Luis Violeta. 

Pierdo a un queridísimo amigo, pero también una parte muy importante de mi infancia zaragocista, de cuando fuimos los mejores. O casi. Hacia mitad de los años sesenta, el equipo de los Magníficos jugó seis finales en cuatro años (cuatro de Copa y dos de Copa de Ferias), de las que ganó tres. Ningún otro equipo de la historia del Zaragoza ha conseguido nada parecido. Aquel Zaragoza, capitaneado por el gran Enrique Yarza, tenía a José Luis Violeta, el ‘León de Torrero’, como sagrado icono. Ese equipo, con la delantera más famosa de la historia del club (Canario, Santos, Marcelino, Villa y Lapetra) consiguió poner a Zaragoza a la cabeza de las ciudades españolas y que en Europa se hablara de ella tanto o más que de Madrid o Barcelona. De 1960 a 1968, de 120 partidos en casa, el Zaragoza solo perdió 6. Y en esas ocho temporadas, el Zaragoza siempre se clasificó entre los cinco primeros de la Liga. De este equipo fueron internacionales nada más y nada menos que Santamaría, Reija, Violeta, Santos, Marcelino, Villa, Lapetra y Bustillo. Ocho jugadores internacionales con España, más Canario que ya había sido internacional con Brasil. Nunca en la historia hemos vivido nada que se le pareciera. Nos hicieron tan felices que, viendo en lo que nos hemos convertido, la melancolía se hace inevitable. E incluso insoportable.

José Luis, zaragozano del barrio de Torrero, barrio que siguió frecuentando hasta sus últimos días y en el que tenía una pequeña parcela o local convertido en museo, pues allí guardaba un gran número de fotos enmarcadas y todos sus trofeos, había debutado con el Zaragoza en Liga el 15 de septiembre de 1963, en Pontevedra, en el estadio de Pasarón, con 22 años. Nunca tuvo otro equipo. Aquí jugó catorce temporadas, fue el sempiterno capitán e internacional durante años (cuando se jugaban muy pocos partidos internacionales, él llegó a jugar en 14 ocasiones con la selección), y se retiró en 1977, tras haber ganado dos Copas de España, una Copa de Ferias y haber sido subcampeón de Liga, la mejor clasificación del Zaragoza en toda su historia, en la temporada 74-75. Conoció dos grandes épocas del club, la de los Magníficos y la de los Zaraguayos, y llegó a jugar en su primera temporada con Joaquín Murillo (que había llegado al club en 1957) y en la última con Víctor Muñoz (que se retiró como zaragocista en 1991), quien aprendió de él el coraje y pundonor que son necesarios para convertirse en una leyenda.

El 1 de junio de 1972 yo estaba en La Romareda. Nos jugábamos el ascenso a Primera. Habíamos descendido la temporada anterior, una temporada nefasta en la que solo ganamos tres partidos. Ese día de junio yo tenía 15 años. Era el último partido de la temporada. Había que ganar en casa al Cádiz y esperar que el Elche no ganara al Oviedo. Todo salió bien. Al terminar el partido salté al campo para celebrar el ascenso. Nunca había pisado La Romareda. Fui donde estaba el capitán, donde estaba Violeta. Un aficionado lo llevaba a hombros y estaba dándole una vuelta de honor. Yo me puse detrás, con la mano en su espalda, y recorrimos juntos todo el campo. Con el tiempo acabé siendo vecino de Violeta en el paseo de Sagasta y la primera vez que subimos juntos y solos en el ascensor le dije: "Yo a ti te he llevado a hombros en La Romareda". No había sido exactamente así, pero qué mejor manera de comenzar una conversación en el ascensor. Nos hicimos amigos para siempre, le presenté a muchos escritores zaragocistas y disfrutaba mucho de la compañía de Luis Alegre, Rodolfo Notivol, Eva Cosculluela… o del músico Mariano Casanova. A veces, cuando lo saludaba y había gente delante, le hacía una genuflexión, "porque uno, ante los dioses, se arrodilla", le decía. Y se avergonzaba, a la vez que le divertía, mucho.

Pero José Luis fue, ante todo y sobre todo, un hombre bueno, discreto, prudente, amante de su familia, leal amigo de sus amigos (entre ellos algunos exjugadores como Manolo Fontenla o Javier Planas) y un zaragocista acérrimo y apasionado, que, como es bien sabido, no quiso marcharse al Real Madrid, cuando éste vino a ficharlo, y prefirió quedarse en el Zaragoza, que acababa de descender, para ayudarlo a subir a Primera. Eso lo dice todo. Pasó por la vida sin hacer mal a nadie y sólo repartió afecto y cariño. A manos llenas. Hace unos días José Luis y yo paseamos por Torrero con el actor Luis Rabanaque y nos acercamos a la casa donde nació. "Habrá que poner aquí una placa", le dijimos. Y se rio. Ni el recuerdo de esa risa podrá consolar hoy a sus amigos y a los miles de zaragocistas a los que deja huérfanos y esturdecidos.

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