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La era de las migraciones

Contenido exclusivoOPINIÓNACTUALIZADA 11/04/2022 A LAS 22:00
La era de las migraciones
La era de las migraciones
Heraldo

En ‘Kingsman: Servicio Secreto’, una de las películas de éxito de 2015, el malo idea una matanza masiva a fin de reducir el número de habitantes del planeta, algo que ve como la única forma de salvar a la humanidad de la extinción. 

Y no es el único en estar alarmado por el exceso de población. De una u otra forma, gente tan conocida como Al Gore, Bill Gates o Jane Fonda han mostrado en diversas ocasiones su preocupación por este tema, aunque, claro está, las soluciones que han propuesto siempre se han mantenido dentro de los límites de lo que es civilizado y decente.

Pues bien, tenemos una buena noticia que darles, que darnos a todos nosotros. La población de la Tierra ya está dejando de aumentar. Si la tasa de fertilidad necesaria para mantener la actual población es de 2,3 hijos por mujer (2,1 en los países desarrollados), en 2020 nos encontrábamos ya en ese punto, según el Population Reference Bureau de Washington. Y seguimos bajando.

La población total de la Tierra comenzará pronto a reducirse

El rápido crecimiento de la población es un problema, ya que, con frecuencia, la economía no es capaz de proporcionar los puestos de trabajo, los alimentos y los bienes de consumo que los nuevos habitantes necesitan. Pero el descenso puede tener también efectos muy negativos. Menos población implica una menor necesidad de viviendas, lo que es malo para el sector de la construcción. Menos habitantes toman menos cañas, necesitan menos ropa y hacen un uso menor de todo tipo de servicios, lo que tiene también un efecto negativo sobre la actividad económica y sobre el empleo.

La tasa de fertilidad y, en consecuencia, el futuro crecimiento o decrecimiento de la población está, por cierto, muy irregularmente repartida. Muchos países africanos, entre ellos los de África Occidental y del Sahel, mantienen tasas muy elevadas (7 en Níger, 6,3 en Mali, 4,7 en Senegal), mientras que los de Europa y Norteamérica las tienen muy bajas (1,6 en Reino Unido, 1,5 en Rusia, 1,4 en Austria). Con 1,2 hijos por mujer (en 2020), España es uno de los países con más baja fertilidad de todo el mundo.

Como resultado de estos desniveles, la población seguirá creciendo con fuerza en algunas regiones, mientras que disminuirá y envejecerá en otras. Migraciones masivas serán necesarias para mantener un cierto equilibrio en el conjunto del planeta y estas migraciones pueden tensionar las sociedades de acogida y, en algunos casos, ser origen de conflictos.

En España y en el resto del mundo desarrollado el descenso de población podrá ser compensado con la llegada de inmigrantes procedentes, en general, de países con alta natalidad. Allí donde no haya una política clara y justa de integración de los recién llegados, puede extenderse la xenofobia, en particular en aquellos sectores que vean su posición amenazada. En algunos casos, grupos sociales particularmente sensibles a las cuestiones identitarias pueden llegar a percibir las migraciones como un auténtico desafío existencial.

Pero las diferencias demográficas entre regiones del mundo darán lugar en las próximas décadas a movimientos migratorios
que son necesarios e inevitables, pero que habrá que saber organizar

Particularmente complicada puede llegar a ser la situación en regiones de desarrollo medio, como Europa Oriental, los Balcanes o Iberoamérica. Países como Colombia (1,9), Turquía (1,9), Brasil (1,6) Cuba (1,6), Serbia (1,5) o Moldavia (1,2) registran ya tasas de fertilidad muy por debajo del mínimo necesario para garantizar la reposición. Aunque es posible que reciban un cierto número de inmigrantes de países más pobres, es difícil que con ellos lleguen a compensar el efecto de la insuficiente natalidad. Para complicar más las cosas, seguirán exportando hacia países más desarrollados una parte importante de su juventud más dinámica y preparada. Por ello, en estos países de desarrollo intermedio el descenso de población y su envejecimiento pueden resultar particularmente traumáticos.

Los países de origen de las migraciones serán, en principio, los grandes beneficiados de este proceso. Por una parte, podrán dar salida a su exceso de población y, además, las remesas económicas de los emigrados serán, al menos durante los primeros años, una importante fuente de ingresos. Por otra, los retornados, que siempre habrá, traerán consigo una cultura de trabajo más moderna y una valiosa red de relaciones en el mundo desarrollado. Sin embargo, el hecho de que estos países se vean privados de una parte substancial de su población más dinámica puede poner en peligro sus expectativas de desarrollo a plazo más largo.

Joaquín Sabina cantaba hace cuarenta años que "aquí no queda sitio para nadie". Se equivocaba. Sí que queda. Y cada día quedará más. Pero repartir los asientos no va a ser necesariamente fácil.

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