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Parece que fue ayer

Contenido exclusivoOPINIÓNACTUALIZADA 28/03/2022 A LAS 22:00
Parece que fue ayer
Parece que fue ayer
POL

Parece que fue ayer, pero ya han pasado 35 años del primer reportaje que, el 29 de marzo de 1987, publiqué en HERALDO. 

Hacía poco que había regresado de un largo viaje de tres meses por Chile bajo la dictadura del general Augusto Pinochet, y el papa Juan Pablo II iniciaba una visita muy polémica a un país que llevaba meses bajo estado de sitio y toque de queda.

Unos meses antes me había instalado en Zaragoza "por imperativo del amor", tal como describió Alfonso Zapater mi vinculación con la capital aragonesa muchos años después en una entrevista que me hizo. Hasta entonces apenas había tenido relación con Aragón. A finales de los setenta, antes de empezar Periodismo en la universidad, había realizado unas maniobras en San Gregorio y a principios de los ochenta había venido desde Tarragona a una protesta contra la base militar estadounidense.

‘El Chile que no verá Juan Pablo II’, se titulaba aquel primer reportaje. Unos días después publiqué el segundo: ‘Así golpea Pinochet’. Eran muy largos porque entonces HERALDO era un diario sábana donde cabían muchas líneas en cada página. Leerlos con calma te sumergía en la situación violenta que vivía aquel país del Cono Sur bajo uno de los regímenes más nefastos.

Hablamos de una época anterior a los ordenadores y los teléfonos móviles en la que se usaban máquinas de escribir, se corregía con típex, un tipo de pintura al temple de color blanco que tapaba los errores que se cometían en la escritura, y se enviaban los textos por fax, el método más revolucionario y rápido.

Durante el resto de la década de los ochenta y los dos primeros años de los noventa publiqué centenares de crónicas, reportajes y análisis sobre los conflictos armados latinoamericanos y a partir de 1991 empecé a viajar por la antigua Yugoslavia para dedicar largas coberturas en las guerras de Croacia y Bosnia-Herzegovina.

En 1994 empecé a trabajar en Ruanda, mi primer conflicto africano y el más letal que he cubierto, y pasé el resto de lo que faltaba de siglo XX de un continente a otro, recorriendo la geografía de la desolación y la barbarie, viendo con mis propios ojos el dolor que provocan las guerras y sus terribles consecuencias.

Las dos primeras décadas del siglo XXI han sido parecidas. Guerras como Afganistán, Irak, Timor Oriental, Colombia, Sudán, Somalia, Sierra Leona, Guatemala me han obligado a viajar en múltiples ocasiones al interior de sus fronteras y algunos de estos países también han sido escenarios de proyectos como ‘Vidas Minadas’, ‘Desaparecidos’, ‘Mujeres de Afganistán’, ‘Activistas por la Vida’, realizados con mayor profundidad, paciencia y templanza sobre el impacto a largo plazo de las guerras y la persecución de aquellos que se enfrentan con valentía y dignidad a situaciones muy injustas.

Una redacción no se define solo por la calidad de sus periodistas
sino por la generosidad y la sutilidad con la que se trata a los
redactores que trabajan en los lugares más inaccesibles

HERALDO es uno de los escasos diarios regionales de todo el mundo que mantiene un interés permanente por la información internacional. Con su apoyo he podido organizar mi larga agenda de conflictos con total independencia y he dedicado a cada uno de ellos el tiempo que he considerado necesario. Nunca me han forzado a hacer una cobertura y nunca me han pedido que abandonase un país en conflicto. No hay ningún otro periódico del mundo con el que hubiese podido trabajar con la misma libertad. Nunca he escuchado entre sus responsables una frase celebérrima en muchas redacciones: "No hay espacio para este conflicto o esta historia". O en alguna (progresista): "No quiero más historias de negros".

Siete de cada ocho años de mi vida profesional han estado vinculados a este diario. Una redacción no se define solo por la calidad de sus periodistas sino por la generosidad y la sutilidad con la que se trata a los redactores que trabajan en los lugares más inaccesibles. Hay compañeros que han esperado mis crónicas hasta la última hora y han sacrificado su descanso personal. Otros han sido capaces de recoger telefónicamente un montón de ideas y ordenarlas para que tuviesen sentido a la hora de publicarlas. Hoy es fácil la comunicación, pero hubo un tiempo no tan distante que lo más difícil de cualquier cobertura era conseguir que tu crónica literaria o tus fotografías llegasen a tiempo para ser publicadas. Lo que nunca olvidaré es algo que siempre ocurría: a los pocos segundos de recibir mis crónicas, muchas veces tras largas esperas, una persona de la redacción llamaba a mi casa para comunicar a mi familia que estaba a salvo y no había sufrido ningún percance. 

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