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Desperdicio de capital político

Contenido exclusivoOPINIÓNACTUALIZADA 20/02/2022 A LAS 22:00
El presidente del PP, Pablo Casado.
El presidente del PP, Pablo Casado.
Zipi / Efe

Desde que en 2018 la moción de censura descabalgó a Mariano Rajoy del sillón de la Moncloa, el Partido Popular se ha convertido en una máquina de destruir capital político. En perjuicio suyo como partido y causando a la vez serio daño a la política española, cuya estabilidad depende, entre otras cosas, de que exista, y funcione, un partido de centro-derecha sólido y competente.

Los populares comenzaron por enviar a las tinieblas exteriores a Soraya Sáenz de Santamaría, que contaba con una valiosa experiencia de gobierno como vicepresidenta. Y que podría haber sido la primera mujer que dirigiese uno de los grandes partidos españoles. Prefirieron alzar a la presidencia al impúber -políticamente hablando- Pablo Casado, quien ha demostrado que no estaba maduro para asumir esa responsabilidad. Casado, con tiempo, siguiendo un adecuado ‘cursus honorum’, seguramente habría sido un activo importante para el PP, pero catapultado a la cima antes de estar en sazón, se ha quemado y ha abrasado a la vez al partido.

El PP trituró también a Cayetana Álvarez de Toledo, cuya independencia molestaba, pero que sintonizaba con una parte del electorado. Y ahora deja tocada a Isabel Díaz Ayuso, cuya popularidad debería ser un valor a conservar y a aprovechar, pero que hacía peligrar la posición de Casado. Según cómo se resuelva la actual disputa interna, Díaz Ayuso seguirá manteniendo muchas simpatías entre sus fervientes seguidores, pero será difícil ya que pueda quitarse de encima la sombra de un hermano que se lucraba vendiendo mascarillas al gobierno que presidía su hermana mientras los madrieños morían a centenares a causa del virus.

Ahora vuelve a sonar con insistencia el nombre de Alberto Núñez Feijóo como la última esperanza para recomponer el partido. Pero el presidente de Galicia tendrá que pensárselo dos veces antes de desembarcar en Madrid para ponerse al frente de una formación que, ahora mismo, solo destaca por su habilidad para machacar a sus propios dirigentes y para desperdiciar su propio potencial.

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