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la rotonda

La olimpiada catalana

Contenido exclusivoOPINIÓNACTUALIZADA 31/01/2022 A LAS 05:00
Vista de las cumbres pirenaicas.
La olimpiada catalana.
Javier Broto / HERALDO

Hasta cuándo, Catilina catalana, vas a abusar de nuestra paciencia! ¡Hasta cuándo vamos a tener que soportar tus impertinencias! ¡Hasta cuando vas a creer que eres el ombligo del mundo!

Pere Aragonès, revestido con la túnica de senador romano, es el Catilina al que me dirijo imitando el famoso discurso de Cicerón contra el conspirador en contra de la república (romana) que de forma tenaz y persistente se las tuvo toda su vida con la estructura de poder de la gran Roma.

Hay personajes en la historia que, aunque no merecen su aparición y constancia en los anales, suelen ser puestos como ejemplo de vicios o virtudes bien por su carácter inútilmente combativo, defensores de causas perdidas, bien como habilidosos muñidores de encuentros y acuerdos subterráneos y eficaces. Pere Aragonès pertenece a ese primer grupo de gentes empecinadas e ilusas, a las que puede un equivocado complejo de superioridad que les arrastra a una deriva de dirigirse a un callejón sin salida. En el fondo es un vulgar conspirador, ingenuo e infeliz, aunque siempre acude a gestos, declaraciones y posturitas que ante los suyos –y cada vez menos– pretenden acreditar la fortaleza de un proyecto evanescente. A Aragonès, y a las gentes como él, se les lleva al huerto con frecuencia y se les tiende la trampa saducea, en la que entran con facilidad, de ir demorando sus sueños para su propia incapacidad y desesperación hasta las calendas grecas.

Llevado de un falso sentido de superioridad, el presidente de la Generalitat catalana trata de ningunear a los aragoneses en el proyecto de los Juegos Olímpicos que
se está fraguando en los Pirineos, cordillera que comparten Cataluña y Aragón 

Por eso estas gentes tienen que hacer aspavientos contra otro tipo de molinos para exhibir un falso poder, como hace ahora el señor Aragonès tratando de humillar a otros aragoneses a los que desprecia y considera menores. Tal es el caso de los más que improbables Juegos Olímpicos de invierno que, como proyecto del Estado español, se estaban fraguando en el espacio pirenaico, compartido por Cataluña y Aragón, pues ambas comunidades gozan de espacios complementarios y necesarios para garantizar unos Juegos de invierno. Pero resulta que el presidente de la Generalitat quiere monopolizar, dirigir, protagonizar y organizar en solitario tal olimpiada, pasándose por el forro a una comunidad hermana y necesaria técnicamente para el proyecto, saltándose las iniciativas del Comité Olímpico Español y olvidando que el Comité Olímpico Internacional es muy suyo y pijotero y a la primera de cambio te borra del calendario de sus multimillonarios eventos y te deja a los pies de los caballos.

Es justamente eso, quedarse a los pies de los caballos, o compuesta y sin novio, lo que le espera a esa Cataluña soberbia encarnada en el atrabiliario personaje de Pere Aragonès. Gestos como el del presidente de Aragón, señor Lambán, de plantarle cara y dejarlo plantado –valga la redundancia– sorprenden sin duda a estos autoritarios que se creen los amos del mundo y les dejan seguramente perplejos ante la audacia que supone que les desprecie el despreciado.

Que se quede con su olimpiada el fatuo señor Aragonès si es que el tiempo lo permite y la autoridad no se lo impide. Habrá que ver.

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