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la firma

Vida artificial

Por
  • Francisco José Serón Arbeloa
Contenido exclusivoOPINIÓNACTUALIZADA 17/01/2022 A LAS 22:00
Fotograma de 'Metrópolis'
Vida artificial.
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Los humanos inventamos el lenguaje y comenzamos a hablar. 

Luego vino la escritura, que nos permitió codificar el conocimiento, y de paso comenzamos a construir sistemas artificiales complejos, desde gobiernos, corporaciones, etc., hasta máquinas para procesar información, computadoras y cosas como la inteligencia artificial y el ‘big data’.

Un ejemplo de entidades artificiales con personalidades jurídicas propias son las empresas transnacionales, que actúan cada una con su estrategia global para obtener el mayor margen de beneficios. A favor de su existencia está que son la auténtica esencia de la economía global y que son cruciales para el progreso de un mundo en desarrollo; mientras que en su contra surge el enriquecimiento de un reducido grupo de personas a costa de la destrucción de la competencia y la posible explotación de sus trabajadores.

Si buscan las empresas más grandes del mundo en el 2021, utilizando su capitalización bursátil, encontrarán a: Apple, Microsoft, Amazon, Alphabet (Google), Facebook, Tesla, Alibaba y Tencent. Las otras dos son una petrolera (Aramco) y el famoso fondo de inversión de Warren Buffett (Berkshire Hathaway). Empieza a ser habitual que las grandes tecnológicas lideren la tabla, ya son ocho de diez.

Dos ejemplos de otros sistemas artificiales son: la inteligencia artificial y el ‘big data’. En este caso, las diez empresas más punteras que han recurrido a la unión de estas dos tecnologías para mejorar su gestión interna son por este orden: Apple, Facebook, Amazon, Blablacar, Nvidia, Microsoft, Correos, UPS, Capgemini, Oracle. Ahora comparen ambas clasificaciones.

Las grandes empresas tecnológicas, cuya influencia mundial es cada vez mayor,
resultan demasiado grandes y complejas como para ser controladas

Se supone que esas corporaciones que surgen en la intersección son entidades artificiales que están construidas para servir a los seres vivos, pero lo que sucede es que no terminan sirviendo exactamente ni a los fundadores ni a los accionistas ni a los empleados ni a sus clientes, ya que ninguno de ellos tiene un control absoluto sobre su evolución. Por ejemplo, Facebook es un paradigma de lo que estoy diciendo, tiene una propiedad emergente que ha permitido que aparezcan los grupos de teoría de la conspiración. No fue que Zuckerberg o alguien en Facebook decidiera hacer eso, sino que surgió inesperadamente de su modelo de negocio. Lo que a su vez tuvo un impacto en otro sistema artificial que se llama gobierno, que inicialmente se diseñó fundamentalmente para tratar con personas, y cuyo funcionamiento, como hemos visto, tampoco es totalmente controlable.

Hay una razón por la que no es posible tener un control absoluto sobre esas criaturas artificiales tan complejas, que se conoce como la ‘Ley de Variedad Requerida de Ashby’ (1903-1972), que establece que para controlar algo debes ser tan complejo como la complejidad de lo que estás intentando controlar. Esto significa que cualquier simplificación de la información que recibe un sistema complejo desde su medio ambiente complejo debe ser hecha con cuidado. El no hacerlo reduce peligrosamente la capacidad de respuesta del sistema ante perturbaciones externas y de hecho hace que emerjan comportamientos posiblemente no deseados.

En cierto
modo, son entidades que han adquirido vida propia

Estamos en un momento histórico en que esas megacorporaciones, no totalmente controladas, viven en un ciclo de retroalimentación positiva que les permite invertir cada vez más en tecnología puntera, lo que presumiblemente las hará más ricas y poderosas. Además, tienen una gran influencia en nuestras vidas y al parecer están aprendido que pueden usar sus grandes habilidades tecnológicas incluso para influir políticamente en los gobiernos de formas que ningún individuo puede hacerlo.

Theodore Roosevelt (1882-1945) ya advirtió que la aparición de esos titanes podría acabar ejerciendo un control tal que pondría en peligro el principio de igualdad de oportunidades sobre el que se fundamentó la democracia. Por ello, no deberían olvidar lo que cuenta la película ‘Metrópolis’ y la frase de inicio y final: "El mediador entre el cerebro y las manos ha de ser el corazón".

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