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Nadal versus Djokovic

OPINIÓNACTUALIZADA 13/01/2022 A LAS 05:00
Nadal versus Djokovic
Nadal versus Djokovic
Leonarte

El Torneo Abierto de Tenis de Australia ha ‘comenzado’ con una polémica extradeportiva.

El vigente campeón, Novak Djokovic, estaba invitado y ‘debía’ presentarse en Melbourne para defender el título; pero viajó sin el correspondiente certificado de vacunación exigido por ese Gobierno. Se supone que contaba con una documentación que le eximía de la vacuna de la covid-19, sin embargo los funcionarios correspondientes no aceptaron la excepción. Estuvo retenido por las autoridades migratorias hasta que este lunes un juez decretó lo contrario.

Mientras escribo estas líneas, el asunto sigue abierto. No es fácil adivinar cómo terminará. Hay muchos intereses y dinero en juego. Ha dado —y dará— para ríos de tinta, imágenes y opiniones de todo tipo en diversos medios y redes. Cabe destacar las declaraciones in situ de Rafa Nadal, que alimentaron la controversia tanto antes de la resolución judicial como después. Cargado de sentido, Nadal confirma lo que cualquiera sabe: ‘las reglas están para ser cumplidas’ o apechugar si no se aceptan. Y en caso de duda, el árbitro dirime si la bola entró o no.

El Gobierno australiano tiene un problema porque la no vacunación
del tenista serbio confronta sus decisiones de salud pública
adoptadas para superar la pandemia
de la covid

Ahora bien, aquí la cuestión no es tan trivial. De hecho, salvando las distancias, el nudo ‘trágico’ (o tragicómico, según los gustos) es equivalente al que enfrentó Antígona al plantearse si respetar la ley de la Tebas —dictada por su tío Creonte— o ser fiel a sus convicciones y enterrar a su hermano Polinices. Imagino a Sófocles adaptando la trama a las circunstancias actuales. Aunque el nudo de la cosa quede lejos de la mitología griega, se repiten algunos elementos. Además de la tensión entre normas y principios, entre reglas y creencias, subyacen el pulso entre individuo y sociedad, entre individuo y Estado, entre los vivos y los muertos, entre la vida y la muerte. Todo ello sostenido sobre los hombros de una ‘Ciencia’ deseada, imaginada y convertida en fe salvadora como única forma de derrotar al miedo y al virus invisible.

En este sucedáneo australiano de tragedia, Nadal interpreta el papel del tipo sensato y cumplidor. Hace lo que hay que hacer, lo que mandan. Djokovick, el de rebelde que, desde su privilegiada posición, cuestiona el orden establecido. Los dos son personajes públicos de repercusión internacional. Los dos sirven de arquetipo para confirmar la propia posición y denostar la contraria. Además, los dos compiten por el primer puesto en su particular mundo del tenis, con una diferencia importante. Djokovick, a día de hoy, es el número uno, el campeón. ¡Si fuera el último de la lista ni nos hubiéramos enterado! Por eso, su heterodoxia es tan singular y peligrosa/beneficiosa, según según la perspectiva. Ambos tenistas son seres mitológicos. Forman parte de ese Olimpo de mortales, de esos ‘dioses’ del Grand Slam, a cuya estela se suman incontables fieles desde insospechados rincones del planeta.

La escena tiene otros personajes secundarios: el funcionario de migraciones —que pidió los papeles del tenista en el aeropuerto—, los policías —que llevaron al ‘mito’ al hotel donde recluirlo—, los responsables de la ATP y del torneo, los medios, los abogados, el juez federal y el ministro de migración. No brillan, pero cuentan porque completan la cadena de hábitos que legitiman el orden establecido. Y ahí, siempre se repite machaconamente la misma cadencia: quien se sale de los límites experimentará los efectos del control social. Se le aplicará la terapia correspondiente. Si no acata, se le aniquilará y se le condenará al ostracismo. Pero esto no es tan simple cuando entra en juego un ‘mito’. Su autonomía provoca una herejía que cuestiona el sistema. El mero ‘enfrentamiento’ es una afrenta y, si vence, acrecienta su fama y, además, se convierte en héroe.

Yendo a lo concreto, el Gobierno australiano tiene un problema porque la no vacunación de Djokovick confronta sus decisiones de salud pública adoptadas para superar la pandemia. ¿Esa ley ha de primar, como hizo Creonte? Nos queda mucho por ver. Poder, miedo, obediencia, convicciones se mezclan con la búsqueda de seguridades a partir de esa ciencia utilizada para sostener las políticas públicas. ¿Dónde se debe mirar ahora? ¿Arriba, abajo, dentro, dónde? ¿Qué ciencia se hace cuando la curiosidad y la sospecha no caben?

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