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la rotonda

En pro de la ganadería intensiva

Por
  • Jorge Lizama
OPINIÓNACTUALIZADA 12/01/2022 A LAS 05:00
Nuevas de una nueva granja de porcino de Portesa en la localidad turolense de Singra.
En pro de la ganadería intensiva.
Javier Escriche

Escribo estas líneas sereno y calmado, tras la rabieta inicial que nos dio a todos los ganaderos al leer las declaraciones de Alberto Garzón en ‘The Guardian’ por ver como un ministro de Consumo confundía términos muy elementales y que pueden llevar al equívoco a la población ajena al sector.

Convendría definir primero el término ‘macrogranja’. Yo, en la misma línea que siguen las administraciones, establecería el término ‘macrogranja’, sea en intensivo o en extensivo, a partir de 864 UGM (la Unidad de Ganado Mayor es un parámetro que establece las equivalencias entre las distintas especies ganaderas).

Así pues, en España, el término ‘macrogranja’ no tiene sentido si hablamos de cabezas de ganado como el porcino o el avícola, porque la legislación vigente impide que se realicen instalaciones que excedan las 864 UGM. Si bien es cierto, en otras especies como el vacuno, no existe una limitación de número de cabezas por explotación porque hasta este momento no había surgido la necesidad legislativa de limitar este tipo de explotaciones. Para que nos entendamos, es como si nos hubieran prohibido montar en bicicleta a más de 200 km/h, un sinsentido. Pero los tiempos cambian, y los perfiles ganaderos también. Y lo que en unos años no tiene ni pies ni cabeza, poco después aparece un proyecto para 23.000 vacas de leche en Noviercas, el equivalente a 23.000 UGM. Pues eso, a más de 200 km/h con la bicicleta ¡pero sin frenos! Afortunadamente, la administración ya se ha puesto manos a la obra para evitar despropósitos como éste.

Una vez hemos hablado de la excepción, la cual tiene muy pocos adeptos, hablemos de la norma. La cría de ganado en España se realiza en explotaciones familiares, y lo vuelvo a recalcar, tanto en intensivo como extensivo, y no tiene nada que ver con las macrogranjas a las que se refiere el señor ministro propias de otros países como EE. UU. o China.

La cría de ganado en España se realiza en explotaciones familiares y no tienen nada que ver con las macrogranjas a las que se refiere el ministro Garzón, propias de otros países

Nuestras instalaciones, y ahora sí me refiero solamente al intensivo, son pioneras en innovación, aplican la gestión de datos a gran escala (’big data’), ofrecen a los animales los estándares más altos de bienestar animal con estancias climatizadas, proporcionan la ración de alimento adecuada en función de la necesidad fisiológica de cada animal, son auténticos castillos de bioseguridad y, además de cumplir las normativas de protección ambiental más exigentes del mundo, somos capaces de exportar nuestra carne, compitiendo en un libre mercado con el resto de países de fuera de la UE cuyas normativas son mucho más laxas.

La ganadería intensiva en general y la cría de ganado porcino en particular ha conseguido hacer de la eficiencia productiva el motor de su sostenibilidad. Y la sostenibilidad a mí personalmente me gusta definirla como un triángulo equilátero en la que un lado corresponde a la sostenibilidad económica, otro a la sostenibilidad social y el tercero a la sostenibilidad medioambiental. Así pues, cualquier actividad dejará de ser sostenible en el momento que al triángulo le falta cualquiera de sus lados. Por tanto, la ganadería intensiva ha conseguido ser rentable, revalorizar el cereal producido en el entorno rural, vertebrar el territorio y, además, valorizar el purín y los estiércoles como abono orgánico reduciendo así la importación de compuestos químicos nitrogenados necesarios para el cultivo de cereales… es decir, la ganadería junto y la agricultura se han convertido en la simbiosis perfecta para el desarrollo de una actividad enmarcada dentro de la economía circular.

Las primeras instalaciones intensivas en España llegaron en los años sesenta; visto esto, no es difícil relacionar el consumo de carne con la mejora cognitiva del cerebro del ser humano. Es decir, la ganadería intensiva, además de democratizar la proteína animal y hacerla asequible para toda la población, contribuyó y sigue contribuyendo a la época de más desarrollo en la historia de nuestro país.

Por último, si partimos de la base de que vivimos en un Estado del Bienestar como es España, en el que queremos dar acceso y no privar del privilegio de comer carne a la inmensa mayoría de la población, debemos ser conscientes de que es necesaria la ganadería, pero aún más la intensiva. Una vez tengamos claro esto, solo nos falta decidir si optamos por la calidad de la carne producida aquí, o preferimos ‘externalizar’ la producción a terceros países haciendo caso omiso a todos los antecedentes que está sembrando la covid.

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