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Viejos y nuevos problemas

Contenido exclusivoOPINIÓNACTUALIZADA 09/01/2022 A LAS 10:11
Test de antígenos de venta en farmacias.
Test de antígenos de venta en farmacias.
Guillermo Mestre

La confirmación de la actual situación de desborde que sufre la Administración se puede apreciar en la autorización de los test domésticos que detectan la covid como validadores de una baja laboral. 

El mecanismo es sencillo. Si el reactivo ofrece un resultado positivo la baja quedará aprobada mediante una simple llamada telefónica. Con la Atención Primaria saturada, sin tiempo ni personal suficientes como para hacer frente a las consultas, la decisión que se ha adoptado permite que cada uno decida sobre su situación sanitaria y laboral. Tan solo en Aragón, según la Asociación de Mutuas de Accidente de Trabajo (AMAT), más de 19.500 personas permanecieron de baja laboral por covid durante el pasado mes de diciembre (un incremento del 454 por ciento respecto a noviembre), un elevadísimo número que, seguramente, continuará creciendo en los próximos días por la incidencia de ómicron. Sin mayor complicación, la decisión de algo tan serio como es no acudir al puesto de trabajo queda amparada por un autotest y por una conversación telefónica con el médico de cabecera.

El ejemplo de este particular procedimiento empleado para activar una baja laboral, que ignora las múltiples posibilidades de colaboración que deberían existir entre la sanidad pública y la privada, no solo abunda en la limitada capacidad de previsión demostrada por las administraciones y en los escasos medios disponibles, sino que también evidencia el traslado de una parte importante de la gestión e interpretación de esta crisis fuera del control directo de la Administración. Lo que está ocurriendo no es algo nuevo. Desde hace meses se ha perdido la confianza en la fiabilidad gestora de los gobiernos, descubriendo en las sucesivas olas una mezcolanza de rigidez y relajamiento que no ha hecho sino elevar la confusión. El inconveniente, en consecuencia, no reside tanto en la gestión personal de las afecciones causadas por la covid -algo para lo que la ciudadanía está capacitada-, como en el hecho de que la Administración se retire sin previo aviso de la tutela que ha venido ejerciendo cuando asume que ya no da más de sí.

Esta última ola se está comportando tal y como se presuponía. Mucho antes de que llegaran las celebraciones navideñas, la curva de contagios ya apuntaba hacia un crecimiento desordenado del número de infectados. Sin embargo, se optó por eludir las siempre impopulares restricciones en la confianza de que la pandemia, aceptando que las vacunas harían su trabajo, no lograría colapsar los hospitales. Como si se hubiera desaprendido lo vivido en estos dos últimos años, se ha continuado insistiendo en los mismos protocolos hasta que su fragilidad por la sobreabundancia de casos ha dicho basta.

La extraordinaria capacidad de contagio de la enfermedad, que no está buscada ni planificada y, mucho menos, atiende a ningún criterio de inmunización colectiva, establece unas consecuencias inciertas que sitúan en el terreno de la temeridad la idea de que estamos ante el final de la pandemia. La gestión que hoy se está aplicando es, nuevamente, consecuencia de la urgencia, resultado de una presión que pone permanentemente a prueba unos recursos públicos que exigen ser reforzados y no quedar al albur de un fondo covid del que no se sabe ni cuándo llegará ni cómo se repartirá. Por séptima vez, y sin que aún se haya logrado ofrecer un sistema rápido y fiable que garantice la ayuda económica a empresas y damnificados, la reclamación de cautela y prudencia sigue siendo el consejo más repetido, haciendo descansar buena parte de la responsabilidad -y también de la culpa- en unos ciudadanos que observan cómo rebosa el sistema.

Modificar la tramitación ordinaria de la autorización de una baja laboral no hace sino confirmar un fracaso que también tiene forma de limitación presupuestaria. Está claro que la normalidad pasa por una permanente convivencia con la incertidumbre, pero será muy difícil soportar esta situación si ante cada nueva ola se observa que a los viejos problemas se suman aquellos que aparecen por un colapso fruto de una nueva saturación. Porque, ¿alguien se atreve a sentenciar que esta ola será la última?

miturbe@heraldo.es

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