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El confinamiento de Proust

Por
  • Julio José Ordovás
Contenido exclusivoOPINIÓNACTUALIZADA 08/01/2022 A LAS 05:00
Marcel Proust se obsesionó con la recuperación del tiempo perdido.
Marcel Proust se obsesionó con la recuperación del tiempo perdido.
Pixabay

Tras la muerte de su madre el 26 de septiembre de 1905, Marcel Proust pasó dos meses en una casa de reposo y después cinco encerrado a cal y canto en un hotel de Versalles.

Aquellos meses de otoño e invierno que estuvo en el hotel fueron de confinamiento estricto: dormía de día y no abandonó su habitación ni una sola vez. Sus amigos temían por su salud mental, pensaban que iba a enloquecer de pena. El narrador de ‘En busca del tiempo perdido’ es hijo único, razón que parece explicar su exacerbada neurosis, pero Marcel tenía un hermano menor, Robert, que era su contracara: vigoroso, recto y práctico como su padre, el doctor Adrien. Fueron los ataques de asma, que empezó a sufrir con violencia a los nueve años, los que estrecharon todavía más el vínculo entre Marcel y su madre hasta crear entre ellos una simbiosis con la que solo la muerte de Jeanne Weill pudo acabar.

Las crisis de asma y la sobreprotección materna extremaron la hipersensibilidad de Proust. «Tontín», «pobrecillo mío», «mi monedita de oro», «mi lobito», así se dirigía Jeanne a aquel hijo que, acostumbrado a una tolerancia infinita, sollozaba infantilmente al recibir cualquier reproche. Las noches en que no podía conciliar el sueño, le escribía a su madre cartas que ella encontraba por la mañana en el recibidor de su casa, en la segunda planta del número 9 del bulevar Malesherbes, mientras su hijo dormía al fin tranquilo en su cuarto, contiguo al comedor. Cuando en una entrevista le preguntaron cuál era para él el colmo de la infelicidad, no lo dudó: «Estar separado de mamá».

Proust nunca ocultó su necesidad de ser mimado. El influjo que su madre ejerció sobre él no fue solo emocional. Ni Proust ni Borges hubieran llegado a ser quienes fueron si no hubiesen tenido las madres que tuvieron. Mujeres de gran carácter y gran cultura que no solo representaron el papel de mentoras, educando a sus hijos en el amor por el arte, la música y la literatura, sino que les legaron un afilado sentido del humor. Jeanne, que sabía más inglés que Marcel, le ayudó a su hijo a traducir a John Ruskin. Ambas eran, además, las primeras y más exigentes lectoras de sus textos.

Pero volvamos al confinamiento de Proust en el hotel de Versalles. Allí Marcel recordaría la muerte de su abuela, que le hizo llorar a mares, y cómo Jeanne se quedó deshecha y, cubierta de crespones, toda de negro, iba a Cabourg, en Normandía, para leer en la playa, sobre la misma arena donde su madre se había sentado, las ‘Cartas’ de Madame de Sévigné en el mismo tomo que su madre llevaba siempre consigo. Jeanne, para consolar a su hijo, que adoraba a su abuela, le decía que había que resignarse a la tristeza. Pero Proust, antes de resignarse a la tristeza tras la muerte de su madre, se hundió en el dolor de la pérdida. Le mortificaba pensar que con su enfermedad había sido la preocupación y el disgusto de su madre. ¿Y cómo diablos iba a vivir sin recibir sus caricias?

En el museo Carnavalet, el más antiguo de París, se puede ver la habitación forrada de corcho en la que Proust se enclaustró para escribir su crónica del tiempo perdido. Recostado en la cama, con el suelo cubierto de cuadernos, papeles y fotografías que le servían de tiradores de la memoria, y rodeado de sahumerios que apestaban el aire que respiraba, construyó una catedral de palabras equivalente a la catedral de Amiens, que le fascinaba. Dotado de una increíble percepción de los hechos de este mundo en toda su complejidad, Proust creó un mundo, su mundo, enredándose y saliéndose de los temas como si el tejido formado por las relaciones de cosas y sentimientos le llevara hacia arriba tirándole de los pelos. Los años que dedicó a escribir y reescribir su catedralicia novela los pasó en un estado de semiconfinamiento, alimentándose básicamente de café con leche, tomando veronal para poder dormir y reduciendo sus salidas a cenas en el Ritz, esporádicos viajes a los escenarios de su niñez y visitas a burdeles masculinos. Se negaba a reutilizar las toallas aunque solo las hubiera usado una vez para secarse las manos y hacía que desinfectaran con formol todas las cartas que recibía. Hubo un otoño en que ni siquiera se asomó a la ventana para ver el cielo y los plátanos del bulevar. Céleste Albaret, su criada, fue la última conexión de Proust con el mundo exterior, la madre que lo mimó hasta que, cumplido su sueño de escribir una novela tan larga como ‘Las mil y una noches’, el lobito murió en paz consigo mismo y con sus fantasmas.

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