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la firma

Dibujar una línea en el agua

Por
  • Andrés García Inda
Contenido exclusivoOPINIÓNACTUALIZADA 30/12/2021 A LAS 22:00
Dibujar una línea en el agua.
Dibujar una línea en el agua.
Pixabay

Llegó la Navidad y el fin de año y, como siempre, me pilló con los deberes sin terminar y la felicitación navideña sin hacer. 

Cada año me prometo que el siguiente la prepararé de otra manera, con más tiempo para pensar en la idea adecuada, en buscar una imagen original y en redactar un texto bonito acorde con la misma... Todo ello orientado a expresar la singularidad del acontecimiento y a evitar la superficialidad y los lugares comunes, claro está. Y cada año llega la Nochebuena y yo me encuentro con las manos vacías y los recursos y las fórmulas de siempre, rebuscando deprisa y corriendo en el ordenador y en internet por si encuentro algo curioso para adornarlas, y superado por una avalancha de mensajes navideños de todo tipo que vienen a poner de relieve mi falta de originalidad, frente a la exhibición de ingenio y creatividad que la tecnología y las redes sociales han multiplicado por doquier. Que me pille el toro (o la estrella de Belén) tal vez sirve de justificación a mi convencionalidad y mi falta de imaginación; o tal vez es parte de la experiencia tradicionalmente novedosa de la Navidad, que yo no acabo de descubrir del todo.

Para los cenizos, celebrar el paso del viejo al nuevo año tendría tanto sentido
como trazar con la mano una línea divisoria en el agua del mar

Hay felicitaciones de cualquier género y formato, en todos los lenguajes e idiomas posibles, y en infinitas combinaciones: las hay religiosas y religiosamente laicas, divertidas y serias, bellas y procaces, críticas e incondicionales, poéticas, sesudas, infantiles, musicales, nostálgicas, proféticas... e incluso políticamente correctas. Todas ellas tratando no sé si de huir, pero sí de superar o sublimar las expresiones y las fórmulas habituales. Como dando un volatín para caer nuevamente de pie, en un esfuerzo a veces encomiable y a veces cómico –y casi siempre inútil– de llamar la atención y escapar a la presión liberadora de los rituales. Porque en realidad acabamos sustituyendo unas fórmulas por otras y unos ritos por otros, quizás más desvaídos; a menudo perdiendo por el camino con ese cambio la potencia de lo ceremonioso; como si la magia dependiera únicamente de nuestra propia voluntad y aquella pudiera ser posible eliminando o alterando los gestos y las palabras del conjuro que compartimos con los otros. Olvidamos que la fuerza y lo radicalmente extraordinario de la celebración no reside en ver algo nuevo con los mismos ojos, sino en la posibilidad de ver con nuevos ojos lo de siempre, recordando, festejando y proyectando de un modo excepcional hacia el futuro lo más común y compartido, lo más sencillo y ordinario: una mujer que da a luz, un niño recién nacido, en un establo...

El perdón
consiste en eso, en dibujar una raya en el agua, como diciendo: "Hasta aquí"

Con la llegada de la Nochevieja la dinámica se repite y se multiplica otra vez el alud de reflexiones, bromas y deseos, que vienen a colapsar las comunicaciones con la voluntad de recomenzar de otra manera el año que empieza: con más energía, con más ilusión y con nuevos propósitos. Empezar de nuevo: ¿Qué hay en el fondo más necesario, más radical y más difícil que eso?, ¿qué otra cosa es, si no es eso, la posibilidad del perdón, lo que con todo el corazón expresamos y deseamos de nuevo en esta vieja noche? No faltan quienes desde su superficial escepticismo vienen a despreciar ese ‘animus celebrandi et liberandi’ (¿se puede decir así?), insistiendo en que la del final de año es una noche como otra cualquiera, que nada cambia en el universo ni en nuestras vidas, y que el cómputo de las fechas no es sino una construcción o una convención cultural más. ¡Como si las convenciones culturales fueran una minucia despreciable y manejable a nuestro antojo! Para los cenizos de las campanadas celebrar el paso del viejo al nuevo año tendría tanto sentido como trazar con la mano una línea divisoria en el aire o en el agua del mar. Y ciertamente el perdón consiste en eso, en dibujar una raya en el aire o en el agua, como diciendo: "Hasta aquí". Y por eso mismo en ocasiones no hay nada más extraordinario y eficaz que un gesto como ese. La celebración se convierte así en la expresión ocasional de esos rituales que, como dice algún filósofo, hacen habitable el tiempo y el espacio y nos permiten convertir el mundo en una casa. O en un hogar.

Yo les propongo que dibujemos esa línea. Que celebremos, deseemos y roguemos unos a otros, y por otros: ¡Feliz año nuevo!

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