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El señor del puente

OPINIÓNACTUALIZADA 21/11/2021 A LAS 05:00
'El señor del puente'
'El señor del puente'
Pixabay

Cuando pasé, el señor del puente seguía ahí. 

Más envejecido, la piel más curtida, otras ropas de tercera mano regaladas, el mismo carro de la compra cargado con los enseres para todo el día, un paraguas que igual sirve para protegerse de la lluvia que del sol o del cierzo, la misma mirada. Seguía apostado a mitad del puente de Piedra, sentado sobre una pequeña silla plegable, con una caja con dos o tres monedas a sus pies. Ahí sigue, casi diez años después, ajeno al paso del tiempo, a los diferentes gobiernos, al cambio climático, a la pandemia (¿dónde iría durante el confinamiento?). Antes pasaba a diario caminando por el puente de los leones y alguna vez me paré a hablar con él, otra compartimos unos croasanes. Confieso que tal vez me podía más la curiosidad que la solidaridad. Un día me contó que era de Bulgaria, que estaba casado y tenía varios hijos, que estaba enfermo, que vivía por ahí. Pero otro día me contó que era rumano y no tenía familia. Saludaba cortés a todos los que pasaban, regalaba alguna sonrisa, agradecía los pequeños gestos de los que pasábamos con prisas.

Me acuerdo de él ahora que el Ayuntamiento de Zaragoza va a poner en marcha una iniciativa curiosa y bonita: la Biblioteca Humana, un proyecto que nació en Dinamarca y está presente en 80 países. Se trata de que varias personas cuenten su historia personal, a modo de “libros humanos”. Cómo me gustaría escuchar al señor del puente. El último día que me crucé con él, le saludé, me devolvió una sonrisa, no sé si se acordó de mí.

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