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la columna

Estas fechas

Contenido exclusivoOPINIÓNACTUALIZADA 02/11/2021 A LAS 05:00
Día de Todos los Santos en el cementerio de Torrero.
'Estas fechas'
Francisco Jiménez

Quizás por mi apellido, que es un oxímoron respecto a mi persona, siempre he tenido problemas con los tamaños. 

A veces, cuando saco los cacharros del lavavajillas, me cuesta distinguir los vasos de vino de los vasos de agua. Me pongo a limpiar el cajón de las verduras de la nevera y no puedo aclararlo bien porque el fregadero es mucho más pequeño de lo deseable. Echo de menos la pila de mármol de mi casa natal, una pila enorme donde cabía todo, cabían calderos, corderos en canal, bandejas alargadas y hasta un niño pequeño al que lavar en un momento dado. 

En mi pueblo me llamaban Grandecita y no podía tomármelo a mal. Mi padre, que era un Grande, grande de verdad, solía pensar que todo el mundo era mejor de lo que aparentaba. Su prodigalidad era legendaria, nunca criticaba a nadie y solo resaltaba las virtudes de conocidos y desconocidos. Por eso mismo, yo he olvidado sus defectos. Lo echo de menos. Todos los años por estas fechas decía lo mismo, que al cementerio había que ir el 2 de noviembre, el día de los difuntos. Ir antes era como celebrar un cumpleaños por adelantado. No recuerdo si él iba a poner flores a sus padres, supongo que sí, que llevaría claveles rojos, su flor preferida. Yo no suelo ir a los cementerios porque me embarga la tristeza, o más bien se me acumula la emoción y me pregunto por qué no estoy con ellos. Mis muertos van siempre conmigo y me hacen compañía. Con los años aumentan en número y en tamaño. Su sabiduría crece año tras año mientras yo voy encogiendo por fuera y creciendo por dentro.

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