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¿A qué llamamos ‘cultura’?

Por
  • Jesús Morales Arrizabalaga
OPINIÓNACTUALIZADA 29/10/2021 A LAS 05:00
'¿A qué llamamos ‘cultura’?'
'¿A qué llamamos ‘cultura’?'
ISM

Cultura’ es una de estas palabras que por su atractivo está siendo sometida a una sobreexplotación que la hace degradarse de manera grave y acelerada. 

Imaginemos que una palabra es una cerca, un lindero que debe delimitar con precisión el terreno que queda en su interior; si la cerca es deficiente o se deteriora, se hace permeable y permitirá salir lo que debiera quedar cerrado y entrar a personas y animales ajenos a la finca.

Normalmente hay correspondencia entre un concepto (una idea) y la palabra que elegimos para expresarlo. No es el caso. En el uso común asociamos ‘cultura’ solo con actividades relacionadas con las musas: literatura, libros, artes escénicas, música, artes plásticas... El concepto tiene hoy estos contenidos y no otros. Sin embargo, la palabra conserva en el diccionario unos perfiles de significado más amplios y próximos al sentido etimológico (cultivar). Hay por tanto una disociación dañina entra la idea que queremos expresar y la palabra elegida.

Avancemos en esta reflexión: ¿Qué es lo opuesto a ‘cultura’? Espontáneamente diremos ‘incultura’ pero eso supondría que todo el conocimiento que no incluyamos en esa lectura dominante de la idea, sería considerado incultura. ¡No queremos eso! La palabra no tiene antónimo claro, lo cual es indicio de su debilidad expresiva; si tuviese que elegir uno, me inclinaría por ‘natural’, ‘yermo’ o similares, que excluyan esfuerzo o actividad del hombre.

Gran parte del espacio definido por las acepciones de ‘cultura’ recogidas en el diccionario queda fuera de los actuales perfiles de la idea. Para remediarlo solemos añadir ‘ciencia’, formando un binomio que cubre bastante parte de los conocimientos, destrezas y expresiones del espíritu humano; pero siguen quedando fuera muchos ámbitos de pericias y saberes que no se consideran ciencia ni cultura; por ejemplo ‘derecho’.

La palabra ‘cultura’ tiene un lugar privilegiado en nuestros debates sociales y
políticos

Cultura es una idea en expansión, continuamente desbordada por su fuerza atractiva, por la prima que hoy conlleva. Sobreprotectora. Si conseguimos que una actividad entre dentro de la cerca de su significado, podremos hacer o decir cosas que fuera de ella son delictivas o sancionables. Alteraremos las reglas de mercado, porque se considera casi natural que las actividades definidas como culturales deban ser patrocinadas, y cualquier consideración de costes y presupuestos es una reflexión economicista, pecaminosa... e inculta.

Las lindes de la idea de cultura son permeables, borrosas y tienen una especie de pasarelas por las que otras muchas actividades intentan entrar en ese espacio tan privilegiado. Por ejemplo, la idea de entretenimiento: como muchas de las actividades tenidas como culturales producen entretenimiento, tendemos a considerar cultural todo lo que entretenga: esta es la pasarela por la que entran los videojuegos, pero también el parchís y otros juegos. Esta relajación de los límites contrasta con la radicalidad con la que se niega esta condición a las corridas de toros (pero no a las carreras delante de toros). La falta de nitidez del concepto produce este tipo de inseguridades en exclusiones e inclusiones.

Pero el concepto que encierra solo está definido de manera imprecisa,
lo que en ocasiones se convierte en una puerta para la arbitrariedad del poder

La idea de ciencia ha sido perfilada mediante la definición de ‘pseudociencia’; tenemos pendiente hacer un esfuerzo semejante para definir lo que debiera denominarse ‘pseudocultura’ fijando criterios que permitan limpiar y pulir; dar rigor a la expresión y hacer útil el concepto.

Es insensato utilizar un concepto de características tan pobres para fundamentar una toma de decisiones técnico-jurídicas como la concesión o denegación de ayudas o subvenciones. El inestable reconocimiento o negación de esta cobertura tan privilegiada para actividades muy próximas demuestra su insuficiencia. ¿Incluirá la compra de libros pero no la de periódicos?, ¿la entrada de cine, pero no la suscripción a un canal de televisión?, ¿un libro de autoayuda, pero no un manual universitario? Un concepto impreciso es la puerta a la arbitrariedad.

Creo que las convocatorias de ayudas y subvenciones de base tan insegura solo buscan preconstituir lemas electorales: ‘el gobierno, comprometido con la cultura’, ‘el gobierno apoya la emancipación de la juventud’... La cultura es un muro y las ayudas planteadas solo un soplo: nadie espera que se mueva, que mejore. Basta con generar frases cargadas de positividad.

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